Confieso que he pecado
Desafortunadamente, con frecuencia caemos en la tentación de reducir las enseñanzas de Cristo a ideas buenistas y emotivas.

Como afirmó Chesterton: "El psicoanálisis es la confesión sin la absolución".
Probablemente, el sacramento más olvidado y menos valorado, actualmente entre los católicos, sea la confesión; considerado, por muchos, puramente opcional e incluso innecesario. Esto se debe, en parte, a que vivimos en una sociedad donde varios pecados —como el divorcio, la anticoncepción y las relaciones sexuales fuera del matrimonio— se han vuelto habituales y socialmente aceptados. Aun entre varios católicos que, seducidos por el mundo, han rechazado las enseñanzas perennes de la Iglesia, adaptando su criterio moral, al espíritu del tiempo (zeitgeist).
A esto se aúna el que, rara vez se escucha, desde el púlpito, una clara y profunda predicación sobre la importancia de la confesión, así como del peligro de comulgar en pecado mortal. Adicionalmente, en muchas parroquias las confesiones se realizan solo con cita previa o se han reducido a un par de horas a la semana.
Desafortunadamente, con frecuencia caemos en la tentación de reducir las enseñanzas de Cristo a ideas buenistas y emotivas. De ahí que haya una tendencia de vaciar —de su carácter sobrenatural— el sacramento de la confesión; reduciéndolo a una actividad, de acompañamiento y escucha, cuyo fin es proporcionar alivio emocional a través de la auto aceptación.
Aunque el sacramento de la confesión, generalmente, otorga una paz espiritual que repercute, positivamente, en la salud mental, su finalidad no es: mejorar la autoestima, sanar heridas emocionales, superar traumas, tratar patologías, ni brindar orientación personal. Su propósito es el perdón de los pecados. No hacernos sentir bien, sino hacernos buenos, con la gracia de Dios.
Y, aunque es innegable que, un buen psicólogo o psiquiatra, pueden mejorar la salud mental de las personas que presentan ciertos padecimientos, dichos profesionales no pueden aliviar las enfermedades del alma. Pues, como afirmó Chesterton: "El psicoanálisis es la confesión sin la absolución". Mientras que: "El crimen más abyecto que jamás hayan instigado los demonios se siente más ligero tras la confesión…". Ya que solo el sacerdote puede afirmar: "Vete en paz, tus pecados te son perdonados". Lo cual implica un poder sobrenatural que solo Cristo puede otorgar: "…Y dijo a sus apóstoles: 'Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonareis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retuviereis, quedan retenidos' (Jn 20,22-23)".
A pesar de esto, la confesión es desdeñada pues, si ya no llamamos y reconocemos al pecado por su nombre, ¿cómo podremos arrepentirnos de él? Nadie pide perdón por aquello que considera aceptable, legítimo y hasta bueno. Sin conciencia de pecado no hay arrepentimiento; sin arrepentimiento no hay confesión; y sin confesión el alma se va alejando más y más de Dios dificultando su conversión. Hemos olvidado que: "El justo se levanta, aunque caiga siete veces, los impíos, empero, se pierden en el mal" (Prov 24,16).
Asimismo, existe una creencia generalizada en que, para agradar a Dios, basta con ser una buena persona, a la manera de un mundo que promueve seguir los propios deseos. Sin embargo, Cristo afirmó: "Si alguno quiere seguirme, renúnciese a sí mismo, y lleve su cruz y siga tras de Mí" (Mt 16,24) Y, sin la gracia divina, es imposible tanto agradar como seguir a Cristo —por el bello y santo pero estrecho y cuesta arriba— camino del calvario.
Por ello, es importante seguir el consejo de San Francisco de Sales: "Confiésate devota y humildemente cada ocho días, aunque la conciencia no te acuse de ningún pecado mortal; de esta manera, en la confesión, no sólo recibirás la absolución de los pecados veniales que confieses, sino también una gran fuerza para evitarlos en adelante, una gran luz para saberlos conocer bien y una gracia abundante para reparar todas las pérdidas por ellos ocasionados".
Mediante la confesión Dios, Justo y Misericordioso Juez, está dispuesto a perdonar los peores pecados siempre y cuando: se realice un buen y diligente examen de conciencia; se confiesen, con humildad y honestidad, todos los pecados graves; se muestre verdadero arrepentimiento y, se tenga un firme propósito de enmienda. Además, el pecador debe reparar sus pecados a través de la penitencia y, en cuanto sea posible, remediar el daño que sus faltas pudieron causar a otros.
En la confesión —fuente de verdadera vida— Dios nos libra de nuestros pecados y, además, nos proporciona Su gracia para poder resistir las futuras tentaciones y transformar nuestra vida. Pidamos a Cristo un amor tan grande por Él que nos duela cada pecado cometido, aun el más pequeño, por haberlo ofendido. Confesémonos con la confianza del hijo pródigo que regresa a la casa de un Padre que sabe se encuentra esperándolo con los brazos abiertos.
Y recordemos que, parafraseando a Chesterton: Cuando un católico sale del confesionario, verdaderamente vuelve a adentrarse en esa aurora de sus propios orígenes y puede contemplar el mundo con ojos nuevos. Pues, al librarlo de sus pecados, Dios lo ha rehecho realmente a Su propia imagen y semejanza. La acumulación del tiempo ya no puede infundirle terror. Tal vez tenga el cabello cano y padezca de gota; mas se siente ligero y feliz como un chiquillo. Pues, sabe que la confesión le ha abierto las puertas de la vida eterna.