Lunes, 21 de octubre de 2019

Religión en Libertad

Hélène cambió gracias a la insistencia de una compañera de trabajo

Veía a Jesús como el «amigo imaginario» de los infantilizados cristianos: y un día rezó con ellos...

¿Qué habría sido de la vida de Hélêne si una compañera de trabajo no le hubiese hablado de Jesucristo?
¿Qué habría sido de la vida de Hélêne si una compañera de trabajo no le hubiese hablado de Jesucristo?

ReL

El testimonio de Hélêne es un ejemplo de la importancia de no esconderse y dar a conocer la Buena Nueva allí donde podamos y a quien esté dispuesto a escucharla. Es lo que hizo una de sus compañeras de trabajo, como cuenta ella misma en L'1visible:

¡Jesús no es un amigo imaginario!

Hace algunos años, cambio de trabajo y muy deprisa simpatizo mucho con una de mis nuevas compañeras. En esta época, paso por grandes dificultades en mi vida personal e incluso decido separarme del padre de mis hijos, con quien vivo desde hace diez años.

Mi compañera me habla de Jesús, que es el centro de su vida. Me dice que Él vive, que nos ama a cada uno de nosotros personalmente. Vive con gran alegría. Me alegro por ella, pero me parece algo muy lejano de mi universo. Sin embargo, cuanto más me habla de Jesús, menos indiferente me deja.

Pasan los meses y yo vivo día a día, disfrutando de la vida. Llega el verano y me encuentro yéndome de vacaciones con dos parejas de amigos y un bebé. La cosa no sale muy bien. En ese grupo, mi soledad afectiva se me hace evidente.

Terapia y retiros

Me convierto en alguien irritable, ya no sonrío. Y esto continúa en los meses siguientes. Ya no me reconozco. A disgusto en mi propia piel, decido empezar a actuar sobre mí misma y comienzo una terapia.

Entonces mi compañera me habla de unos encuentros periódicos dirigidos a gente como yo, que se plantea cuestiones existenciales. Como eso no me compromete a nada, acepto ir.

En el primer encuentro, escucho el precioso testimonio de una joven convertida de forma fulgurante. Eso me anima. Y, sobre todo, me entran ganas de comprender cómo viven los cristianos.

Así que continúo haciendo ese itinerario, hasta llegar a una velada sobre la oración. Cuando los allí presentes me dicen que rezan todos los días, ¡les considero unos locos! Para mí, son como niños que hablan con su amigo imaginario. Es cierto que tienen un aire feliz, pero me digo que eso no es para mí. De entrada, no tengo tiempo para rezar. Incluso ir a misa me parece imposible. Trabajo como técnico de espectáculo, todos los sábados por la tarde tengo función, ¡y siempre hay un “after” al que no faltaría por nada del mundo!

El encuentro

Como parte del itinerario, nos proponen un fin de semana sobre el Espíritu Santo. Quienes ya han participado hablan de ello brillándoles los ojos. ¡Parece algo extraordinario! Pero… ¡qué mala suerte! La fecha coincide con mi fin de semana preferido en el trabajo: ¡el festival de blues! Pese a la gran renuncia que me supone, me dejo tentar.

Y es durante este fin de semana cuando vivo un auténtico encuentro con Jesús. La oración de otros por mí y la que yo misma hago por otros me transforma completamente.

De regreso a casa y al volver al trabajo, mis compañeros perciben el cambio interior que se produce en mí. Paralelamente, mi terapia me conduce a contactar de nuevo con el padre de mis hijos, porque comprendo que aún le quiero. Es el hombre de mi vida. Decidimos reemprender la vida en común. Incluso siento la necesidad de casarme con él por la Iglesia.

Como ambos estamos bautizados, creo que puedo preparar mi Primera Comunión a la vez y hacerla el día de mi matrimonio. Pero el sacerdote que nos acompaña me aconseja tomarme un tiempo. Nos casamos en la iglesia, pero sin misa. Luego empiezo a prepararme, sin precipitación, para la Primera Comunión y la Confirmación. Es un sacramento que nos convierte en cristianos adultos. En la Pascua de 2016 hice mi Primera Comunión y cincuenta días después, en Pentecostés, mi Confirmación. Fueron grandes momentos en mi vida.

Visitar a quien amas

Hoy estoy feliz de haber podido descubrir ese amigo que no tiene nada de imaginario, Jesús. Siento la necesidad de ir a verle a la iglesia todos los domingos por la mañana, de visitarle como a un amigo muy querido y de decirle cuánto le amo, cuánto le agradezco por amarme tal y como soy, con mis defectos y mis cualidades. Y tengo la certeza de que ama así a cada ser humano.

¡Somos nosotros quienes tenemos que abrirle nuestro corazón! Él solo está esperando eso.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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