Domingo, 25 de febrero de 2024

Religión en Libertad

Celso Morga, de la Congregación para el Clero

¿Por qué los sacerdotes del siglo XXI deben estudiar latín?

La importancia de volver a apropiarse, sin intermediaciones, de una herencia cultural extraordinariamente rica.

ReL

Bajo el título "Por qué los sacerdotes deben estudiar latín", el diario L´Osservatore Romano ha publicado en su edición de este 25 de febrero un artículo con algunos pasajes de una de las relaciones pronunciadas en el congreso organizado por el «Pontificium Istitutum Altioris Latinitatis» en la Pontificia Universidad Salesiana y dedicado al quincuagésimo aniversario de la constitución apostólica «Veterum sapientia».

Por su interés, reproducimos el artículo completo firmado por Celso Morga Iruzubieta, secretario de la Congregación vaticana para el Clero.

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La segunda mitad del siglo XX marcó —y no sólo a nivel eclesial— un viraje en la historia del uso de la lengua latina. Pasada de moda ya desde siglos como instrumento de la comunicación erudita, resistió en la escuela como materia de estudio en los programas educativos de nivel secundario superior, y, en la Iglesia católica, en general, como medio de expresión de la liturgia y de la transmisión de los contenidos de la fe y de un amplio patrimonio literario que va desde la especulación teo-filosófica hasta el derecho, desde la mística y la hagiografía hasta los tratados sobre arte, música e incluso ciencias exactas y naturales.

Con el tiempo, sin embargo, al menos bajo el aspecto de propaganda, la lengua latina acabó convirtiéndose, en gran parte, en propiedad cada vez más característica de la formación clerical en la Iglesia católica, hasta el punto de dar vida a una espontánea, aunque tal vez inapropiada, identificación entre la Iglesia romana y la entidad lingüística latina, que en ella encontró, en esta fase crítica, un vigor al menos aparente.

«Aparente» porque, si se consideran a posteriori las circunstancias actuales, todo haría pensar en que las palabras del beato Juan XXIII, dirigidas el 7 de septiembre de 1959 a un congreso de cultivadores de la lengua latina, no sólo no fueron escuchadas, sino que la cuestión del uso e incluso de la misma enseñanza de la lengua latina, también en el contexto eclesial, ya procedía probablemente por las sendas de una radical restricción. «Por desgracia, hay muchos que, exageradamente seducidos por el extraordinario progreso de las ciencias, tienen la presunción de rechazar o restringir el estudio del latín y de otras disciplinas de esa clase».

Con todo, a pesar de las dificultades, los sacerdotes tienen hoy la convicción de que la finalidad del estudio del latín es conocer una civilización y medir sus valores, intereses y significados, analizando enseñanzas y fundamentos teóricos en la perspectiva de una comprensión crítica del presente. Se trata de una señal decididamente alentadora del mundo y de la Iglesia contemporánea, dispuesta a no observar la lección y el estudio del pasado como una mirada superflua o retrógrada inútilmente dirigida a la recuperación de algo ya pasado, sino como nueva apropiación, directa y sin intermediarios, de un mensaje de extraordinaria riqueza doctrinal, cultural y pedagógica, de una herencia intelectual demasiado amplia, fecunda y arraigada como para dejar presuponer cualquier ruptura de sus raíces.

En el estado actual, parece improbable lograr que el sacerdote aprecie, mucho menos en la fase inicial de su itinerario formativo, el valor del latín como lengua dotada de nobleza de estructura y de léxico, capaz de promover un estilo conciso, rico, armonioso, lleno de majestad y dignidad, que favorece la claridad y la gravedad, capaz de promover toda forma de cultura, la humanitatis cultus, entre los pueblos.

En esta recuperación de una identidad cultural propia, en esta reanudación a fondo de las motivaciones de la presencia misma de la Iglesia en la sociedad es donde se configura la importancia del latín en el curriculum escolar de los aspirantes al sacerdocio, rescatándola de todo planteamiento simplicista — y también incorrecto y reductivo— sobre su funcionalidad práctica y rehabilitando su papel de materia ampliamente formativa.

En esta perspectiva Pablo VI, en el Motu Proprio Studia latinitatis —con el que instituyó, en el entonces Ateneo Salesiano, el Pontificio Instituto Superior de Latinidad— reafirmaba con decisión al inicio mismo del texto el estrecho vínculo entre el estudio de la lengua latina y la formación para el sacerdocio, reafirmando el carácter de inevitabilidad de un aprendizaje no escaso del latín.
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