Domingo, 17 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Esperanza, divino tesoro


por José F. Vaquero

Opinión

“La esperanza es lo último que se pierde”, reza el refranero clásico español ¿Qué tiene de especial esta actitud, esta virtud, que hay que cuidarla como oro en paño, que es tan importante que nunca hemos de perderla? ¿De dónde le viene su grandeza y esplendor? La esperanza es una virtud que vertebra el tiempo, y queramos o no, vivimos inmersos en el tiempo, no podemos huir de él.

La esperanza mira al futuro, y con esa óptica nos permite entender y gustar el presente, un presente fruto del pasado, para lo bueno y para lo malo. Por eso integra pasado, presente y futuro, constituye, o quizás tonifica la historia, la pinta de un color, un amarillo alegre o un deprimente negro, o un poco de los dos. Y hablamos de la macro-historia, los grandes acontecimientos de la humanidad, y la microhistoria, mi pequeño y cotidiano devenir.

La esperanza, aunque parezca una perogrullada, es un esperar lo que ha de venir, como los padres esperan ansiosamente el nacimiento de su hijo, esa "revolución" de su historia cotidiana. El matrimonio, la familia, es uno de los principales lugares en donde habita la esperanza. En ella nos sentimos queridos por lo que somos, no por lo que valemos o producimos, y arropados con ese cariño miramos el presente y el futuro llenos de confianza. Y aquí encontramos un problema para la esperanza en nuestro siglo XXI. ¿Y si no hay padres, no hay familia, o ésta es fuente de dolores y sufrimientos? ¿El fundamento inestable de algo que cambia, se mueve, va y viene? ¿El cimiento de lo que muchos llaman una sociedad líquida?

Baugman es uno de estos pensadores que ha escrito mucho sobre esta sociedad sin cimientos, la “sociedad líquida”. Vivimos, nos recuerda este autor, en un mundo que cada vez tiene menos estabilidad, menos cimientos sólidos en los que construir una casa. Todo cambia, y cada vez son más escasos los compromisos estables, el cumplimiento de la palabra dada. Y sin cimientos sólidos, como saben bien mis amigos de Ciudad de México, los edificios corren grave peligro. Durante décadas se han preocupado muy seriamente ante las grietas, cada vez mayores, de la antigua Basílica de Guadalupe. El terreno pantanoso estaba poniendo en peligro la construcción. Se planificó una nueva basílica, pero con un fuerte cimiento, construido sobre roca. ¿Hay que profundizar mucho más? Cierto, pero sólo así se puede garantizar la estabilidad y durabilidad de “la Villa”, la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

En nuestra sociedad actual, sociedad líquida, todo fluye, todo pasa, como ya afirmó Heráclito hace 25 siglos. “Panta rei” y fluye tan rápido que ni pensamos en el pasado, ni miramos al futuro. Estamos “perdiendo el tiempo”, nunca mejor dicho. Sin pasado, el presente navega preso de los continuos aires de la novedad, navegando sin rumbo, sin destino. Y al perder el rumbo, se nos escapa también el futuro, el fin que motiva a seguir caminando hacia una meta grande, un alto ideal.

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