Miércoles, 26 de junio de 2019

Religión en Libertad

El ránking de la felicidad


Según la ONU, los países más felices son Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia y Suiza. Pero ¿de verdad son felices? ¿Por qué? ¿Cómo medir la felicidad?

por José F. Vaquero

Opinión

Hace pocas semanas escuché que la ONU ha hecho público su informe anual de la felicidad mundial, con su listado de países más felices y menos felices. Las naciones que encabezan este índice mundial, según la realidad del último año, son Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia y Suiza. Llama la atención, y es un comentario muy habitual, que los países escandinavos ocupan siempre los primeros puestos. Sin embargo, en la barra del bar, o en los comentarios de la calle, no parece que sea muy feliz la vida en estos países. Buceando en los pocos datos sobre el suicidio que se publican, tampoco están muy abajo en esta triste “competición”. Todos figuran entre la primera mitad de estos escasos datos. ¿Qué datos considera la ONU para publicar estas estadísticas científicas de la felicidad? Alguna explicación tiene que haber.
 
Los puntos totales de la felicidad de un país proceden de la suma de varios criterios parciales, que enumero en orden de importancia. Y a modo de glosa, y de cosecha propia, alguna rápida reflexión.
 
1. Producto interior bruto per cápita. Básicamente, el dinero y bienes materiales que hay en el país, y que no está en manos de empresas internacionales. Sigue muy presente la cultura del tener (cosas) muy por encima de la cultura del ser. Más de 25 años nos lo estuvo repitiendo un Papa polaco, San Juan Pablo II. Y el Papa Francisco, con otras palabras, nos lo sigue diciendo: cuidado con la idolatría de las cosas y el dominio de la cultura del descarte.
 
2. Apoyo social: oportunidad de recibir ayuda (material) de familiares o amigos. Parece que se abre paso la dimensión social, el cuidado social de nuestros hermanos los hombres. Está centrado en la ayuda material, ciertamente necesaria, pero no considera la ayuda personal, familiar, de amistad. El bien que hace una sonrisa, escuchar de verdad a la otra persona, empatizar con ella.
 
3. La esperanza de vida, según la Organización Mundial de la Salud (OMS); da lo mismo cómo vivas esos años, el caso es vivirlos. Y un matiz muy importante, sobre todo en los países que tienen este numerito más alto: la vida cuenta sólo desde que el ser humano está fuera del seno de la madre. Los nueve meses que ese “algo” incomoda y da alegrías y pataditas a la madre no cuentan para la esperanza de vida..
 
4. La libertad de tomar decisiones y hacer lo que yo quiero, me ayude o no, sea bueno o malo. Es la concepción de libertad absoluta y todopoderosa que permea tantos ámbitos de nuestra vida.
 
5. La generosidad. Cuando encontré este criterio sentí una cierta satisfacción, pero pronto terminó mi ilusión: esta generosidad se mide según el dinero que se dona a las ONG. Pobres misioneros y voluntarios: son muy poco generosos con su labor diaria. Pobres padres y madres, son muy poco generosos con el niño pequeño que llora a las 3 de la mañana, y a las 5, y a las 7… Me sabe a poco esta “generosidad”, y creo que también a los lectores.
 
6. La percepción de la corrupción, respecto al gobierno y las empresas. Los otros, gobierno o empresa, me hacen infelices, simplemente por lo que yo les critico como corruptos. ¿Dónde queda mi decisión de ser feliz?
 
7. El afecto positivo, por ejemplo, cuánto se ríe la gente. Este criterio lo veo más cercano a la realidad, pues deja traslucir mis relaciones con otras personas, más allá del dinero o lo impersonal de una organización política o empresarial.
 
8. El afecto negativo o la percepción de tristeza y enfado.
 
Me saben a poco estos “criterios de la felicidad”, tan centrados en el bienestar material, el dinero y los criterios económicos. Hace 25 siglos, en el arranque de la filosofía, ya se empezó a hablar de este tema. Una de las columnas de aquel pensamiento, Aristóteles, escribió un libro sobre este tema, colocándolo además en el centro de su sistema filosófico. Y después de tantos años, muchos siguen admirando y estudiando sus doctrinas.
 
La felicidad, nos dice Aristóteles, es el fin último del hombre, todo se hace para alcanzarla. Básicamente consiste en vivir bien y obrar bien. Y obro bien cuando las operaciones (en nuestro siglo diríamos las acciones) me hacen bien. Nuestro hijo quiere un caramelo, lo ve como algo que le hace bien. Pero si toma 10 caramelos en las próximas dos horas, deja de hacerle bien, y le ocasiona un dolor de estómago, malestar en vez de bienestar.
 
¿Cómo medir la felicidad? La pregunta es complicada, pero en la respuesta hay que tomar en cuenta las distintas dimensiones de la vida, y según su importancia. De abajo arriba, la parte material y corporal, física, la dimensión familiar y social, con sus relaciones humanas, de amistad y de familia. Y también la parte trascendente, espiritual, religiosa. Lo material ayuda, no seamos utópicos, pero todos experimentamos, antes o después, que no es ni suficiente, ni lo principal.
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