Miércoles, 27 de octubre de 2021

Religión en Libertad

Los arzobispos Cordileone y Gómez consideran «indignante» la ley que busca su desaparición

Vuelven al ataque contra San Junípero Serra: una doble defensa y 10 hechos contra su linchamiento

Estatua de San Junípero Serra.
Los arzobispos de Los Ángeles y San Francisco defienden el legado de San Junípero y su presencia en monumentos públicos frente a las intenciones de los legisladores.

ReL

En junio de 2020, durante la oleada de saqueos y vandalismo orquestadas por Black Lives Matter, los manifestantes derribaron la estatua de San Junípero Serra que presidía el capitolio del estado de California. Desde entonces, el monumento ha permanecido almacenado a la espera de una resolución que definiese el futuro y significado del emblemático monumento capitolino.

Ahora, en agosto de 2021, los legisladores de California se pronunciaron aprobando un proyecto de ley que, en lugar de reubicar el monumento, aspira a remplazarlo por otro dedicado a las poblaciones indígenas locales.

La decisión, detalla el documento, se basa en que “la historia y las contribuciones indígenas han sido relativamente ignoradas”, mientras que afirma la responsabilidad de San Junípero Serra y las misiones de no pocas atrocidades contra la población indígena. Entre ellas, “la esclavitud de adultos y de niños, la mutilación, el genocidio y la agresión contra las mujeres”.

Algunas imágenes de los derribos y ataques a estatuas de San Junípero o Cervantes. 

La respuesta de los obispos en defensa del santo: "No calumniéis a Junípero Serra"

Todo ello ha motivado la réplica conjunta del presidente de la Conferencia Episcopal estadounidense, José Gómez, y del arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone, en una carta publicada en el diario Wall Street Journal que puede leerse aquí

“Los legisladores que están detrás de este proyecto tomaron sus ideas de un único y tendencioso libro escrito por el periodista Elías Castillo”, recogen los eclesiásticos, que refutan los datos acudiendo a los académicos de la Universidad de Santa Clara.

“En `Junípero Serra: California, los indios y la transformación de un misionero´ -la historia más reconocida sobre el tema-, Robert Senkewicz y Rose Marie Beebe señalan los profundos malentendidos culturales que acarrearon un trato cruel hacia alguno de los nativos, pero nada que se parezca a lo que afirma la legislatura”, matizan Gómez y Cordileone.

Una actuación ejemplar con los nativos en las misiones

De hecho, la realidad de Junípero Serra permite afirmar a los obispos su actuación ejemplar en el trato a los nativos.

“Defendió su humanidad, denunció el abuso a las mujeres indígenas y abogó contra la imposición de la pena de muerte a los nativos”, enumeran los eclesiásticos. “Con 60 años de edad y padeciendo de mala salud recorrió 2000 millas –más de 3200 kilómetros– hasta la Ciudad de México, para exigir que las autoridades adoptaran una declaración de derechos a favor de los indios que él había escrito”.

Gómez y Cordileone concluyen recordando las palabras del Papa Francisco sobre Junípero, al expresar que “no es solamente el primer santo hispano de país, sino que debería ser considerado uno de los padres fundadores de Estados Unidos”.

Por ello, los obispos no pueden considerar “un mejor símbolo para este estado que dos estatuas en el Capitolio: una que celebre la herencia de los pueblos indígenas, y otra que refleje la fe y liderazgo de su defensor, San Junípero”.

Junípero Serra.

Ningún historiador ha encontrado un documento hasta la fecha que muestre a San Junípero ejerciendo la violencia contra población nativa. 

Diez argumentos que desmontan la leyenda negra sobre San Junípero

Como recogió extensamente ya Religión en Libertad, los argumentos que la leyenda negra vierte sobre sobre el santo son numerosos pero totalmente inconsistentes. Recordamos nuevamente y por su interés, diez aspectos con los que se desmontan dichas mentiras:

1º la curación milagrosa de una nativa chumash

Uno de ellos es la predilección que Junípero continuó teniendo por los nativos tras su muerte.

Durante su proceso de canonización en 2015, el Papa barajó dar por finalizado el proceso con la curación milagrosa  de la hija de Ernestina de Soto, una india chumash, enfermera católica en Santa Bárbara, aunque al final Francisco decretó una canonización sin necesidad de milagro. Ernestina es hija de la última hablante de lengua chumash conocida, aunque quedan unos 3.000 miembros de esta etnia.

Ernestina oró por su hija enferma (“de una extraña neumonía criptogénica”) y usó una reliquia del beato mallorquín (un fragmento de hueso). La hija se curó.
Ernestina entiende que durante el periodo español en California, y también después, hubo violencia y abusos, pero “no es algo que me dañe”, dice a la prensa californiana.

Es curioso que la curación de una chumash se considerase para esta canonización. Los chumash fueron al principio hostiles con Junípero, pero luego lo ayudaron en cierto apuro y él desarrolló por ellos un cariño especial. Los chumash protagonizaron en 1824, ya con México independizado, una rebelión sangrienta contra las misiones y los soldados cercanos.

2º San Junípero murió solo 15 años después de comenzar las misiones

Uno de los grandes mitos vertidos contra el santo mallorquín son los excesos y abusos que se pudieron cometer en las misiones por el fundadas. Sin embargo, el sistema que puso en marcha buscaba mejorar el que se había desarrollado en México, diseñado para unos pueblos con una forma de vida opuesta.

Al fallecer 15 años después de poner en marcha las misiones, tan solo pudo supervisar su funcionamiento durante este breve periodo de tiempo y no puede ser responsable de los posibles excesos cometidos más adelante.

3º Las misiones no eran plantaciones de esclavos

Desde que el ilustrado La Pérouse llegó a las misiones de California como su primer visitante extranjero en 1786, se extendió el rumor de que las misiones fundadas por San Junípero eran semejantes a las plantaciones de esclavos de otros estados europeos.

“Apenas difieren de los negros de nuestras colonias, al menos en las plantaciones que son gobernadas con más suavidad y humanidad”, afirmó el visitante. Con esta sentencia, se extendió la crítica sobre España de que las misiones no eran más que campos de esclavos para servir a la Iglesia y el Imperio Español.

Una opinión con la que difiere Jim Sandos, experto en la historia de las Misiones de California  y profesor de la Universidad de Redlands. En su libro "Converting California" recuerda lo injusto de comparar las misiones con las plantaciones francesas del Caribe o los estados del sur de EEUU.

Mientras que el fin de las plantaciones era de aprovisionamiento y enriquecimiento de sus propietarios, "el propósito de una misión era organizar una comunidad religiosa aislada que pudiera nutrirse a sí misma física y espiritualmente. El excedente de producción se usaba para alimentar a otras misiones, presidios y pueblos. El ánimo de lucro no se consideraba, al contrario que en las plantaciones, donde era la razón de su existencia", afirma Sandos.

Sandos recuerda que las plantaciones de esclavos producían materias para exportar (azúcar, algodón) y que se castigaba a los esclavos que producían poco porque dañaban el enriquecimiento de su amo. Además, esos esclavos en las plantaciones estadounidenses podían comprarse y venderse, algo inconcebible en las misiones hispánicas.

`Converting California´, de James A. Sandos.

Puede adquirir aquí `Convirtiendo California´, muestra de la realidad de la presencia hispánica evangelizadora en la península americana. 

4º Los azotes, una práctica común con los fugitivos

Otro de los elementos empleados para desgastar la figura y obra de Junípero son los castigos a los nativos fugitivos de las misiones que, por otro lado, no eran ni más ni menos que los que recibían los soldados fugitivos o los peones fugitivos de México: o bien azotes o pasar varios días en una celda.

En el caso de los hombres, los azotes eran públicos para dar ejemplo de su mal obrar, al contrario que las mujeres, que eran castigadas en privado.

Como para el común de la población, los azotes eran una práctica normal de la época como elemento corrector y de castigo, tanto sobre población reclusa y fugitiva como sobre los propios hijos con un cinto o cuerda. También era habitual en el sistema de aprendices de oficios, en el que estaban basadas las misiones.

5º Nunca se ha hallado a San Junípero azotando nativos

El tema de los azotes hay que contextualizarlo en el hecho de que los mismos frailes franciscanos se autodisciplinaban con azotes y ayunos en tiempos penitenciales (cuaresma, adviento, los viernes, etc...).

Se recuerda que Junípero, en cierta fiesta de penitencia predicó el arrepentimiento y la penitencia ante los indios azotándose a sí mismo hasta sangrar: todos lloraban ante aquel espectáculo, sobrecogidos. Cuando Junípero apoya que se azote a alguien como castigo, no pide nada que no hiciera él consigo mismo en público y que no fuera común en la cultura española.

Pero lejos de lo que afirman sus perseguidores, ningún historiador ha encontrado jamás un texto que muestre que Junípero azotase nunca a alguien que no fuese él mismo. Además, había un límite de azotes establecido para los infractores, en torno a los 20 o 25.

Hay una lista de 12 fugitivos neófitos que fueron azotados y contaron las causas de su fuga en julio de 1797, como el indio Otolón, que fue azotado tras fugarse "por no haber cuidado de su mujer después de que ella pecara con un vaquero". Otro caso fue el del indio Magno que se fugó porque “ocupado en cuidar a su hijo enfermo, no pudo trabajar, y le dejaron sin ración”.

Sin embargo, no se sabe de ningún franciscano que fuese castigado o amonestado, ni por autoridades civiles ni por religiosas, bajo la acusación de haberse excedido en castigos corporales. Tampoco consta que ningún indio muriese por azotes de castigo.

6º Las misiones, una escuela que debía formar a la población

En las misiones, todo el sistema tenía cierto paralelismo con el sistema de aprendices de oficios. Los indios eran vistos por los franciscanos como unos jóvenes e indisciplinados aprendices a los que había que formar en hábitos, religiosidad, disciplina y un oficio, como a cualquier muchacho de México o España.

Un aprendiz podía trabajar de los 11 a los 21 años con un maestro aprendiendo su oficio y sin cobrar nada, pero con cobijo y manutención muchas veces, hasta lograr su mayoría de edad y un título de artesano profesional.

Las misiones, cuando nacieron, en la mente de Junípero Serra y de las autoridades civiles, eran como una escuela que debía durar diez años hasta integrarse por completo con el día a día de la sociedad, lo que no siempre se cumplió.

Para enfado de las autoridades civiles, los indios –insistían los franciscanos– nunca estaban listos, nunca maduraban, nunca alcanzaban a ser “gentes de razón”.

Serra no puede ser culpado por el fracaso de 70 años de sistema: fundó la primera misión en 1769, y murió 15 años después, en 1784. Sólo los últimos 5 años tuvo la autoridad de ser prefecto de misiones.

7º El garantismo de las misiones: vacaciones, domingos y fiestas libres, visitas…

El mismo Sandos destaca que “los indios podían irse de la misión 5 o 6 semanas al año a visitar amigos y parientes y cazar y pescar. No eran libres para ir y venir a su gusto, sin embargo. Al aceptar voluntariamente el bautismo, lo supieran o no en ese momento, rechazaban su libertad a cambio de una nueva vida que la limitaba. Era una vida con exigencias espirituales y laborales, y los neófitos estaban obligadas a ambas”, escribe Sandos.

El bautismo se aplicaba sólo después de 8 días de instrucción religiosa, a veces más.

 Además de las vacaciones de 5 o 6 semanas repartidas por el año, al contrario de lo que sucedía en algunos sistemas laborales del pasado o actuales, los indios tampoco tenían que trabajar los domingos ni las fiestas de guardar.

8º Perdonó y pidió salvar a los asesinos de su amigo y paisano

Que Serra no era vengativo queda atestiguado durante la revuelta de unos 600 indios kumeyaay en la misión San Diego (hay quien dice que instigados por indios paganos del interior) que en diciembre de 1775 mataron a su amigo, el franciscano mallorquín Luis Jayme, y a otros dos habitantes de la misión (uno de ellos era un carpintero que en su agonía perdonó a sus asesinos y donó a los indios su herencia).

Serra ofició el funeral de su amigo y paisano y pidió a las autoridades militares que los líderes de la revuelta fueran perdonados y que no hubiera campaña militar. “Que sea perdonado de acuerdo con nuestra ley, que nos ordena perdonar a los que nos ofenden y prepararle no para que muera, sino para la vida eterna”, escribió.

9º La enfermedad, principal causa de la mortalidad en las misiones

John Johnson, antropólogo del Museo de Historia Natural de Santa Bárbara, explica que lo que de verdad acabó con los indios fueron las enfermedades contra las que no tenían inmunidad: 4 de cada 5 niños morían por enfermedades antes de llegar a la vida adulta.

El libro de Sandos recuerda además algunas costumbres indias que no favorecían la reproducción. Las mujeres chumash, por ejemplo, tenían la costumbre de abortar su primer embarazo porque pensaban que así se fomentaba su fertilidad: lo que sucedía era todo lo contrario.

Dan Krieger, un profesor emérito de historia en la Misión de San Luis Obispo, que cuenta que lleva estudiando las misiones desde los 8 años, apunta más causas: las misiones intentaban alimentar a niños y mayores con leche… pese a la intolerancia a la lactosa de los indios. Y los franciscanos juntaban muchos indios en barracones convencidos de que el aire fresco de la noche transmitía las enfermedades… cuando en realidad se transmitían más en esos espacios cerrados y muy poblados. Los franciscanos se volcaban en intentar ayudar a los enfermos, con poco éxito.

10º Los supervivientes del genocidio, lo fueron gracias a las misiones

Hay más cifras de lo que pasó después. Sandos recuerda que cuando se descubrió oro en California en 1848, vivían en la región unos 150.000 indios nativos. Doce años después, quedaban 30.000.

La mayoría de estos 30.000 supervivientes a la oleada de mineros y colonos anglosajones eran los que habitaban las antiguas misiones. Los indios paganos, salvajes, fueron casi todos exterminados por bandas creadas específicamente para ello.

Ruben Mendoza, profesor de arqueología en la California State University, denuncia que se ha querido hacer cargar a Serra con la culpa de las matanzas que los norteamericanos anglosajones desarrollaron entre 1846 y 1873. Se refiere a ello como “el último martirio que Serra ha sufrido”.

Mendoza es en parte hispano y en parte indio yaqui (una etnia no californiana) y habló en el Capitolio a favor de mantener su estatua. El libro “Murder State: California’s Native American Genocide 1846-1873,” de Brendan C. Lindsay, recuerda que en esta etapa, la cabellera de indio californiano se pagaba a 5 dólares, y el gobierno californiano destinó un millón de dólares a pagar recompensas por matar indios. Jamás nada parecido se hizo en la California hispana.

Un hombre de su época que quería a los indios

El padre franciscano Ken Laverone, en la Misión San Juan Bautista, consultado por el Santamaria Sun, insiste en que “Serra era un hombre de su época y llevaba consigo las formas de ser padre de su época. ¿Quería dañar a los indios? No, quería enseñarles el amor de Dios. Creo que la Iglesia le ve como un gran evangelizador, como alguien que lo dejó todo, que sufría problemas físicos terribles pero seguía adelante y nunca se detenía”.

El historiador Dan Krieger está convencido de que Serra y los franciscanos intentaron proteger a los indios de sus dos grandes enemigos: los soldados y colonos rapaces e indisciplinados y las enfermedades.

Un caso de manual se encuentra cuando el gobernador Pedro Fages justificaba e incluso facilitaba que los soldados del fuerte de Monterrey accediesen (por la fuerza, se entiende) a mujeres nativas. Como respuesta, Serra trasladó la misión 14 kilómetros más al sur para alejar a los indios de los soldados. Protestó tanto a las autoridades que Fages fue destinado a otros sitio (a guerrear con los apaches en Sonora).

La historia de Junípero Serra se enmarca en la historia de una frontera lejanísima y extrema, donde chocaban la Edad de Piedra nómada y cierta utopía de comuna autosuficiente franciscana que nunca acabó de funcionar bien. Con todo, si hoy California es la más poblada y rica de las regiones de Estados Unidos, debe reconocer su origen en Junípero Serra y admitir, como proclama el arzobispo de Los Ángeles, José Gómez, que los verdaderos padres fundadores de Estados Unidos fueron católicos e hispanohablantes.

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