Muere a los 92 años el ermitaño colombiano que vivió 25 años aislado y comía solo una vez al día
Darío Escobar ingresó en el seminario con apenas 11 años, atraído por el fútbol.
Rechazó cualquier comodidad moderna: no tenía televisión, radio, teléfono ni acceso a internet.
Darío Escobar, sacerdote colombiano y miembro de la Orden Maronita Libanesa, falleció este lunes en el Líbano a los 92 años, tras décadas dedicadas a la vida eremítica en uno de los enclaves espirituales más emblemáticos de Oriente Medio.
Escobar vivió durante años en una gruta del Valle Santo de Qadisha, territorio asociado a la tradición monástica de San Charbel y corazón de la espiritualidad maronita.
De la familia maronita
Nacido en Medellín (Colombia), Escobar ingresó en el seminario con apenas 11 años, atraído por el ambiente deportivo del colegio y, en particular, por el fútbol. Sin embargo, su paso por la formación de los padres Salvatorianos despertó en él una vocación profunda y una sorprendente facilidad para los idiomas. Con el tiempo se convirtió en un políglota, dominando latín, griego, alemán y otras lenguas que marcaron su formación intelectual.
Puedes ver aquí una de las pocas entrevistas que concedió.
Tras varios años de vida religiosa, decidió unirse a la Congregación de Jesús y María, una comunidad inspirada en la tradición contemplativa maronita. Pero su destino espiritual cambiaría de forma radical décadas después, cuando un monje visitante le habló de la vida eremítica.
Aquella conversación, aparentemente casual, lo llevó a tomar una decisión definitiva: a los 55 años, Escobar optó por retirarse del mundo y abrazar la existencia solitaria de un ermitaño en las montañas libanesas.
Desde su llegada al Líbano, Escobar adoptó una rutina estricta que mantuvo durante 25 años. Su jornada diaria incluía 14 horas de oración, tres horas de trabajo manual, dos horas de estudio y apenas cinco horas de sueño. Se alimentaba una sola vez al día, exclusivamente de lo que cultivaba en su pequeño huerto: frijoles, cebollas y patatas. Rechazó cualquier comodidad moderna: no tenía televisión, radio, teléfono ni acceso a internet.
Su contacto con el exterior era mínimo. Solo recibía a algunos monjes, peregrinos o turistas que se aventuraban hasta su gruta en Qadisha. Aun así, su figura comenzó a llamar la atención tras una entrevista concedida en 2009 a AFP, donde describió con serenidad su vida de aislamiento y oración.
Años más tarde, en 2023, volvió a aparecer públicamente en una conversación con el creador de contenido español Sergio Unanue, para el canal Los viajes de Walliver, lo que reavivó el interés por su historia.
Escobar desarrolló la mayor parte de su vida contemplativa en el Líbano, país que alberga algunos de los monasterios más antiguos y significativos del cristianismo oriental. Su pertenencia a la Orden Maronita Libanesa —la misma de san Charbel— lo situó en una tradición marcada por la austeridad, la oración continua y la búsqueda del silencio interior.
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Su muerte ha generado numerosas reacciones en comunidades religiosas de Oriente Medio y América Latina, donde su figura era vista como un testimonio vivo de la radicalidad evangélica. Para muchos, Escobar representaba un puente entre culturas y una expresión extrema de la vida consagrada.