Religión en Libertad

La custodia del Valle desde la humildad cristiana (I)

«La defensa de la Basílica del Valle no puede edificarse sobre el señalamiento continuo de personas concretas ni sobre la simplificación grosera que divide al clero»

El cardenal Cobo, con el recién ordenado Miguel Torres a su derecha, ante el altar de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

El cardenal Cobo, con el recién ordenado Miguel Torres a su derecha, ante el altar de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

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La defensa de lo sagrado exige firmeza. Pero también exige humildad. Y quizá esta segunda virtud sea hoy la más difícil de custodiar, precisamente cuando todos pretenden defender una causa indudablemente justa. Porque la defensa de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos —templo consagrado, lugar de culto, espacio reservado a Dios y a la oración de la Iglesia— no puede convertirse jamás en ocasión para el resentimiento, la descalificación personal o la división entre católicos. Tampoco entre católicos y los que desconocen la densidad y el valor de lo sagrado.

Todos somos Iglesia. Lo son los monjes benedictinos que custodian la Basílica, a quienes les ha correspondido como Iglesia defender su sacralidad, desde el silencio que les caracteriza y los votos que han profesado, siempre en plena comunión con nuestra madre la Iglesia. Lo son los cardenales y obispos, los sacerdotes, los religiosos, los fieles sencillos que rezan cada día por la preservación de aquel lugar santo y también quienes, desde una percepción distinta o desde criterios diversos, afrontan esta cuestión con otros acentos. La Iglesia no pertenece a un grupo concreto, ni a una sensibilidad determinada, ni a quienes creen poseer en exclusiva la rectitud de juicio. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y todos sus hijos comparecen ante Dios necesitados de misericordia.

Conviene recordarlo en un tiempo en el que se ha extendido la tentación de la polarización, de dividir constantemente a las personas entre buenas y malas, fieles e infieles, según sus posicionamientos concretos en cuestiones legítimamente dolorosas y complejas. Pero quien se mire honestamente a sí mismo difícilmente podrá sostener que es un hombre o una mujer intachable. Todos, creyentes y no creyentes, somos hijos del pecado original. Todos arrastramos debilidades, cegueras, errores de juicio, miserias morales y límites humanos. Y precisamente por eso todos necesitamos la gracia de Dios, la paciencia del prójimo y la inmensa compasión de Cristo, que derramó su sangre por todos, no solo por quienes creen tener razón.

Cuando el Evangelio habla del trigo y la cizaña, no lo hace únicamente para advertir sobre el mal presente en el mundo, sino también para prevenir contra la soberbia espiritual de quien se erige en juez absoluto de los demás. Hay una cizaña particularmente dañina en la vida eclesial: la falta de caridad hacia el hermano que yerra o al que se considera equivocado. Porque no es propio de un buen hijo de la Iglesia convertir los errores ajenos en espectáculo público, ni atribuir intenciones perversas allí donde quizá existan únicamente limitaciones humanas, apreciaciones deficientes o decisiones discutibles.

La defensa de la Basílica del Valle no puede edificarse sobre el señalamiento continuo de personas concretas ni sobre la simplificación grosera que divide al clero y a los fieles entre “buenos” y “malos” según su modo de afrontar esta cuestión. Ese camino no conduce a la verdad ni fortalece la causa que se pretende defender. Porque la santidad de la casa de Dios está siendo defendida por la Iglesia entera: por los monjes a quienes la Iglesia confía la custodia del templo; por la jerarquía eclesiástica y los sacerdotes que preservan diariamente lo sagrado en sus diócesis y parroquias; por multitud de fieles que ofrecen sacrificios y oraciones; y también por muchos que, sin ocupar posiciones visibles, creyentes y no creyentes, trabajan discretamente para evitar que una basílica católica sea sometida a usos incompatibles con su naturaleza sagrada. Todos, con mayor o menor acierto desde el punto de vista prudencial, movidos por el celo hacia aquello que pertenece a Dios y por el profundo respeto que suscita el misterio de lo sagrado.

Unos podrán equivocarse en determinados planteamientos de orden prudencial. Otros quizá incurran en errores de percepción o de estrategia. Pero sería profundamente injusto concluir por ello que no aman sinceramente a la Iglesia o que no desean preservar, cada uno desde su propia conciencia y realidad, el bien de lo sagrado y la belleza del misterio que encierra. La corrección fraterna forma parte de la tradición cristiana y, cuando resulta necesaria, debe ejercerse con claridad y fortaleza. Pero la corrección fraterna no es humillación pública, ni sospecha sistemática, ni juicio temerario sobre las intenciones del prójimo.

Precisamente desde esa convicción cristiana sobre la verdad, la caridad y el modo en que deben defenderse las cosas de Dios, conviene seguir profundizando en lo que verdaderamente está en juego en el Valle de los Caídos.

Mercedes Montoro Zulueta

Madre de un monje benedictino

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