Los efectos de la cohabitación
Quienes cohabitan tienden a comunicarse y enfrentar los problemas de forma poco sana.
Nuestra sociedad, tan abierta como inmoral, ya no habla de fornicación.
Nuestra sociedad, a partir de la revolución sexual, ha experimentado un proceso, continuo y acelerado, de deterioro moral. Entre todas las instituciones afectadas por este fenómeno, probablemente, ninguna haya sufrido tanto como el matrimonio. Ya que, tanto la normalización de las relaciones sexuales prematrimoniales como el incremento de los divorcios han contribuido a transformar la percepción social del matrimonio. Este, de ser el pilar esencial de la familia, núcleo de la sociedad, ha pasado a ser una opción más.
Actualmente, se estima que la mayoría de las parejas (entre el 50% y el 70%) conviven antes del matrimonio y, dicha tendencia sigue en aumento. (1) De ahí que, sigan disminuyendo el número de matrimonios, aumentando los divorcios y, sobre todo, el número de parejas que deciden convivir sin casarse. Unos, porque no creen en el matrimonio y, otros, porque consideran que la convivencia previa les permitirá conocerse "tal y como son" antes de asumir un compromiso definitivo.
Sin embargo, numerosos estudios afirman que la cohabitación tiene efectos sumamente negativos (2). Las relaciones de convivencia, en general, son frágiles y de duración relativamente corta (alrededor de 5 años). A esto, se suma el que la mayoría de las parejas que pasan el "periodo de prueba" no se casan, ni siquiera si llegan a tener hijos. Pero, además, la convivencia de la pareja fuera del matrimonio aumenta, alrededor de un 50%, las probabilidades de divorcio de las parejas que llegan a casarse. Este riesgo se incrementa si alguno de los dos vivió anteriormente con otra persona.
Por otro lado, varios estudios afirman que la cohabitación, lejos de "empoderar" a la mujer, como pretenden las feministas, deja a la mujer en franca desventaja. (3) Pues, mientras los hombres suelen cohabitar porque es una forma fácil y conveniente de poner a prueba la relación o, simplemente, de posponer, en ocasiones por tiempo indefinido, el compromiso tan temido; las mujeres lo ven como un paso hacia el matrimonio. Además, mientras la convivencia otorga a los hombres casi todas las ventajas del matrimonio y muy pocas responsabilidades; la mujer tiene casi todas las obligaciones del matrimonio sin los derechos y la protección que éste le otorga. De ahí que, la falta de compromiso que encierra la cohabitación haga sentir a la mujer insegura y vulnerable.
Pues una amante no puede exigir lo mismo que una esposa por lo que las mujeres en este tipo de relaciones tienden a guardar silencio ante conductas y situaciones desagradables y, hasta graves, por miedo a perder a su novio.
Asimismo, se ha demostrado que quienes cohabitan tienden a comunicarse y enfrentar los problemas de forma poco sana lo cual, produce varias peleas y discusiones.
De ahí que las mujeres que conviven sin casarse tienen hasta tres veces más probabilidades de sufrir depresión y ansiedad que las mujeres casadas.
A su vez, las parejas que conviven antes del matrimonio muestran: menor satisfacción, menor compromiso y mayor infidelidad y riesgo de violencia que los matrimonios.
Como vemos, la cohabitación, lejos de pavimentar el camino para un buen matrimonio, predispone a los novios a una dolorosa y complicada separación o, al divorcio, en caso de que lleguen a casarse.
Vida
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Nuestra sociedad, tan abierta como inmoral, ya no habla de fornicación pues ha normalizado el que dos novios duerman, viajen y hasta vivan juntos. Algunos hasta con la aprobación e impulso de padres y familiares quienes, con gesto condescendiente, alegan que los tiempos cambian y que es mejor que la pareja se conozca bien antes de casarse.
Pese a ello, la cohabitación es la forma políticamente correcta (mas terriblemente cínica) de decir, vivamos juntos y veamos si funciona (para mí).
Que nuestra sociedad fomente el que, una pareja que dice amarse se ponga a prueba a través en una relación utilitaria e inmoral —en la que los novios tienen relaciones íntimas, como si estuviesen casados, pero están preparados para huir ante los grandes problemas— muestra lo mucho que nos falta la virtud y lo poco que practicamos la caridad.
La cohabitación es una mala imitación del matrimonio pues carece de las cualidades del matrimonio natural: unidad, permanencia, ayuda mutua, procreación y educación de los hijos,
Además, las relaciones sexuales prematrimoniales son contrarias a la ley moral y constituyen un pecado mortal pues, van directamente en contra de los designios de Dios; quien elevó la institución natural del matrimonio, a sacramento.
Y, como cada vez que el hombre se aleja de Dios, el hombre acaba perdiendo, la cohabitación ocasiona: sufrimiento, inseguridad, resentimiento, celos, inestabilidad, depresión, etc. Pero, sobre todo, en la cohabitación se rechaza la gracia del sacramento del matrimonio y, por ello, este tipo de relación es incapaz de satisfacer el anhelo más profundo y noble de los novios, amar y ser amado, verdaderamente.
Recuperemos el matrimonio cristiano, alimentado y sostenido por la gracia de Dios y anclado en la caridad, en el verdadero amor el cual San Pablo describe bellamente en su carta a los corintios: "El amor es paciente; el amor es benigno, sin envidia; el amor no es jactancioso, no se engríe; no hace nada que no sea conveniente, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se regocija en la injusticia, antes se regocija con la verdad; todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta"… (1Cor 13, 4-7) El amor que nunca se acaba. El amor eterno, al que toda persona aspira.
- (2) https://ifstudies.org/blog/premarital-cohabitation-is-still-associated-with- greater-odds-of-divorce