Jueves, 15 de abril de 2021

Religión en Libertad

Eutanasia global

Piano y objetos antiguos.
Una cultura del aprecio a lo perdurable también contribuye a crear conciencia sobre el valor de la vida. Foto: Paul Stollery / Unsplash.

por Enrique García-Máiquez

Opinión

Tengo la obsesión de no repetirme en mis artículos, quiero decir, conscientemente. Sí que repito, ay, mi intención de no repetirme, porque mis obsesiones se dan inevitablemente cita aquí con la misma periodicidad que mi firma. Sin embargo, me niego a calzar a sabiendas el mismo texto o un argumento calcado con la excusa de que el tema de antaño ha subido de nuevo a la palestra o de que no convencí a casi nadie cuando lo publiqué. Reciclar un artículo me parece como ponerse a gritar cuando aquí venimos a susurrar.

La pena es que ya escribí sobre la eutanasia (contra ella) y que el Gobierno nos la quiere colar. Me horroriza dar la impresión de que este tema lo doy por amortizado. Pero ya expuse mis argumentos a favor de los remedios paliativos y la atención delicada a los enfermos y mayores, que hacen que desciendan vertiginosamente las peticiones de eutanasia. Esto es lo malo. Lo bueno es que he de forzarme a pensar un nuevo enfoque y yo creo que el que he encontrado, sin tocar de lleno temas tan cruciales como los derechos fundamentales o la dignidad de las personas, sí puede sumar una pequeña luz a los que ya están afrontando el tema con toda seriedad.

Otra manera de luchar contra la eutanasia es hacer de la conservación y la ternura un estilo general de vida. Amar también las tradiciones y las costumbres, las cosas que envejecen, los defectos ajenos y los propios, sonreír a las torpezas, cuidar de los débiles. Luchar contra el consumismo con su mismo amor a las cosas pero mantenido en el tiempo; y elevado a su enésima potencia cuando se trate de plantas y de animales, y a su infinita potencia cuando se trate de personas.

Sé que hay que luchar a cara de perro contra el dolor y la enfermedad; sé que hay que defender a brazo partido los derechos esenciales que emanan de la dignidad de toda persona, por supuesto. Y que esas son las batallas cruciales. Pero si conseguimos instaurar, mediante el ejercicio y el contagio, una civilización del cuidado y del aprecio, de la poesía de las cosas sencillas y escondidas, de la amistad, de la ternura con los débiles y los cansados, estaremos creando un mundo tan pleno y tan lleno que la culturilla de la calderilla, del descarte, del utilitarismo, del economicismo, del sentimentalismo tóxico y del "vámonos que nos vamos -y de paso te empujamos-" no tendría cabida. Sería considerada como lo que es: pura barbarie y sin sentido.

Publicado en Diario de Cádiz.

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