Sábado, 31 de octubre de 2020

Religión en Libertad

El espíritu conciliar

El Concilio Vaticano II se celebró entre 1962 y 1965. Fue inaugurado por San Juan XXIII y clausurado por San Pablo VI.
El Concilio Vaticano II se celebró entre 1962 y 1965. Fue inaugurado por San Juan XXIII y clausurado por San Pablo VI.

por Pedro Trevijano

Opinión

Acabo de publicar un artículo sobre el Concilio Vaticano II que me ha convencido de la necesidad de poner unas cuantas cosas claras sobre el citado Concilio.

En primer lugar se trata de un Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica, tan legítimo como todos los demás reconocidos por la Iglesia. Sobre él escribe el cardenal Ratzinger, cuando era Prefecto de la Congregación de la Fe, en su libro Informe sobre la fe: “Acerca de la importancia, la riqueza, la oportunidad y la necesidad de los grandes documentos del Vaticano II, nadie que sea y quiera seguir siendo católico puede alimentar dudas de ningún género... Este hoy de la Iglesia son los documentos auténticos del Vaticano II. Sin reservas que los cercenen. Y sin arbitrariedades que los desfiguren”.

Es indiscutible que el Concilio Vaticano II ha dejado una huella renovadora profunda en la teología de la Iglesia. La fidelidad al Evangelio obliga a seguir atentamente la evolución de los tiempos, con objeto de dar la respuesta religiosa adecuada a los problemas actuales, si bien ha de evitarse el exceso del radicalismo que no tiene en cuenta el valor de la continuidad y de la tradición de la Iglesia, pensando por ejemplo que ni Trento ni el Vaticano I tienen nada que decirnos.

La fidelidad a la Iglesia supone obediencia al Magisterio, y en consecuencia al Concilio Vaticano II y sus documentos, como lo es también obedecer a Trento y al Vaticano I. Pretender que durante cuatro años más de dos mil quinientos obispos se van a reunir en un Concilio convocados por el Papa para discutir los problemas de la Iglesia y no innovan nada, me parece que es tener una muy pobre opinión de la inteligencia de los obispos, del Papa y del Espíritu Santo.

Los sacerdotes no debemos descuidar la actualización teológica, porque lo contrario es desastroso para la enseñanza doctrinal y la actuación pastoral. Recuerdo que cuando estudiaba Teología se nos hablaba mucho de la evolución del dogma, es decir de la profundización en las verdades de fe. Pero evolución no significa contradicción esencial. Voy a poner un ejemplo matemático: no me cabe la menor duda que un matemático actual sabe muchas más matemáticas que Euclides o Pitágoras, pero seguirá sosteniendo que en las matemáticas de Euclides, las que utilizamos normalmente, el triángulo no podrá nunca tener cuatro lados. Pues lo mismo pasa con la Teología: podremos profundizar más en el Dogma, en la Moral o en la Pastoral, pero nunca podremos llegar a que Jesucristo no resucitó o que el aborto directo y la eutanasia son cosas buenas y santas.

Por tanto, por espíritu conciliar hemos de entender fidelidad a los documentos conciliares y a sus enseñanzas, que son, sin posible discusión, Magisterio de la Iglesia. Está claro que el Concilio no quiso proclamar ningún nuevo dogma de fe, pero ello no supone la ausencia de toda novedad, como podemos darnos cuenta en casi todos, por no decir todos, los documentos conciliares. “Ecclesia semper reformanda”, lo que indica que no podemos quedarnos anquilosados, sino que hemos de estar abiertos a las legítimas novedades.

Y, por último, tengamos cuidado con nuestros juicios de valor. He leído duras críticas contra esos teólogos considerados progresistas llamados Yves Congar y Henri De Lubac, pero con una total fidelidad a la Iglesia. Con ellos tuve estas experiencias.

A Congar le invitamos a dar una conferencia en mi seminario, el italiano Capránica. La tuvo que dar en latín, porque no hablaba italiano. Al final fue embestido por un obispo italiano que le llamó hereje modernista. Congar sólo pudo responderle: “Dic mihi veritatem fidei quam ego minui”, “Dime qué verdad de fe he disminuido”. Le dimos una cerrada ovación.

Con De Lubac fue más personal. Fui un día en el Concilio a recoger los libritos que tenía que entregar a los obispos de mi sector. Allí estaba De Lubac, perito del episcopado francés. Yo le admiraba, porque sabía que un libro suyo sobre lo sobrenatural había sido retirado de los seminarios, lo que le provocó una crisis de fe muy fuerte, que logró superar y su reacción fue el libro Meditación sobre la Iglesia, un libro precioso. El encargado de dar ese documento se negó a dárselo, porque era un hereje. Yo evidentemente me callé y no intervine, pero una hora más tarde fui a pedir ese documento y se lo entregué, por lo que me estaba muy agradecido.

San Juan Pablo II hizo cardenales a ambos teólogos, lo que significa claramente que respaldaba su ortodoxia.

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