Religión en Libertad

Se bautiza a los 98 años: la anciana «cherokee» que acompañaba cada día a la iglesia a su hijo

Virginia Eidson tiene una larga historia de vida marcada por la fe, la migración y las raíces familiares que la acompañaron durante décadas.

Una noche, antes de dormir, se hizo una pregunta que llevaba décadas rondándole:

Una noche, antes de dormir, se hizo una pregunta que llevaba décadas rondándole: "¿Qué voy a hacer con mi religión?". BRAVO MEDIA

Redacción REL
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Cuando Virginia Eidson anunció que quería hacerse católica, nadie en su entorno supo cómo reaccionar. No era una joven en búsqueda, ni una adulta en plena crisis espiritual. 

Tenía 98 años y una vida entera detrás: una infancia atravesada por la pobreza rural, una familia marcada por la migración irlandesa, un matrimonio estable y décadas de trabajo silencioso. 

Se sentía en casa

Su decisión, sin embargo, no fue un impulso repentino, sino el desenlace natural de una historia larga, compleja y profundamente humana.

Durante años, Virginia había acompañado a su hijo Bruce a la parroquia de Santa Clara, donde él había ingresado a través del proceso de iniciación cristiana para adultos. Lo hacía como quien se integra a una familia que no es la suya, pero en la que se siente en casa. 

Con el tiempo, su presencia se volvió tan habitual que el propio párroco, el padre John Love, llegó a asumir que ya era católica. Cuando Bruce le comunicó que su madre deseaba bautizarse, el sacerdote respondió sorprendido: "La veo en la iglesia todo el tiempo. ¿Cómo que no es católica?":

La inquietud llevaba tiempo creciendo en ella. En una ocasión incluso pidió a un familiar —un ministro bautista— que la bautizara, pero él se negó por encontrarse en un proceso de cambio denominacional. Aquella negativa, lejos de apagar su deseo, lo encendió

Una noche, antes de dormir, se hizo una pregunta que llevaba décadas rondándole: "¿Qué voy a hacer con mi religión?". A la mañana siguiente, la respuesta ya estaba clara: "Voy a hacerme católica".

"Había hecho lo correcto"

El padre Love decidió hablar con ella, consciente de su edad y de la importancia del paso que quería dar. Tras escucharlo todo —su historia, su fe sencilla, su amor por la Iglesia—, comprendió que no se trataba de un capricho tardío, sino de una convicción profunda. 

Ella misma lo expresó con una serenidad desarmante: "Me sentí bien con todo. Sentí que había hecho lo correcto en mi corazón". El sacerdote lo interpretó como un signo: "¡Es la voluntad de Dios!", dijo.

La historia de Virginia no puede entenderse sin sus raíces. Nació en Oklahoma (EE.UU), en una familia con ascendencia cherokee, choctaw e irlandesa, tres pueblos marcados por el despojo y la migración. 

Durante el bautizo de Virginia Eidson.

Durante el bautizo de Virginia Eidson.archivo

Su madre era cherokee y la familia trabajaba tierras heredadas de su abuelo, hasta que la Gran Depresión y las tormentas de polvo de los años treinta arrasaron con todo. La agricultura dejó de ser viable y, como tantas otras familias, emprendieron el camino hacia California en busca de trabajo.

Allí, cerca de los campos petroleros de Bakersfield, la familia logró rehacerse. Fue en ese nuevo comienzo donde Virginia conoció a Edward Eidson, un agente del sheriff con quien formaría su hogar. Décadas después, su hijo Bruce recordaría los viajes a Oklahoma para visitar a su abuela materna, ya anciana, que le contaba historias sobre caravanas, cazadores y tierras compartidas

Aquellos relatos le dieron una perspectiva distinta sobre la historia de su propio país: "Yo solía ver películas de vaqueros e indios. Ahora veía una perspectiva completamente diferente sobre los colonos blancos", recordaría.

La mezcla cultural de Virginia también incluía la herencia irlandesa, marcada por la hambruna del siglo XIX y la discriminación en Estados Unidos. Muchos inmigrantes irlandeses llegaron en los llamados "barcos ataúd", y al pisar suelo americano se encontraron con carteles que decían: "No se aceptan irlandeses". 

Esa doble memoria —la indígena y la irlandesa— moldeó una identidad familiar atravesada por el sufrimiento, la resistencia y la búsqueda de un lugar donde echar raíces.

Tras enviudar en 2010, Virginia se mudó a Cayucos y, años después, a Oxnard, cerca de la casa de su hijo. Allí, entre su jardín, los pájaros y las ardillas que alimenta cada mañana, fue madurando una decisión que parecía improbable para alguien de su edad. Pero para ella, lejos de ser un gesto tardío, fue la culminación de una vida entera buscando sentido.

Su bautismo no solo sorprendió por la edad, sino por la claridad con la que lo vivió. No fue un acto simbólico, sino una elección consciente, fruto de una fe que había crecido silenciosamente durante años. Una fe que encontró su hogar cuando ella ya rozaba el siglo de vida.

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