Lunes, 16 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

La superioridad moral de la izquierda


por Pedro Trevijano

Opinión

Contaba Rodríguez Zapatero que un día sus hijas le preguntaron cuál era la diferencia entre derechas e izquierdas y que él les contestó así: “Las derechas buscan su propio interés y las izquierdas el bienestar de todos”. Por otra parte, uno de los tópicos constantemente repetidos por la izquierda es el de su superioridad moral. Pero podemos preguntarnos: ¿es esto así?

Para empezar, aunque hay muchos de derechas que son no creyentes, lo mismo, pero todavía más, sucede en las izquierdas, con lo que uno se da cuenta de que en buena parte el problema hay que enfocarlo de otra manera: ¿qué consecuencias tiene el ser creyente o no creyente en el campo social?

Si Dios no existe es que no hay un Ser Superior y el ser humano es la máxima autoridad existente. Por tanto no tenemos que responder ante nadie de nuestros actos y, como dijo el propio Rodríguez Zapatero, en unas declaraciones sobre la Ley Natural, publicadas en la revista italiana Micromega el 2 de marzo de 2006, “la idea de una ley natural por encima de las leyes que se dan los hombres es una reliquia ideológica frente a la realidad social y a lo que ha sido su evolución. Una idea respetable, pero no deja ser un vestigio del pasado”. Es decir, en su concepción relativista, como Dios no existe, el orden social no se ve como reposando en las leyes de Dios o de la naturaleza, sino como resultado de las elecciones libres del individuo y del pueblo soberano. A nivel individual nos encontramos con el subjetivismo, el hecho que no hay ningún ser superior a mí y en consecuencia la no existencia de reglas generales. De la legítima pluralidad de posiciones se da el paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas.

Es decir, no hay una Verdad objetiva, el Bien y el Mal son intercambiables, como hemos visto en el caso del aborto, que ha pasado de ser un crimen a ser un derecho. Se trata de vivir nuestra existencia sin obligaciones y gozar sin trabas. Pero como mi libertad choca con la libertad de los demás, en muy poco tiempo se acaban imponiendo las leyes de los más fuertes y las tiranías totalitarias, como hemos visto con el triunfo del nazismo y del marxismo. El positivismo jurídico, es decir la concepción que hace derivar mis derechos de las leyes que se dan los hombres, deja al individuo sin defensa frente a los posibles abusos del Estado. Y si hay dinero por medio, tonto soy si no me lo apropio, como hemos visto en Andalucía con el dinero destinado a los parados. Además, Jesucristo nos advierte: “Sin Mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,5), y de esto nos damos cuenta viendo las escasas obras de servicio al prójimo de los no creyentes.

En cambio, para los creyentes, es decir para la concepción cristiana, también llamada jusnaturalista, por su defensa de la Ley y el Derecho Natural, “la Ley natural expresa el sentido moral original que permite al hombre discernir mediante la razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1954). El primer principio ético con el que nos encontramos es el de que hay que hacer el bien y evitar el mal. ¿Pero cómo distinguir el bien del mal?

La dignidad humana exige la fidelidad a unos principios fundamentales de la naturaleza, principios comprensibles por la razón. Pero esto es algo que nuestros izquierdistas, al rechazar la Ley Natural, no pueden aceptar. Las enseñanzas de Jesucristo y el Magisterio de la Iglesia son claras luces indicadoras del camino que hemos de seguir. Y como el árbol bueno da frutos buenos, no nos extrañe que ninguna institución pueda presentar tantos frutos de servicio al prójimo como la Iglesia católica, como tuve ocasión de decir a cierta persona que me increpó diciéndome que la Iglesia no hacía nada por los pobres. Le pude contestar: “Cíteme una institución que haga más por los pobres que la Iglesia católica”. Evidentemente, se tuvo que callar.

Ello no significa, ni mucho menos, que no tengamos fallos y escándalos. En este punto me gusta mucho un refrán popular: “Delante de la casa del creyente no dejes el trigo, y delante de la del no creyente, ni el trigo ni la cebada”. En cambio, quien no tiene principios, quien no sabe distinguir el Bien del Mal, la Verdad y la Mentira, y si lo saben, todavía peor, son capaces de hacer declaraciones como la ministra Celáa, en las que afirma que el artículo 27.3 de nuestra Constitución no defiende el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus propias convicciones.

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