Sábado, 15 de agosto de 2020

Religión en Libertad

El marxismo cultural como religión de Estado y secta destructiva


por Francisco José Contreras

Opinión

The Madness of Crowds [La masa enfurecida] de Douglas Murray, es uno de los libros más importantes de los últimos años. Es una llamada de atención sobre el estado  de locura colectiva al que nos está arrastrando la “política de la identidad” feminista-multicultural-homosexualista. Propongo, en diálogo con Murray, las siguientes seis tesis:

La editorial Península anuncia la publicación en español de The Madness of Crowds, bajo el título La masa enfurecida, para finales de este año.

1) La política de la identidad implica el fin del individuo, que es disuelto en la tribu. El marxismo cultural divide a la sociedad en grupos enfrentados: sí, es la lucha de sexos, razas y orientaciones sexuales sustituyendo a la de clases. Al hacerlo, colectiviza tanto la responsabilidad moral (formidable regresión: “¿Pecó él o sus padres?”, Jn. 9,1) como el pensamiento, los intereses y las necesidades. Por ejemplo, si Fulano Pérez le pega a Mengana Rodríguez, no se trata de una agresión de pareja, sino de un episodio más de la eterna batalla en la que los hombres como colectividad intentan dominar a las mujeres como colectividad. Fulano es un soldado más del ejército masculino, en constante lucha contra el femenino. Fulano nos representa a todos los varones: “El violador eres tú”. No exagero, es la letra de la ley: “Violencia de género es la que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas [por sus parejas sentimentales]» (art. 1 Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género, España).

En Estados Unidos ya es frecuente que el hablante especifique su estatus racial/sexual, como si éste predeterminara la opinión que va a emitir: “Como mujer negra, pienso que…”; “Como varón blanco homosexual…”. Martin Luther King soñaba con una sociedad “que juzgue a las personas, no por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter” (Discurso en la Marcha de Washington, 1963). Su sueño no se ha cumplido: el progresista del siglo XXI considera que el color de la piel (más el género) define(n) totalmente a la persona y prefigura(n) sus ideas e intereses. Por cierto, el racismo es precisamente eso: asociar cualidades intelectuales y morales al fenotipo racial. Y el sexismo, asociarlas a los genitales.

El liberalismo clásico propugnaba una sociedad en la que lo importante de cada persona fuesen sus opiniones y logros individuales, y en la que características como el sexo o la raza resultasen legal y socialmente anecdóticas. Para la izquierda actual, en cambio, la esencia de la persona vuelve a ser, no lo que le singulariza como individuo, sino lo que le encuadra en algún colectivo instrumentalizable por el marxismo cultural. M.L. King ya no interesa en tanto que individuo, sino en tanto que negro.

Douglas Murray, formado en Eton, el Magdalen College y Oxford, es colaborador del The Spectator y The Wall Street Journal, entre otras publicaciones, y uno de los nuevos exponentes del conservadurismo británico.

Es muy interesante la distinción que propone Murray (quien, como homosexual, puede hablar con libertad sobre el asunto, cosa que ya no se nos permite a los hetero) entre gay queer. “Gay” es el sujeto que se siente atraído por su mismo sexo, pero no considera eso un rasgo especialmente interesante, ni lo vive como la esencia de su ser, ni cree que le aboque a compartir trinchera con nadie ni a profesar determinadas creencias. “Queer”, en cambio, es quien vive su tendencia homo como “un trabajo a tiempo completo” y una cosmovisión integral, como si toda su existencia girase en torno a su sexualidad. “Qué extraño es que lo que durante milenios fue percibido como un impulso oscuro y sin nombre, ahora sea la fuente de nuestra identidad: […] el sexo ha llegado a ser más importante que nuestra alma, casi más importante que nuestra vida”, escribió Michel Foucault, en un raro rapto de lucidez, en su Historia de la sexualidad. El concepto mismo de “movimiento LGTBI” -que presupone que los gays, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexuales constituyen una unidad de destino en lo universal- estaría inspirado por el paradigma queer, no por el paradigma gay. Murray parece vivir su propia homosexualidad como un rasgo anecdótico, no muy diferente de la afición filatélica o el gusto por el té verde. “He happens to be gay”.

Lo cual, por cierto, le valdrá pronto la excomunión de la iglesia LGTBI. El libro de Murray recuenta los casos, a veces hilarantes, de expulsiones de la tribu. Peter Thiel, magnate de las empresas tecnológicas que apoyó a Trump en 2016, suscitó este titular de Advocate, la más importante revista gay de Estados Unidos: “Thiel es un ejemplo de hombre que tiene relaciones sexuales con otros hombres, pero que no es gay [por sus opiniones políticas]”. A Kanye West -como a Candace Owens- el apoyo a Trump le valió la pérdida de la negritud: el escritor Ta-Nehisi Coates, un negro profesional, le dedicó un ensayo vitriólico en The Atlantic (“West se cree un librepensador por apoyar a Trump. Su libertad es libertad blanca: libertad sin conciencia, sin crítica”) y le comparó al cantante Michael Jackson, el negro que quería ser blanco. ¿Locuras de los anglos? No solo: en España, la televisiva Paula Vázquez tuiteó hace unos días que Bertrand Ndongo debe ser un blanco que se ha sometido a un tratamiento de oscurecimiento de piel, pues ningún negro genuino podría defender a Vox.

2) La política de la identidad es vivida como una pseudorreligión, en un siglo caracterizado por el vacío existencial y el fin de los “grandes relatos”. “Dios ha muerto, Marx ha muerto, y yo mismo no me siento demasiado bien”. Pero no íbamos a ser, dice Murray, la única sociedad de la historia sin religión. El joven de 20 años necesitado de encontrar sentido a su vida lo busca en la heroica lucha contra el machismo, el racismo y la homofobia/transfobia que le propone el marxismo cultural. La identity politics es profesada por muchos como una fe sustitutiva, como ocurrió en su momento con el comunismo.

En realidad, el éxito de la identity politics confirma una tesis conservadora: que el hombre necesita criterios morales, necesita creer en el Bien y el Mal. En la nueva religión, el Bien es la defensa de las mujeres y de las minorías raciales y sexuales frente a la opresión heteropatriarcal; el Mal, el machismo/racismo/homofobia. “¿Cómo ser virtuoso en nuestro mundo postmoderno? Siendo “antirracista”. Siendo “amigo de los LGTB”. Siendo "feminista”.

Y, ciertamente, el machismo, el racismo y la homofobia son cosas muy malas. Pero hay un pequeño problema: en el Occidente desarrollado ya no existen (o, si los hay, son marginales y residuales, muy inferiores a los de cualquier otra época o sociedad). El joven social justice warrior querría viajar en el autobús de Rosa Parks, marchar con las sufragettes, dejarse detener en la redada de Stonewall Inn, correr delante de los grises… Pero ha nacido con entre 50 y 100 años de retraso.

Una imagen del mayo el 68 francés. Las nuevas generaciones se sienten rebeldes defendiendo la ideología oficial y aplastando al disidente.

El marxismo cultural, pues, le obliga a vivir en permanente disonancia cognitiva. Los maestros del 68 -los Marcuse, Foucault, Bourdieu, etc.- ya llevaron el “pensamiento de la sospecha” al paroxismo. No hay que dejarse engañar por las apariencias. Bajo la aparente igualdad de hombres y mujeres subyacen recónditos micromachismos, invisibles techos de cristal, sutiles mecanismos de discriminación (por ejemplo, la famosa conspiración patriarcal para impedir que las chicas estudien carreras tecnológicas). Lo mismo vale para las razas no blancas y para las minorías sexuales, odiadas -quizás en secreto- por legiones de ultras.

3) La política de la identidad lleva a Occidente a la autodenigración, a abjurar de su pasado. La retroproyección anacrónica de los rigurosísimos criterios de antidiscriminación convierte nuestra historia en una larga pesadilla de machismo, homofobia y racismo estructurales. Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe…: una panda de “viejos hombres blancos” que no creían en el empoderamiento lésbico ni en los WC transgénero. Churchill, un odioso racista. Hernán Cortés, un genocida y un violador de Malinches; el 12 de Octubre, “nada que celebrar”.

La identity politics lleva a los jóvenes occidentales a despreciar su propia cultura. En las universidades, los black studies, LGTB studies, Women’s studies, etc. exhuman y celebran a los innumerables genios que no llegaron a triunfar porque el heteropatriarcado solo podía permitir un Parnaso habitado por viejos hombres blancos heterosexuales. Hay un solo tipo de studies que no se dedica a glorificar al grupo correspondiente: por supuesto, son los whiteness studies, los “estudios sobre la blanquidad”. Voz “whiteness studies” de la Oxford University’s Research Encyclopedia: “Es un sector creciente de la investigación universitaria cuyo objetivo es revelar las estructuras invisibles que producen la supremacía y privilegio de los blancos”.

Se crea también una brecha generacional entre los millennials ya educados en los dogmas de la identity politics y los carrozas todavía patriarcales. Es una soberbia adanista similar a la que se dio en la generación del 68: “No te fíes de nadie que tenga más de 30 años”.

4) La identity politics necesita alimentar constantemente el victimismo. La mujer debe sentirse víctima, el negro debe sentirse discriminado, el homosexual debe sentirse perseguido. Cuenta para ello con puntos débiles de la naturaleza humana, como la facilidad para la autocompasión y la necesidad de encontrar explicaciones externas para los propios fracasos. Es tentador poder creer que, si fallé en aquel examen de acceso a la Universidad, o si no tuve una carrera profesional tan brillante como esperaba, fue, no porque me faltara talento o esfuerzo, sino porque el sistema me discriminó por mi sexo, raza u orientación sexual. 

Y está triunfando. Está convenciendo a cada vez más jóvenes de que son víctimas. El 8 de marzo, una convocatoria que había caído en la rutina oficialista, se ha convertido en una protesta masiva contra la “opresión de las mujeres”. En Estados Unidos, el porcentaje de gente que cree que el país padece un grave problema de discriminación racial se duplicó entre 2011 y 2017, bajo la influencia del Black Lives Matter y la definitiva apuesta del Partido Demócrata por la identity politics.

El Partido Demócrata en Estados Unidos ha quedado totalmente enfeudado a las "políticas de identidad" del marxismo cultural, con cada uno de sus precandidatos intentando llegar en ellas más lejos que sus rivales... para que, al final, sus primarias se decidan entre dos millonarios ancianos blancos, Joe Biden y Bernie Sanders.

Uno de los dogmas de la identity politics es que, si en algún estamento profesional o académico no se dan porcentajes de representación que se correspondan exactamente con los de los grupos sexuales y raciales en la población total (50% de mujeres, etc.), ello solo puede deberse a la perfidia del heteropatriarcado y la discriminación más o menos sutil. De ahí la generalización de sofismas como la “brecha salarial”, que afirma que las mujeres ganan menos en promedio, no porque escojan profesiones menos retribuidas (humanidades, enseñanza, etc.) o ralenticen sus carreras para criar hijos o tener vidas más equilibradas, sino porque el sistema las discrimina (aunque las leyes prohíban la discriminación salarial por sexo en todos los países). Y si no hay más gente de color en las empresas tecnológicas, las universidades o la administración, tiene que deberse al racismo estructural. Los gobiernos y las grandes empresas han comprado ya ese discurso. De ahí la creación de una costosísima “burocracia de la diversidad” que lucha por incrementar las ratios de los grupos supuestamente discriminados. De ahí los seminarios de “unconscious bias training” en los que las empresas más poderosas del mundo obligan a sus empleados a un constante examen de conciencia, rastreando sus mentes en busca de restos de machismo/racismo/homofobia. El Gobierno británico imparte sesiones similares a sus funcionarios. El objetivo declarado es que tomen conciencia de su “white privilege”, sus “privilegios por ser blancos”.

Y de ahí la política de cuotas, que alimenta el resentimiento entre colectivos. “Discriminar positivamente” a las mujeres significa discriminar negativamente a los varones; primar a unas razas implica penalizar a otras. En su desvelo por incrementar la ratio de las razas peor representadas, las universidades norteamericanas más prestigiosas (por ejemplo, Harvard) han llegado a penalizar tramposamente en las pruebas de admisión a los estudiantes de las etnias sobrerrepresentadas, especialmente los orientales. El truco utilizado es reducir el peso comparativo de los exámenes (que miden conocimientos e inteligencia) e incrementar el de las pruebas psicológicas (que miden características tan objetivables y académicamente relevantes como “la simpatía [amiableness]” o la “personalidad positiva”). En su obsesión por evitar que hubiese tantos chinos en la Universidad y alcanzar un poco más de “diversidad racial”, Harvard ponía sistemáticamente a los orientales un cero en simpatía, sin siquiera llegar a entrevistarlos. Todo esto trascendió en un proceso judicial incoado por el SFFA, un grupo de estudiantes asiáticos  agraviados.

5) La política de la identidad se está deslizando hacia el totalitarismo. Es totalitarismo soft, porque no mata. Pero es totalitarismo. Se está convirtiendo en una verdadera religión de Estado que es martilleada en las escuelas, las universidades, los medios de comunicación, las grandes empresas… La discrepancia pública se hace cada vez más arriesgada. Peligran las reputaciones y los empleos. Con el pretexto del “discurso de odio” (concepto arbitrario e inobjetivable: “Jurisprudencia del sentimiento”), empiezan a aprobarse leyes que castigan al hereje con multas o censura.

Pero la censura más fanática es aplicada por los partidos de izquierda (o sea, en estos asuntos, todo el espectro político menos la supuesta “ultraderecha”) y… los estudiantes de las universidades. Los social justice warriors son la juventud más sumisa de la historia: jamás la nueva generación había asumido con tanto entusiasmo los dogmas de la ideología oficial del momento. Los profesores conservadores lo tienen cada vez más complicado, a poco que cuestionen los artículos de fe. Murray explica casos alarmantes. Los esposos Nicholas y Erika Christakis fueron acosados por turbas estudiantiles y finalmente tuvieron que abandonar sus cátedras en Yale (2015). Habían enviado emails en los que discrepaban del mensaje del decano, que pedía a los estudiantes que evitasen los disfraces étnicos en Halloween (que un blanco se disfrace de chino se considera ahora “apropiación cultural”: una pareja anglo tuvo que cerrar su establecimiento de tacos y enchiladas en Seattle, acusados de apropiación de la gastronomía mexicana; a Justin Trudeau casi le costó el cargo de primer ministro un atuendo a lo rey Baltasar de hace 20 años). Los Christakis pensaban que la libertad para disfrazarse de lo que a uno le dé la gana es importante, y que los carnavales siempre tuvieron un punto transgresor. El decano declaró después de los escraches que “nunca había estado tan orgulloso de sus alumnos”.

Y el profesor Brat Weinstein tuvo que abandonar su puesto en Evergreen College (2017), llegando a sufrir agresiones físicas, cuando se opuso al Day of Absence: durante un día, se invita a los estudiantes blancos a abandonar la Universidad, para que “se pongan en la piel de los excluidos” (en realidad, se trataba de la inversión de una tradición que los estudiantes negros practicaban desde los 60: eran ellos los que decidían ausentarse por un día, para que se notara su hueco). Intelectuales conservadores como Heather MacDonald, Ben Shapiro, Jordan Peterson, etc., ya solo pueden hablar en las universidades (o en cualquier otro sitio) con fuerte protección policial.

Y no hace falta irse a Estados Unidos: Alicia Rubio ve canceladas la mitad de sus conferencias, ha sufrido decenas de escraches y perdió su empleo en un instituto de enseñanza media por bullying ideológico.

Aunque no tenga Gulag ni Lager, el marxismo cultural es tanto o más totalitario que comunismo y fascismo en un aspecto (que resulta ser, por cierto, el definitorio del totalitarismo): su capacidad de penetrar en la vida privada y en los últimos pliegues de la sociedad. No en vano “lo personal es político” (Kate Millet) es el eslogan del nuevo feminismo. La identity politics problematiza las relaciones entre hombres y mujeres, entre blancos y no blancos, entre heterosexuales y homosexuales, también en el ámbito privado: el hogar, la escuela (donde se abruma a los varones con sermones contra su “masculinidad tóxica”), el centro de trabajo, la cama… El nuevo Gobierno español nos anuncia una Ley de Libertad Sexual que en realidad implicará meter al Estado en los dormitorios. La constante monserga de demonización del varón y victimización de la mujer está haciendo la relación entre los sexos más complicada de lo que ya era. La injusta Ley de Violencia de Género ya se ha llevado por delante a muchos hombres inocentes.

6) La política de la identidad se basa en el dogma de la “interseccionalidad” (Peggy MacIntosh), a saber, la interconexión entre las respectivas opresiones de grupo: gays, mujeres, minorías raciales, etc. son aplastados por una misma “matriz de opresión”. Por tanto, sus luchas por el empoderamiento son articulables, coherentes entre sí: negros, mujeres, trans… même combat!

Uno de los aspectos más lúcidos del libro de Murray es su ataque al mito de la interseccionalidad. Para empezar, ni siquiera el frente LGTBI es coherente: “Los hombres y las mujeres homosexuales no tienen casi nada en común. […] Ni se encuentran en 'espacios comunales'. […] Y ni los hombres ni las mujeres homosexuales se han fiado nunca mucho de las personas que se definen como 'bisexuales” (Madness of Crowds, p. 35).

He aquí que la G no siente entusiasmo por la L, y viceversa, ni ninguna de ellas por la B. Pero es la T la que plantea una verdadera amenaza existencial a las demás letras del acrónimo. El paradigma de la “transexualidad” es incompatible con el de la homosexualidad. El primero presupone que un chico de maneras afeminadas al que le gustan otros chicos es en realidad “una chica atrapada en el cuerpo de un chico”; el segundo, que es un chico gay. En una conferencia impartida en Madrid en febrero de 2018, Miriam Ben-Sharon (una histórica del movimiento lésbico) explicó: “Si hubiese sido niña en esta época, algún psicólogo me habría explicado que soy un chico atrapado en un cuerpo de chica, y me habría orientado hacia el cambio de sexo. Pero yo no soy un hombre encerrado en un cuerpo de mujer. Soy una mujer a la que le gustan las mujeres. Estoy encantada de mi condición de mujer”.

La disforia de género infantil antes era curada en un 85% de los casos por la naturaleza: al llegar la pubertad, la explosión hormonal disipaba casi siempre las fantasías de identidad sexual inversa (chico que se siente chica, o viceversa). Pero, bajo el influjo del nuevo dogma de la religión marxista-cultural -definido y oficializado en tiempo récord- cada vez más niños con supuesta disforia de género -por cierto, en Gran Bretaña su número se ha multiplicado por 20 en diez años- están siendo tratados con bloqueadores de la pubertad que precisamente impiden esa solución natural, abocándoles al “cambio de sexo” (es decir, la mutilación de un cuerpo sano y el tratamiento hormonal vitalicio). Y hay más: muchos de esos niños habrían terminado siendo homosexuales, si se hubiese dejado actuar a la naturaleza. Las filas de la T están creciendo a expensas de las de la G y la L.

El Partido Feminista de España de la histórica dirigente feminista española Lidia Falcón (en la foto) formaba parte desde 2015 de la coalición postcomunista Izquierda Unida. En febrero de este año, el partido fue expulsado de la coalición por negarse a aceptar los dogmas transgénero. El lobby LGTBI lo celebró como una "limpieza higiénica".

También hay conflictos entre el frente LGTB y el feminista. Por ejemplo, los vientres de alquiler. En febrero de 2018, los periódicos ingleses titularon que “Tom Daley y su marido anuncian que van a tener un bebé”. Junto al titular, la ecografía de un embrión. En nuestra sociedad de disonancia cognitiva, lo que se espera es que todo el mundo aplauda y haga como si el bebé estuviese creciendo en el vientre de uno de los dos hombres. Pero un columnista del Daily Mail dijo “el rey está desnudo”: “¿Cómo lo harán, exactamente?” [tener dos hombres un niño]. Se desencadenó contra él el furor de la Inquisición LGTB; circularon listas de las empresas que se anuncian en el Daily Mail, con llamadas al boicot. Pero también se levantaron voces feministas a favor del articulista. Pues, como indica Murray, en una sociedad en la que la exclusión de la mujer es el peor pecado imaginable, una mujer -la madre de alquiler, probablemente de algún país del Tercer Mundo: por tanto, “víctima” también a fuer de no blanca- estaba siendo excluida flagrantemente de la fiesta prenatal de Tom Daley y Dustin Lance Black.

Murray hurga con clarividencia y coraje en otras contradicciones de la nueva religión. Un sector del feminismo (la ideología de género) concibe la binariedad hombre/mujer como una construcción cultural, y el género como “puramente performativo” (Judith Butler). Pero si la mujer no existe, o es pura convención contingente-performativa, el feminismo -que es la defensa de la mujer- pierde su sentido. Si los sexos no existen, también pierde su sentido la homosexualidad, que es atracción por el propio sexo (y presupone, por tanto, la binariedad sexual). En su furor deconstructor, el progresismo termina deconstruyéndose a sí mismo.

Pero, mientras el feminismo de género pretendía que la condición de mujer es mera construcción cultural (software), el movimiento gay se atrincheraba en la tesis de que la homosexualidad es hardware: el homosexual lo es de manera ontológica, rocosa, eterna: de ahí que no se le permita siquiera intentar pasar a la heterosexualidad (se han prohibido las terapias de reconversión). En cambio, la heterosexualidad es mera norma cultural (“heteronormatividad”), que puede muy bien ser reinventada y transgredida. En suma: el adepto a la identity politics se escandalizará de que un homo intente pasar a hetero (eso es “renegar de su esencia”), pero aplaudirá que un hetero pase a homo (eso es “salir del armario”).

Lo mismo pasa con la transexualidad. Para el progresista, tener cromosomas XY y genitales masculinos no significa necesariamente que seas un hombre: la asociación del organismo masculino con el rol cultural de hombre es meramente contingente. En cambio, la persona afectada por disforia de género (el hombre que querría ser mujer, la mujer que querría ser hombre) son metafísica, incuestionablemente “mujeres encerradas en cuerpos de hombre”, o viceversa.

Lo transgresor/atípico es hardware: definitivo, inapelable, anclado en las estructuras más profundas del ser. El homosexual y el transexual lo son para la eternidad, y ¡ay de quien lo dude! En cambio, lo clásico (ser hombre o mujer, ser heterosexual) es software: convención, norma cultural arbitraria, sin fundamento natural.

* * *

Tenemos que detener a los profetas de esta religión del victimismo, el resentimiento y el odio, antes de que nos enfrenten aún más profundamente. Y, para detenerles, es preciso desmontar sus sofismas. Es lo que ha intentado Murray en su libro, y es lo que he intentado, modestamente, en este artículo.

Publicado en Actuall.

Francisco José Contreras es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla y diputado de Vox.

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