Miércoles, 27 de octubre de 2021

Religión en Libertad

Esperando la nueva Creación

Imagen de la Nueva Jerusalén.
Imagen de la Nueva Jerusalén que corresponde a la Nueva Creación.

por Albert Cortina

Opinión

Desde el 1 de septiembre (Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación) hasta el 4 de octubre (fiesta de San Francisco de Asís) los cristianos celebramos el Tiempo de la Creación. Respondemos así a la invitación que nos hace cada año el Papa Francisco, para profundizar en nuestra relación con el Creador, nuestros hermanos y todo lo creado.

Tiempo de la Creación. Un tiempo para alabar al Creador

Con el lema Un tiempo para alabar al Creador, la parroquia de Sant Pere d’Octavià, ubicada en el monasterio de St. Cugat del Vallès -municipio cercano a Barcelona- propone, a través del Grupo Laudato Si´, vivir este Tiempo de la Creación dando gracias a Dios, alabándolo por toda la obra creada, y profundizando en nuestra vocación como protectores de la casa común que es nuestro planeta Tierra.

Recientemente, en el marco de las actividades organizadas por esta dinámica parroquia con ocasión del Tiempo de la Creación 2021, tuvimos la oportunidad de asistir a un interesante diálogo entre la profesora Silvia Albareda (licenciada en Biología, doctora en Teología y directora de Cooperación y Desarrollo Sostenible en la Universidad Internacional de Cataluña) y el rector de dicha parroquia mosén Emili Marlés (licenciado en Ciencias Físicas y doctor en Teología), respecto a lo que implica para la Iglesia del siglo XXI y para los cristianos la conversión ecológica que nos propone el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si’ sobre el cuidado de la casa común publicada el año 2015.

La resurrección de la creación

En un momento del debate surgió la cuestión, poco comentada entre los propios católicos, de la resurrección de la creación y de cómo los cristianos esperamos la Pascua de todo lo creado. Es decir, cómo tras los “dolores de parto” del cosmos, los creyentes tenemos puesta nuestra esperanza en la obra divina de la nueva creación querida desde el inicio de los tiempos por el Creador. “Porque he aquí que yo crearé cielos nuevos y tierra nueva; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento” (Isaías 65,17-66,2).

Partiendo de esta concepción, y en el marco de nuestra acción cotidiana por construir un mundo mejor, los cristianos junto a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, tenemos la ineludible responsabilidad de cuidar el planeta Tierra -que es nuestra casa común- y de ser, junto a los ángeles, los custodios de la creación.

Como bien se expone en el artículo “Resurrección, nueva creación” publicado en Religión en Libertad, “la resurrección de Jesucristo, centro del cristianismo, es el factor último que inicia la nueva creación que esperamos. Con Él todo empieza, todo es nuevo, todo es renovado. La creación del cielo y de la tierra, de todo cuanto existe, de los seres vivientes, es leída, interpretada y recreada por la Pascua del Señor”.

La idea central de nuestra argumentación es que todo lo creado ha sido redimido. Por la Pascua de Jesucristo, han comenzado ya los cielos nuevos y la tierra nueva porque algo creado, la materia, el cuerpo de Jesús, ha entrado ya en la nueva creación y atrae todo hacia Él. Al final de los tiempos, toda la creación será restaurada y recopilada en Cristo.

De este modo, para abordar la Pascua de la creación, debemos pensar teológicamente en la transfiguración, en la resurrección de Jesucristo, en su corporalidad glorificada y en los cielos nuevos y tierra nueva que, en definitiva, resultaran ser la nueva creación.

Tal y como argumenta el teólogo católico Hans Urs Von Balthasar en su libro Tú coronas el año con tu gracia (págs. 86-87), los cristianos creemos que la vida más allá de la muerte no es simplemente la continuación de la vida anterior, ni tampoco algo completamente nuevo, diferente, por ejemplo, una nueva vida en otro planeta o en un universo distinto donde experimentar un nuevo comienzo de vida cósmica y donde ya no seríamos nosotros mismos. Por otra parte, la cosmovisión cristiana nada tiene que ver con la concepción transhumanista de una nueva “trascendencia” en los metaversos y mundos virtuales ficticios donde el ser posthumano alcanzaría la inmortalidad cibernética.

Por el contrario, la espiritualidad cristiana, que es una religión de la encarnación -donde nuestra carne y la materia del universo están ungidas del Espíritu Santo-, plantea que la vida eterna resulta ser “un paso a la eternidad de Dios y, a la vez, plenitud transfigurada de todo aquello que quedó, sin esperanza, inacabado, incompleto en la tierra”.

Tal y como nos sugiere Von Balthasar, esta vida terrenal, maravillosa, única, purificada de todas las impurezas y miserias, es elevada a la vida eterna. En definitiva, resulta una salida a la cárcel cósmica del tiempo, el espacio y la muerte. “Únicamente aquí está la posibilidad de darle anticipadamente un sentido y un resplandor de vida eterna a la vida cotidiana... Nuestras obras, el mundo transformado por nosotros, nos acompañarán sin duda en la eternidad (Ap. 14, 13). La nueva Tierra, que vendrá un día, será tanto la conseguida por el hombre, como, al mismo tiempo, la elevada por Dios a definitiva”.

A mi entender, este es el fundamento de nuestra responsabilidad en el cuidado de la casa común terrenal y en la custodia de la creación, tal y como nos exhorta el Papa Francisco en Laudato Si’.

Teología de la creación y escatología cristiana

En este momento de nuestra reflexión, creo que es conveniente recomendar al lector el magnífico libro del entonces cardenal Joseph Ratzinger titulado Creación y pecado donde el actual Papa emérito dejó constancia escrita de las inquietudes teológicas y pastorales que le ocupaban cuando concibió su contenido en 1981 y cuando, años después, en 1985, lo dio a la imprenta.

Por otro lado, el teólogo Ratzinger, en los Sermones de Cuaresma de 1981 en la Catedral de Múnich recogidos en el citado libro, se propuso desarrollar una catequesis de adultos que contribuyese a reavivar en los creyentes los contenidos y el sentido de la doctrina cristiana sobre la creación.

Y es que en una época como la actual, en la que -como ya señalaba el cardenal Ratzinger en un discurso pronunciado en mayo de 1989 ante los pbispos responsables de las comisiones doctrinales de las diferentes Conferencias Episcopales de Europa- “experimentamos el rebelarse de la creación contra las manipulaciones del hombre y se plantea, como problema central de nuestra responsabilidad ética, la cuestión de los límites y normas de nuestra intervención sobre la creación, es altamente sorprendente que la doctrina de la creación como contenido de la fe haya sido en parte abandonada y sustituida por vagas consideraciones de filosofía existencial”.

Es un factor determinante que el cristianismo se basa en la historicidad de un milagro ocurrido hace dos milenios: el de la resurrección corporal de Jesucristo que supuso su victoria sobre el pecado y la muerte. Sin embargo, con demasiada frecuencia, los cristianos contemporáneos expresan su incertidumbre sobre las implicaciones de la resurrección de Cristo en lo que respecta a la resurrección final en su segunda venida al final de los tiempos.

Monasterio de Sant Cugat del Vallès.

Adoración eucarística de alabanza al Creador en el monasterio de Sant Cugat del Vallès. Foto: Marta Falguera.

Tal vez, la incertidumbre deriva de la confusión que actualmente tienen muchos cristianos, respecto a la idea de encarnación, ya que ven el cuerpo y el espíritu como elementos extraños solo temporalmente vinculados en esta vida terrenal. No obstante, las Sagradas Escrituras siempre hablan en términos de cuerpo y alma, que no es el equivalente a espíritu tal y como era utilizado antiguamente por el pensamiento griego. En la Revelación, no se plantea el alma que se desprende de un cuerpo fallecido (lo que denominamos, un cadáver) como una existencia etérea, pura y fantasmal. No es pues el equivalente a una concepción gnóstica.

El uso en la Biblia del término alma se refiere al hecho de que es una persona creada, no que tiene un espíritu etéreo dentro de un cuerpo físico. Cuando un alma va al cielo, significa que la persona va al cielo. El alma en el cielo es una persona real, aunque sin cuerpo. Dios es quien cambiará nuestros cuerpos de su estado caído para ser cuerpos gloriosos cuando se produzca la resurrección de la carne, una vez concluido el Juicio Final.

Para enmarcar todos estos temas, los católicos deberíamos formarnos mejor en la escatología cristiana que se ocupa de las doctrinas de los últimos tiempos. Dios revela los tiempos finales no para satisfacer nuestra curiosidad, sino para darnos perspectiva y esperanza. Desde la cosmovisión cristiana, la historia es lineal y avanza hacia su culminación en el propósito del Creador. Parte de dicha escatología debe ser nuestra comprensión de la resurrección de los muertos en la segunda venida de Cristo, es decir, en la Parusía y la creación de los nuevos cielos y la tierra nueva. Pensar en el final de los tiempos nos permite concebir mejor nuestra realización actual de la esperanza, al entender que el clímax predestinado del Creador para la historia humana, precisamente es, una historia de Redención y de Salvación en Cristo.

De este modo, nuestra comprensión de las últimas cosas debe situarse en el contexto de nuestra comprensión de la creación y de la providencia del Creador, dada por la revelación de Su voluntad desde el inicio de los tiempos.

El mundo que vemos, tan hermoso como es, no resulta ser el mundo original tal y como Dios lo creó. Como sabemos por los relatos bíblicos, fue maldecido y luego destruido por el Diluvio Universal. Por tanto, lo que vemos es el rebrote sobre el lodo después de aquel periodo de destrucción.

La casa común celestial

Tal y como ya hemos señalado anteriormente, la nueva creación redimida comenzó con la resurrección de Jesucristo, continua a medida que el Espíritu convierte a los hombres y mujeres en nuevas criaturas en Cristo y seguirá durante el milenio, entendido este período como lo hace la tradición patrística. Sin embargo, la nueva creación llegará al clímax con nuestra resurrección corporal (cuerpos gloriosos transfigurados) y con la resurrección del cosmos (cielos nuevos y tierra nueva).

Insistimos, el cielo nuevo no debemos visualizarlo como un mundo etéreo, onírico y muy “espiritualizado”. La eternidad que la Santísima Trinidad tiene reservada para sus Santos está en un lugar muy real, con una existencia muy real. He aquí el misterio que muchas veces nos cuesta entender desde la razón y que los cristianos conocemos a través de la Revelación. Únicamente podemos comprender dicho misterio mediante la fe y la gracia.

El apóstol San Pablo ya anunció que aunque el pecado nos hace muertos, el Espíritu es vida y que al resucitar Cristo, también se “avivarán los cuerpos mortales” (Romanos, 8, 10-11). La plenitud de la obra del Espíritu en nosotros vendrá cuando Él resucite nuestra carne de los muertos. Nuestra carne, entendida como nuestra corporalidad, tendrá una nueva forma material compatible con el hogar celestial (1 Cor. 15, 39-44) que resulta ser, nuestra autentica casa común. Esta victoria final, esta restauración culminante, espera la segunda venida de Cristo cuando la vieja creación física en la que vivimos ahora se derretirá y se transformará en una nueva creación física (2 Pedro 3, 10-14).

Entre tanto, cuando morimos, vamos a lo que llamamos paraíso -que también lo denominamos cielo- que resulta ser un predecesor de lo eterno, de los nuevos cielos y la nueva tierra “preparados como una novia ataviada para su esposo “ (Ap. 21, 2).

De este modo, la santidad que anhelamos como hijos de Dios implica nuestra relación con el Creador, con los demás y con Su mundo dado que el propósito de Dios en el tiempo y en la eternidad involucra a toda Su creación. Nuestro papel, esperando la consumación final de la historia, es la fidelidad a la ley del Creador y Sustentador de todas las cosas.

En este sentido, resuenan muy actuales las palabras de Benedicto XVI cuando afirma que “el hombre es tanto más grande cuanto más crece en él la capacidad de ponerse a la escucha del profundo mensaje de la creación, del mensaje del Creador”.

La Iglesia Católica nos ofrece en este Tiempo de la Creación una magnífica ocasión para avanzar en nuestro camino personal de conversión espiritual, para meditar sobre la Teología del Cuerpo que tan bien desarrolló San Juan Pablo II, para profundizar en el estudio de la Teología de la Creación, así como para contemplar las verdades últimas que nos revela la escatología cristiana sobre la Resurrección y la Pascua en relación a la humanidad y a toda la creación. 

Al mismo tiempo, dicho periodo resulta una oportunidad para renovar nuestro compromiso de actuación en la defensa de la justicia, dignidad y libertad de todos los seres humanos, en la preservación de la condición humana, en la conservación de la naturaleza y de nuestro entorno, en la mejora de la biodiversidad del planeta y en el respeto hacia todos los seres vivientes y sintientes que conviven con nosotros en esta “nueva arca de Noé” o casa común, tal y como le gusta denominarla al Papa Francisco.

En definitiva, la conversión ecológica integral que nos propone Laudato Si’ debería suponer un cambio en nuestro estilo de vida, haciéndonos más sobrios y responsables en el cuidado de Su creación. Con nuestro comportamiento de Hijos de Dios, llenos de sabiduría y amor hacia todas las cosas creadas, podemos contribuir significativamente al bien común, a la construcción de un mundo mejor y a la instauración de la civilización del amor, es decir, al advenimiento de la nueva creación querida desde el inicio de los tiempos por el Creador.

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