Viernes, 18 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Cuando le pones al culto una mordaza


por Angela Pellicciari

Opinión

Mi pasión son los Dolomitas y regreso a ellos todos los años. Entre caminata y caminata, un amigo sacerdote y yo fuimos a misa. Mi amigo entró en la sacristía para pedir concelebrar y la respuesta superó todo lo imaginable: “No, porque no te conozco”. Traducido: "¿Quién me asegura que no estás infectado por el virus?” Tras lo cual, y como había olvidado la mascarilla, se le proporcionó un curioso objeto que prácticamente le tapaba todo el rostro.

Desde hace meses no hago otra cosa que discutir y debatir con amigos y conocidos, porque tengo la impresión de que la liturgia se ha transformado en una especie de “representación bufa” sobre el altar de lo políticamente correcto, transformado en lo religiosamente correcto. Es como si la misión de la Iglesia se hubiese convertido en demostrar al mundo que es fiable, civilizada, respetuosa con la salud de “los demás”. Respetuosa con las normas que el miedo a la muerte ha impuesto para evitar contagios.

Si intentas explicar a alguien la irracionalidad de este comportamiento desde un punto de vista religioso, la única razón que te alegan es la siguiente: debemos obedecer las reglas que han establecido obispos y sacerdotes para este tiempo de pandemia. Todos los que no obedecemos a nadie (no obedecemos ni a las normas de comportamiento moral de la Biblia y el Magisterio, empezando por la apertura a la vida) nos hemos convertido de pronto en los más celosos corifeos de la obediencia.

Un pueblo que ha perdido la fe en la victoria de Cristo sobre la muerte se refugia en el intento de evitar la muerte y la enfermedad obedeciendo a normas higiénicas. La obsesión por la salud evidenciada en todas las celebraciones religiosas muestra que la Biblia tenía razón. Nuestro problema es siempre el mismo: el terror a la muerte que nos hace toda la vida esclavos de Satanás (Heb 2, 14-15).

La obsesión por las mascarillas y por el gel para limpiarnos reiteradamente las manos durante la Eucaristía no hace más que dar la razón a Nietzsche y a Hitler, para quienes el cristianismo es una religión de esclavos e idiotas.

Pero no siempre fue así. Durante tres siglos (e incluso hasta hoy mismo en muchos lugares del mundo) los cristianos fueron torturados y asesinados solo porque se negaban a admitir que su bienestar material dependiese de la fuerza política y cultural de una ciudad, Roma. Solo porque se negaban a algo obvio: a incensar la estatua de César, ese César que personificaba la fortaleza de la ciudad-mundo que otorgaba a todos los ciudadanos enormes privilegios. Los cristianos, sin embargo, se negaron a obedecer esa obviedad. Locos. Asociales.

Hoy los cristianos han aprendido a no ser locos. Han aprendido a convivir con la necesidad de conservar la salud. Han aprendido a vencer a la muerte obedeciendo a la fantasía de sacerdotes y obispos comprometidos en el respeto a las normas higiénicas.

“¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”, escribe Pablo (1 Cor 9, 16). Ay de mí si no anuncio que Dios ha vencido a la muerte por mí. El corazón de este anuncio es la Eucaristía. Tal vez el verdadero problema es la falta de fe. Quizá los mártires romanos tengan algo que enseñarnos.

Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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