Martes, 27 de febrero de 2024

Religión en Libertad

Benedicto XVI y la ciencia

Benedicto XVI mira por un microscopio.
El reconocimiento a Benedicto XVI como adalid de la conciliación entre la fe y la razón y la ciencia ha sido unánime.

por Alfonso V. Carrascosa

Opinión

El reconocimiento prácticamente unánime en torno a la figura de Benedicto XVI en cuanto a conciliación ciencia y fe católica se refiere está siendo un común denominador informativo en estos días.

Ya hablamos de la extraordinaria formación académica de Benedicto XVI, señalando que la mayor parte de sus detractores tienen un curriculum que cabe en media cuartilla de papel. No en vano, y aunque poco conocido, es el hecho cierto de que un cuerpo celeste lleva su nombre. Parece como un homenaje a los magníficos escritos que ha realizado sobre la estrella y los Reyes Magos que pronto celebraremos: magos, astrólogos, científicos. Se trata de un planeta menor o planetoide, registrado en el año 2000 como (8661) Ratzinger: tras la caída del Muro de Berlín, el astrónomo Lutz D. Schmadel, de Heidelberg, y el físico de Alemania Oriental Freimut Börgngen comenzaron a trabajar juntos en varios programas de búsqueda de estos planetas menores, en el observatorio astronómico de Tautenburg, descubriendo más de quinientos, a los que fueron poniendo nombres de teólogos, filósofos, artistas y opositores del nazismo.

El planetoide (8661) Ratzinger tiene unas dimensiones de 13 kilómetros.

El planetoide (8661) Ratzinger tiene unas dimensiones de 13 kilómetros.

En el caso del planetoide Ratzinger fue Schmadel, que es evangélico, quien informó de ello al cardenal Ratzinger, en una carta fechada el 2 de junio de 2000, en la que le indicaba que había leído su autobiografía y escritos y que le había impresionado mucho "la divulgación de los archivos del Vaticano y, relacionada con esto, la rehabilitación de importantes científicos de la Edad Media", habiéndole conmovido su compromiso "a favor de las ciencias y del fortalecimiento de los principales principios de la fe cristiana", indicando finalmente que tenía la esperanza de que, bautizando así al planetoide, su nombre sería, "al menos en la astronomía, inmortal".

De Benedicto XVI, persona tan altamente cualificada desde el punto de vista académico como he indicado más atrás, son las siguientes palabras, recogidas en su testamento espiritual: "¡Manténganse firmes en la fe! ¡No se dejen confundir! A menudo parece como si la ciencia -las ciencias naturales, por un lado, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otro- fuera capaz de ofrecer resultados irrefutables en desacuerdo con la fe católica. He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he visto cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas que sólo parecen ser competencia de la ciencia. Desde hace sesenta años acompaño el camino de la teología, especialmente de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones, he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles y resultar meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista. He visto y veo cómo de la confusión de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo·.

No se puede decir más claro y mejor. En el caso de las ciencias naturales, la evolución ya no es incompatible con la fe católica, puesto que en todo caso sería el modo en el que Dios Creador ha llevado a cabo su obra. De otra parte, quienes ideológicamente la siguen contraponiendo con la misma no hacen otra cosa que poner en evidencia su inmaterial convencimiento de que la materia orgánica tiene capacidad autoorganizativa, algo que nadie ha demostrado. El corazón de esas afirmaciones es aplicable 100% a la antinatural y anticientífica ideología de género, a la que veremos caer como vimos caer el Muro de Berlín, no sin antes dejar un reguero de sufrimiento cuyas principales víctimas serán quienes la secunden.

En Madrid tuvo lugar un encuentro singular –sólo se ha hecho esa vez en una JMJ- al que yo asistí. Me refiero a la reunión con los profesores universitarios en la JMJ 2011, organizada por el cardenal Rouco en el Monasterio de El Escorial. Creo recordar haber oído a Rouco decir que uno de los motivos de hacerlo fue que muchos de los jóvenes que iban a las JMJ acababan siendo profesores de universidad o científicos, y que era bueno que el Papa les diera una palabra.

Allí, en la Basílica de San Lorenzo de El Escorial, el viernes 19 de agosto de 2011, un jovencísimo historiador católico, el doctor Alejandro Rodríguez de la Peña, dio la bienvenida a Benedicto XVI, que nos dijo cosas absolutamente coincidentes con su testamento espiritual: "En este emblemático lugar, razón y fe se han fundido armónicamente en la austera piedra para modelar uno de los monumentos más renombrados de España… en el lema de la presente Jornada Mundial de la Juventud: Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe (cf. Col 2, 7), podéis también encontrar luz para comprender mejor vuestro ser y quehacer. En este sentido, y como ya escribí en el Mensaje a los jóvenes como preparación para estos días, los términos 'arraigados, edificados y firmes' apuntan a fundamentos sólidos para la vida (cf. n. 2)… los jóvenes necesitan auténticos maestros; personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad. La juventud es tiempo privilegiado para la búsqueda y el encuentro con la verdad. Como ya dijo Platón: 'Busca la verdad mientras eres joven, pues si no lo haces, después se te escapará de entre las manos' (Parménides, 135d). Esta alta aspiración es la más valiosa que podéis transmitir personal y vitalmente a vuestros estudiantes, y no simplemente unas técnicas instrumentales y anónimas, o unos datos fríos, usados sólo funcionalmente… No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad: pues 'no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor' (Caritas in veritate, n. 30). Si verdad y bien están unidos, también lo están conocimiento y amor. De esta unidad deriva la coherencia de vida y pensamiento, la ejemplaridad que se exige a todo buen educador".

El propio Rodríguez de la Peña señalaba no hace mucho refiriéndose a este encuentro -en el que él tuvo tan destacado papel- que entre los pontífices romanos que podemos considerar intelectuales destacados en su época cabe nombrar sobre todo tres figuras: Silvestre II (999-1003: el gran matemático Gerberto de Aurillac), Inocencio III (1198-1216: Lotario Segni, autor de influyentes tratados de mística y teología), y Pío II (1458-1464: el célebre humanista y poeta Eneas Silvio Piccolomini).

A estos tres nombres indicaba que era de justicia añadir el de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI (2005-2013), al que en la JMJ de Madrid se dirigió en estos términos: "Vivimos hoy un momento histórico por la significación especial que tiene el hecho singular de que un Papa que ha dejado ya su huella en la historia como un apóstol de la unidad entre Fe y Razón, un apóstol de la divina Sabiduría, se reúna con profesores universitarios precisamente aquí, en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. (…) Vuestras sabias enseñanzas y reflexiones sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad actual, y quisiera resaltar por encima de todos sus históricos discursos en la Universidad de Ratisbona y en los Bernardinos de París sobre el vínculo entre la teología cristiana y las raíces de la cultura de Europa, nos han sido a todos nosotros de gran ayuda de cara a situar en sus justos términos el debate intelectual con los que no creen en el llamado atrio de los gentiles. Y ello, bajo la premisa expuesta por Vuestra Santidad en los Bernardinos: ‘Lo que es la base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura'".

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