Jueves, 21 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Sobre la pornografía


por Pedro Trevijano

Opinión

La pornografía ha sido una realidad en todos los tiempos de la Historia. Pero la revolución digital, en tantas cosas tan positiva, está contribuyendo a un enorme incremento en su difusión con consecuencias ciertamente negativas, como puede corroborar cualquier sacerdote, psicólogo o educador. Recientemente he leído dos libros sobre el tema: Pornografía. Comprender y afrontar el problema, de Peter C. Kleponis, editado en Voz de Papel, que trata expresamente sobre el tema, y La Revolución Sexual Global de Gabriele Kuby, en Didaskalos.

La difusión de pornografía a través de Internet se puede caracterizar por estas tres A: accesibilidad, asequibilidad y anonimato, con consecuencias desastrosas para los individuos y sus familias. Hoy en día, en la Red, la pornografía es fácilmente accesible, incluso gratis, y puede pasar desapercibida para los demás. Ello hace que con frecuencia la pornografía sea la primera enseñanza para muchos de lo que es la sexualidad, con las funestas consecuencias que es fácil suponer al tener una idea tan errada de lo que es y significa la sexualidad. Ver pornografía supone una derrota para nuestra fuerza de voluntad y que nuestros más bajos instintos se enseñoreen cada vez más de nosotros.

La industria pornográfica mueve miles y miles de millones de dólares y es además altamente adictiva. La persona en la imagen se ve reducida a sus órganos y facultades sexuales y de este modo se despersonaliza. Empieza siendo un vicio en el que se cae con una cierta periodicidad, pero se corre un riesgo muy alto de convertirlo en adicción de la que resulta difícil liberarse. En efecto, si el vicio se arraiga más y más, el comportamiento se vuelve compulsivo y esa compulsión termina afectando las diversas esferas de la persona, como su familia, relaciones interpersonales y trabajo, puesto que cada vez se le dedica más tiempo y se buscan imágenes más duras. Es una adicción que cada vez resulta más difícil abandonarla voluntariamente. Con frecuencia la pornografía es una especie de automedicación que realiza el individuo para curarse de sus heridas afectivas, pero con la consecuencia de reforzar su egoísmo y dificultarle el pensar en los demás y comprometerse con ellos, como sucede en tantos matrimonios rotos, donde una de las principales causas de esta ruptura es el consumo compulsivo de pornografía. La vida entera se convierte en una búsqueda de pornografía y de gratificaciones sexuales.

Desde el punto de vista religioso se opone directamente a la Bienaventuranza que dice: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Es indiscutible además que entorpece la relación con Dios y nos aleja de Él, porque en el fondo no deja de ser una variante de la prostitución, de lo que son conscientes muchos de sus usuarios. Es ciertamente pecado y un serio mal moral en el que utilizo a otros como medio de satisfacción de mis instintos con olvido de que la sexualidad ha de vivirse como relación interpersonal responsable frente a los demás, a los que debo tratar como personas y no como objetos.

El primer paso para salir de este problema es reconocer mi falta y confesarla en el sacramento de la Reconciliación para obtener así el perdón de Dios. Cuando alguien en el confesonario se me acusa de haber visto pornografía, le aconsejo, cuando llega la tentación, rezar el “Bendita sea tu pureza”, todas las veces que sea preciso, hasta que la tentación desaparezca. Se trata de pedir ayuda a la Virgen, que es muy poderosa y además no conozco una oración más adecuada para ese momento. Pero como conviene utilizar no sólo medios sobrenaturales, sino también naturales, les pregunto si les agradaría que una persona muy querida suya, sea la protagonista de esas escenas o también, si les gustaría que algún familiar suyo estuviese viendo lo que ellos estaban viendo.

Pero no basta con luchar contra la pornografía, pues la educación, y en ella muy especialmente nuestra dimensión sexual, ha de ser más positiva y estar al servicio del amor. La salida de este problema es esforzarse por alcanzar la madurez sexual y el crecimiento espiritual en la vivencia de un auténtico amor. Para ello hace falta en los casos de adicción compulsiva de un trabajo que apunte directamente a la recomposición psíquico-espiritual de la persona. Para ello hay que contar con la ayuda adecuada de una persona competente para acompañar en el proceso de desintoxicación, y en todo caso ponerse medios concretos para cortar el acceso a la pornografía, sin olvidar la vida espiritual e intelectual y el ejercicio físico.

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