Viernes, 13 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

Sobre el evolucionismo


por Pedro Trevijano

Opinión

Una de las preguntas más frecuentes que los seres humanos solemos hacernos es: ¿de dónde venimos y a dónde vamos?, lo cual significa en la primera cuestión que nos interroguemos sobre cuál es el origen de mi vida y cuál es el origen de la humanidad.

Ante los grandes interrogantes, el hombre siempre ha buscado solucionarlos. Los libros de ciencias nos dicen lo que las ciencias humanas pueden afirmar sobre estos problemas, estando claro que el hombre actual, creyente o no, debe conocer y aceptar lo que las ciencias humanas le digan sobre estas cuestiones. Estudiará por tanto en primer lugar lo que los libros de ciencias le enseñen.

Pero a pesar de todos los adelantos científicos, hay interrogantes a los que no es posible dar una respuesta en el plano puramente científico. Los antiguos griegos ya sabían esto cuando hablaban de Metafísica, es decir lo que está más allá de la Física, entendida ésta en el sentido de Ciencias.

Los creyentes tenemos un libro, la Biblia, que para nosotros contiene, a través de palabras humanas, la Revelación de Dios. Este libro nos hace presentarnos el problema de si son compatibles los conocimientos científicos con la aceptación de la Biblia y qué caso hay que hacer a los que nos dice la Biblia y los conocimientos científicos.

Sobre este tema encontramos en el Catecismo YouCat nº 42 lo siguiente: “¿Se puede estar convencido de la evolución y creer sin embargo en el Creador? Sí, la fe está abierta a los conocimientos e hipótesis de las ciencias naturales. La teología no tiene competencia científico-natural; las ciencias naturales no tienen competencia teológica. Las ciencias naturales no pueden excluir de manera dogmática que en la creación haya procesos orientados a un fin; la fe, por el contrario, no puede definir cómo se producen estos procesos en el desarrollo de la naturaleza. Un cristiano puede aceptar la teoría de la evolución como un modelo explicativo útil”.

El de dónde venimos es preguntarse sobre el origen del hombre. Y como es lógico buscamos a este interrogante la respuesta en los libros de ciencias, pues tenemos que tener muy claro que la Biblia no es un libro de ciencias, sino un libro que contiene el mensaje religioso de Dios a la Humanidad. Científicamente la hipótesis más seguida actualmente es la evolucionista, aunque hay que distinguir entre evolución y mecanismos evolutivos, sobre los que hay mayor disparidad. Sobre el origen de la vida hay varias hipótesis sobre las que discuten los científicos. Pero en todo caso estamos en el campo propiamente científico y son las ciencias las que tienen que darnos la respuesta.

En todo caso parece claro que el Universo no es fruto de la casualidad, sino que hay un Ser inteligente detrás, porque que el Universo sea fruto del azar es demasiada casualidad, pero siempre teniendo claro que no se puede aceptar la confusión de la Biblia con un libro de Ciencias y en consecuencia creerse el creacionismo, es decir tomarse la Biblia al pie de la letra y que el mundo se ha hecho en seis días.

Aunque haya podido haber algunos malentendidos, la Iglesia Católica, como tal, nunca ha condenado al evolucionismo. San Juan Pablo II en su mensaje del 22 de octubre de 1996 sobre la evolución decía: “Nuevos hallazgos nos lleva a reconocer en la evolución como algo más que una hipótesis”, si bien sobre el alma decía: “Si el origen del cuerpo humano proviene de materia viva que existía previamente, el alma espiritual es creada directamente por Dios”.

Para los cristianos, por tanto, la evolución no sólo supone un avance científico, sino también poder tener una concepción más rica de Dios, en quien vemos en esto de la Creación no sólo como un Dios alfarero, sino también como un Creador omnipotente y genial que actúa directa e indirectamente y que hace miles de millones de años creó el mundo de la nada y le dio unas reglas que han operado un maravilloso desarrollo y que sigue gobernando al mundo con su Providencia. También me parece más racional que un Dios que se ha molestado en crear el mundo, no se desentienda de él y sea su ordenador al modo que un director de orquesta dirige ésta, aunque los diversos instrumentos tengan su autonomía.

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