Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

El colombiano Marino Restrepo

Adicto al sexo, al alcohol... fue secuestrado por las FARC y Dios le mostró su amor; hoy predica

En pleno cautiverio Dios mostró a Marino Restrepo el cielo y el infierno durante 8 horas. Esa visión cambió su existencia para siempre.

Pablo J. Ginés/ ReL

Restrepo pasó 33 años sin ir a misa
Restrepo pasó 33 años sin ir a misa
Marino Restrepo nos muestra un documento con fecha de febrero de 2009, firmado por Roberto Ospina, obispo auxiliar de Bogotá, con su sello y membrete. Dice que «es una persona de fe y digna de confianza».

En 1999, Restrepo fundó la asociación «Peregrinos del Amor» y viaja como misionero laico itinerante a tiempo completo. Ha predicado ya en 90 países. Tiene un testimonio impactante: secuestrado por las FARC cuando no tenía fe, vio el cielo y el infierno durante una detallada visión que duró toda una noche, ocho horas que cambiaron su vida.

De familia numerosa y muy religiosa, Marino perdió la fe a los 15 años al mudarse a Bogotá en 1965 y asumir la cultura «hippy» y nueva era. En 1976 vivía en California como artista bohemio. Se divorció: su esposa y sus dos hijos volvieron a Colombia. En 1985 firmó por Sony Music y ganó mucho dinero como músico con su «Orquesta Santa Fe». «Sexo, alcohol, noche... Además, practicaba la adivinación: tarot, I-Ching, runas, cábala...».

En 1997 volvió a Colombia de visita. En 20 años sólo había estado tres veces. Uno de sus hermanos se había suicidado. «Era una Navidad muy triste. Mis hermanas me invitaron a rezar cada tarde la Novena al Niño Jesús. Llevaba 33 años sin ir a una parroquia. El cura dijo que el Niño concedería una gracia a quien rezase la novena, y eso me atrajo, como una forma de magia, porque yo no creía en Jesús como Dios ni Salvador. Pero pedí al Niño que cambiase mi vida.»

El 24 de diciembre acabó la novena, y el día 25, Navidad, seis guerrilleros de las FARC, armados con metralletas, le secuestraron en la plantación de su tío. Después de 15 días atado y encapuchado en una cueva, le dijeron que moriría, que asumiera esa idea, «porque había visto la cara de mis captores, pero que mis hermanas podían salvarse si pagaba un gran rescate», explica con frialdad.

Paseo por el cielo y el infierno
«Esa noche, en la cueva, destruido como ser humano, no podía ni llorar. Estaba encapuchado. No estaba dormido. Y empezó mi experiencia. Me vi con 3 años, oí la empleada de mi infancia que me hablaba, sentí la brisa, olí las flores de mi patio. Reviví toda mi vida, y las cosas que hice y eran pecado me dolían, a pesar de que yo, con 47 años, no creía en el pecado», relata.

Después vio una «ciudad preciosa de luz» y oyó «una voz gigantesca, que parecía venir de todo el Universo y también de mí. Era la voz de Dios, llena de amor y compasión, pero a mí me quemaba, sólo quería que se callara, y la rechacé».

Entonces quedó flotando, hundiéndose en una especie de niebla. «Supe que era el infierno. Cada partícula de esa niebla era un alma condenada. Las almas del abismo no tienen voz, sólo gruñidos como de bestia para expresar desesperación, ira y odio. Allí había espíritus que nunca habían sido humanos, un abismo de desobediencia que, como yo, habían renunciado a su oportunidad».

Entonces volvió a escuchar la Voz. «Me explicó que yo había sido creado para ser un alma reparadora eucarística, que la misión de todo católico es ser sacramental, alimentarse de los sacramentos, y que eso da fuerza incluso a almas alejadas de los sacramentos, que no pasan por la parroquia».

Marino pasó cinco meses más prisionero: sólo pedía confesarse antes de morir. Lo hizo en cuanto lo liberaron, con un franciscano que aún hoy es su confesor.

Barba larga y ropa rota
Una noche, cuando llevaba casi seis meses secuestrado, los guerrilleros lo llevaron a una carretera y le dijeron: «camine derecho y no mire hacia atrás». Y caminó, y caminó. Era libre, después de pagar su rescate y de que sus seis captores iniciales hubiesen muerto en diversas escaramuzas. Con barba hasta el pecho y la ropa rota, un autobús que pasó dudó en llevarlo a la civilización.

Volvió a California, y le asombró la tibieza de los católicos en misa, a la que volvía después de 33 años. Las cosas del mundo ya no le decían nada.

Dos años después, con base en Colombia y el apoyo espiritual de su confesor, Fray José María, provincial en Colombia de los Frailes Menores Renovados, se dedica a la predicación itinerante centrada en el poder de la confesión y la comunión. «He escrito seis libros sobre esto y apenas toco la superficie», comenta.

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