Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

La inquisición de la Santa Inquisición


Condénense los errores del Tribunal del Santo Oficio, pero si la Iglesia sirve en bandeja de plata su cabeza, estará comulgando con un relato falsario y abriendo aún más la boca de la serpiente que trata de engullirla.

por Eduardo Gómez

Opinión

La sentencia a la Inquisición constituye uno de los mayores vítores del laicismo en sus ataques a la Iglesia católica, en paralelo a un complejo muy anclado en la Santa Sede por las supuestas atrocidades que dimanan de la propaganda. Ambas circunstancias han convertido a la Santa Inquisición en uno de esos muertos que hay que esconder en el armario para que el vecino de al lado no nos restriegue nuestras vergüenzas.

He aquí la equiparación de arrepentimiento y vergüenza; una ecuación errónea. Muchos hombres se avergüenzan de lo que han hecho sin que medie arrepentimiento y viceversa. En la misma línea, se puede aseverar sin demasiadas licencias que una institución puede pedir perdón por sus pecados sin avergonzarse de su existencia. Tal como dijo en una ocasión el Papa Francisco, “donde hubo pecado sobreabundó la gracia”.
 
Inquirir consiste en el descubrimiento de un hecho a través de preguntas, y el objetivo de la Inquisición fue descubrir y desmantelar los posibles casos y redes de herejía que ponían en peligro la fe en los reinos católicos. El Edicto de Gracia invitaba a los herejes a autoinculparse para evitar penas severas. Posteriormente fue sustituido por el Edicto de Fe. Ocurrió en una sociedad en la que no primaba la libertad del individuo sino la defensa de la fe por encima de todo, en pos de evitar repetir experiencias pasadas que habían puesto en jaque a la Iglesia. Bien es cierto que se dictaron penas capitales, empero no es menos cierto que fue un porcentaje residual, que los castigos físicos fueron esporádicos y muy vigilados, que la instrucción de los procesos era la más garantista de la época, que la manutención de los acusados era cuidada y piadosa. Ergo ni la pena capital ni ningún otro castigo físico eran la pauta de su ser. Por no hablar de que fue precisamente la inquisición de las distintas confesiones protestantes la que dio patente de corso a las ejecuciones constantes y sonantes.
 
Tal como escribía Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles, fue el instinto de conservación de la unidad religiosa el que generó en todos los espíritus el pensamiento de la Inquisición. Fue un pensamiento universal de la sociedad de la época. Hágase constar que la Inquisición fue hija de la Iglesia católica y nació para defender su causa, no para montar patíbulos. Sin embargo, a estas alturas resulta ocioso decir que desde la propia Iglesia se han asumido las acusaciones de una inquisición pagana que ha juzgado sin inquirir, sin investigar, sin contextualizar, directamente ha condenado lo que no estudió de manera minuciosa y jamás comprendió.

Los malandrines del secularismo moderno han hecho correr ríos de pólvora con el relato de una institución monstruosa que se caracterizó por sus crímenes contra la Humanidad, una suerte de hombre del saco para adultos. Es innegable que tuvo capítulos obscuros sin justificación, pero cualquiera que haga un estudio serio verá que en el caso del catolicismo no fue la tónica general y que bajo ningún concepto se puede oscurecer a una institución por hechos aislados. Condénense los errores del Tribunal del Santo Oficio, pero si la Iglesia sirve en bandeja de plata su cabeza, estará comulgando con un relato falsario y abriendo aún más la boca de la serpiente que trata de engullirla. La inquisición de la Santa Inquisición solo es una trama secularista -con excelente reputación y peor baba- que condenó a esta última a morir en la hoguera de los juicios mentirosos mientras la Iglesia asentía, sin percatarse de que el relato no era más que una alegoría de su infame narrador, un narrador que había decretado su propio edicto de gracia.
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