Lunes, 26 de septiembre de 2022

Religión en Libertad

El obispo apóstata

El obispo Rebenius bendiciendo a una familia, de Bartholomeus  Breenbergh.
A finales del siglo XX, un obispo deja su cargo porque ha perdido la fe: el impacto de esa apostasía es el núcleo de la novela 'Marta, Marta', de Enrique Álvarez, que recomienda Juan Manuel de Prada. En la imagen, 'El obispo Rebenius bendiciendo a una familia', de Bartholomeus Breenbergh (detalle, 1650), Museo del Prado.

por Juan Manuel de Prada

Opinión

Acabo de leer una novela magnífica que, a buen seguro, no será celebrada en las tribunas donde se encomia la bazofia sistémica. Se titula Marta, Marta (Ediciones de La Discreta) y la ha escrito Enrique Álvarez, uno de los pocos escritores españoles en activo que todavía se atreve a abordar cuestiones de índole espiritual en sus novelas. El detonante de la acción de Marta, Marta, ambientada en Santander en los estertores del siglo XX, no puede resultar más sugestivo: el obispo de la diócesis anuncia inopinadamente que abandona su ministerio, convencido de que Dios no existe. Sobre esta premisa perturbadora, Álvarez urde una trama coral en la que vuelve a probarse como un superdotado zahorí de almas.

El título de esta apasionante novela teológica en clave realista alude a la suave reconvención que Jesús lanza a la hermana «atareada» de Lázaro (Lc 10, 41-42). En cierto modo, podría afirmarse que Enrique Álvarez también lanza esta suave reconvención a la Iglesia de nuestro tiempo; aunque, desde luego, no lo hace al modo del apologeta, sino al modo del novelista que entiende que el misterio humano está signado por el drama.

Así, por ejemplo, el obispo apóstata no es retratado como un hombre depravado o pérfido, sino como alguien respetado y de fama intachable que no desea seguir representando una pantomima. Y en torno a su apostasía se despliega una apasionante intriga humana que no se enfanga en maniqueísmos grotescos, sino que ilustra las dificultades que se le presentan a la fe en nuestra época. «Se diría -reflexiona uno de los personajes de la novela- que la fe cristiana necesita otro hábitat. Un mundo más pequeño, más sencillo, un mundo antiguo que no existe». La fe en nuestra época, en efecto, se ve obligada a sobrevivir en un hábitat hostil, como le ocurría a Don Quijote en su propósito de restaurar la caballería andante; y todos los personajes de Marta, Marta tienen, a la postre, algo de quijotes en pugna con su tiempo.

Portada de 'Marta, Marta'.

Entre los personajes de Marta, Marta, clérigos o seglares, hay dos que destacan especialmente, delineados con una delicadeza y una matización psicológica admirables. Uno de ellos es Marta Barturen, una monja progre y resabiada dedicada a labores caritativas que acaba desnudando ejemplarmente su verdad más recóndita. El otro es Julián Bedia, vicario de Santander (juraría que inspirado en Osoro, hoy arzobispo de Madrid), un cura conservador y virtuoso, aunque perjudicado por una cierta tentación ‘carrerista’, en quien la apostasía de su obispo provocará una purificación íntima que lo obligará a abandonar su buenismo superficial.

Marta, Marta, en fin, es una novela que desvela un conocimiento sutilísimo de la naturaleza humana y de las misteriosas estrategias que Dios desarrolla para mantenerse presente en las almas de los hombres, en medio de un mundo que parece haberle dado la espalda. Aseguro a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan, sean ateas, creyentes o mediopensionistas, que su lectura no las dejará indiferentes.

Publicado en ABC.

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