Jueves, 23 de mayo de 2024

Religión en Libertad

Iglesias «self service»

Escultura de la Virgen de la Salette, en las proximidades del Santuario, con el llanto de Nuestra Señora por los pecados del mundo.
Escultura de la Virgen de la Salette, en las proximidades del Santuario, con el llanto de Nuestra Señora por los pecados del mundo.

por Marta Pérez-Cameselle

Opinión

“En la Iglesia caben todos” es quizás la frasecita de turno más usada y manoseada por quienes indebidamente “acogen el pecado”; ¡ojo!, no digo a los pecadores, que por supuesto, cabemos todos, pero apercibidos de que ante el pecado sólo cabe la conversión, que presupone el arrepentimiento, la confesión, el propósito de enmienda y la penitencia.

Ahí está precisamente el quid de la cuestión: “La falta de sentido de pecado”, que hoy en día campa a sus anchas. El mal por excelencia de esta época que nos ha tocado vivir, triunfo indiscutible del diablo. Y la principal responsabilidad de esta extendidísima falta de sentido de pecado la tienen no pocos curas, que por desgracia están creciendo en número porque no se corta de raíz el problema (quienes pecan de acción, y quienes pecan de omisión). Hoy presenciamos, lamentablemente, declaraciones y hechos de auténtico desmadre de quienes en la Iglesia universal se supone que deben ser nuestros “pastores” para guiarnos hasta la Patria Celestial, y tanto por parte de sacerdotes, como de obispos, como de cardenales…

La Virgen se apareció en La Salette y en Akita (ambas con aprobación episcopal) con el mismo mensaje acerca de los males internos de la Iglesia: divisiones y apostasía. En La Salette, Francia, fue en 1846, y desde entonces se registran las apariciones de la Virgen más numerosas (se estima aproximadamente el 80% a partir de esa fecha) desde la aparición (o bilocación, algunos plantean que pudiera haber sido en vida) de la Virgen del Pilar.

En La Salette la Virgen se apareció a unos niños llorando, revelando que “los sacerdotes por su mala vida, por sus irreverencias y su impiedad al celebrar los santos misterios […], se han transformado en cloacas de impureza”. Y exclama: “¡Desdicha de los sacerdotes y las personas consagradas a Dios que por sus infidelidades y su mala vida crucifican de nuevo a mi Hijo!”. (Esto es sólo parte de su desgarrador mensaje).

En Akita, Japón, fue entre 1973 y 1975, pasaron casi ciento treinta años, y la Virgen volvía a transmitir enorme desazón por los mismos males: “La obra del demonio infiltrará hasta dentro de la Iglesia de tal manera que se verán cardenales contra cardenales, obispos contra obispos. Los sacerdotes que me veneran serán despreciados y encontrarán oposición de sus compañeros… iglesias y altares maltratados; la Iglesia estará llena de aquellos que aceptan componendas y el demonio presionará a muchos sacerdotes y almas consagradas a dejar el servicio del Señor”. “El demonio será especialmente implacable contra las almas consagradas a Dios. Pensar en la pérdida de tantas almas es la causa de mi tristeza. Si los pecados aumentan en número y gravedad, no habrá ya perdón para ellos”. La imagen venerada de la Virgen de Akita, tallada en madera, tiene la particularidad de que lloraba sangre. Este fenómeno fue analizado científicamente en un laboratorio, y se comprobó que el líquido vertido correspondía a lágrimas y sangre humanas.

El Papa Pablo VI, poco antes de las apariciones de Akita, ya nos advirtió con esa célebre frase: “El humo de Satanás se ha infiltrado en el seno de la Iglesia”. Por otro lado, está el Padre Pío, que le confesó con gran sufrimiento a su director espiritual en carta del 19 de marzo de 1913, pocos años antes de las apariciones de la Virgen en Fátima, el terrible calificativo que pronunció Jesús contra varios altos mandatarios de la Iglesia y multitud de sacerdotes: “Macellai! [¡Carniceros!]". Jesús se le había aparecido “con el rostro desfigurado, asegurándole que se mantendría en agonía por todas esas almas infieles favorecidas por Él… ¡hasta el fin del mundo!” (declaración del conocido exorcista del Vaticano, padre Amorth, a José María Zavala, y recogida en su libro El secreto mejor guardado de Fátima).

Uno de los curas con heterodoxas declaraciones (algunos de ellos sospechosamente promocionados últimamente en medios subvencionados) es un cura redentorista, protagonista del último escándalo. El cura se apunta en alguno de sus vídeos al uso demagógico de “todos tenemos un espacio en la Iglesia”, dicho con autocomplaciente sonrisa y brazos extendidos, porque, según él, respecto a las parejas homosexuales, “a veces no lo hemos entendido bien”. El cura, que ya ha sido denunciado por otros sacerdotes a las autoridades competentes por no respetar con sus múltiples declaraciones públicas el Magisterio de la Iglesia, al que prestó en su día juramento de fidelidad, ha oficiado recientemente una Adoración Eucarística en la capilla de un conocido santuario mariano a propósito de la unión civil de dos homosexuales, puestas sus iniciales delante del altar, para que no hubiera duda de que ambos “coprotagonizaban” la Adoración con el Señor (algún medio ya ha hecho eco del suceso con testimonio gráfico). Dos homosexuales que se casaron previamente por lo civil, y que al día siguiente de la Adoración (supuestamente primera “celebración religiosa” de su enlace) que ofició el cura en cuestión en “honor” a la pareja, protagonizaron el otro escándalo del que ya ha tenido conocimiento el arzobispado de Madrid, y sobre el que éste ya ha declarado que tendrá consecuencias canónicas. La pareja homosexual acudió a una ermita de una finca privada rodeada de invitados en donde realizaron una celebración sui generis con un innegable propósito de simular una unión bendecida por Dios, por aquello del consabido “en la Iglesia caben todos” o similar. No hubo una ceremonia de matrimonio canónico, pero hubo simulación hasta el punto de que los dos hombres sentados frente al altar aparecían unidos por una especie de paño que cubría sus hombros y que se utiliza en el “rito de la velación” para bendecir a los esposos, por el que se pide a Dios por la “santidad” del Matrimonio y la de sus futuros hijos para que como padres sepan transmitirles correctamente la fe. La oración de bendición, si fue hecha como tal en el rito de velación (pero de lo que no hay duda es de que lo simularon) contiene estas palabras referidas al esposo en relación a la esposa: que “la respete y ame siempre como Cristo ama a su Iglesia”. En la Carta de San Pablo a los Efesios aparece claramente ese parangón entre el Amor de Cristo a su esposa, la Iglesia, y el amor que, como reflejo del amor de Cristo, el marido debe profesar a su mujer santificado por el sacramento del matrimonio.

Un subterfugio, según la RAE, supone recurrir a una excusa o pretexto artificioso, que es lo que precisamente han hecho quienes arroparon a estos dos hombres, y que suele hacerse premeditadamente respecto a algo que se sabe que no se debe hacer, pero que por una falsa caridad (el consabido buenismo que hoy prolifera tanto) o tal vez por pura soberbia, se acaba haciendo. En este caso los autores del “ardid” alegan que la ceremonia en la ermita no ha consistido en el rito canónico del matrimonio, y la Adoración en la capilla del Santuario ha sido una, como tantas otras…

A todo esto, cura es el que “cura almas”, y no el que las encarrila para que confirmen su vida de pecado. ¿Qué caridad es esa? La auténtica caridad es la que se enraíza en la verdad, “caritas in veritate”, que Benedicto XVI exponía con tanta lucidez para provecho de los fieles.

Todos tienen cabida en la Iglesia, sí, en la Iglesia que fundó Cristo, luego “es la Iglesia de Cristo” (que a menudo se olvida), como así quedó patente en los Evangelios en tantas ocasiones. “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan” (Lc 5, 31-32). “Tampoco yo te condeno. Vete y de ahora en adelante no peques más” (Jn 8, 11). Esta última parte la ha olvidado por completo este cura, que hace caso omiso a su deber de ser fiel a la Iglesia de Cristo cuando asevera en los medios que “el pecado de la Iglesia ha sido unir sexo y pecado”. Mucha soberbia hay que tener para enmendar a la Santísima Virgen, cuando en Fátima, aparición que cuenta con la máxima aprobación de la Iglesia, confió a Jacinta, una de las videntes, hoy declarada santa, que “los pecados que causan que la mayoría de las almas vayan al infierno son los pecados de la carne”.

La falta de sentido de pecado va de la mano de la dictadura del relativismo, que denunciaba tanto Benedicto XVI, y que marcó su pontificado, siendo ya entonces el eje central de su homilía en la Misa Pro Eligendo Pontifice del 18 de abril de 2005. El mal en el que ambas confluyen está arraigado en la sociedad actual hasta tal punto que parece haberse creado un clima de lo más propicio para que quien persevere en errores contrarios a la Iglesia católica pueda seguir minando impunemente su doctrina desde dentro, y con ello sembrar la confusión. Antaño, quienes se empecinaban en no claudicar de sus errores, “más temprano que tarde” no tenían más remedio que salirse de la Iglesia y fundar su propia secta, y allí despacharse a gusto con su visión personal del Evangelio. Un ejemplo (y sugerencia) para aquellos que pontifican sobre “los pecados de la Iglesia”, ¡ejem! de la Iglesia de Cristo, es cobijarse en el protestantismo, donde han proliferado miles de sectas, entre vigentes y desaparecidas, desde que Lutero elevó a dogma el “libre examen”. Tan libre que virtualmente puede dar lugar a tantas iglesias como personas con un inevitable mensaje de “sírvete a ti mismo”, de grimosas connotaciones...

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