Ecología inhumana
Los movimientos ecologistas actúan como imposición del poder interesado sobre la ciencia desinteresada, que en buena medida los desmiente.
La manipulación interesada de los datos geológicos y biológicos fomenta una visión deformada sobre la situación de la Tierra y su futuro.
Uno de los movimientos sociales y políticos de mayor influencia en la actualidad es el ecologismo. Éste surgió en la década de los 60 en los Estados Unidos apoyado de diversas obras que marcaron un hito en el desarrollo de la revolución ecológica.
- Entre ellas destaca Primavera silenciosa [Silent Spring, 1962] de la bióloga y ambientalista Rachel Carson, quien advirtió que el uso indiscriminado de pesticidas estaba causando daños tan profundos en los ecosistemas que dejaríamos de escuchar el canto de los pájaros.
- Y el exitoso libro: La bomba demográfica [The Population Bomb, 1968] de Paul Ehrlich, biólogo y profesor de la Universidad de Stanford que expandió, como un moderno Malthus, el mito de la sobrepoblación como causa principal de la pobreza, la contaminación, las enfermedades, la desnutrición y todo tipo de males. Al grado que afirmó: “En la década de 1970, el mundo sufrirá hambrunas y cientos de millones de personas morirán de hambre”.
Estas y otras similares teorías que profetizaban el fin del mundo fueron propagadas y utilizadas por importantes políticos sin comprobar su veracidad.
- Así, en 1968, el ambientalista Morton Hilbert, junto con el servicio de salud pública de Estados Unidos, organizó el Simposio de Ecología Humana, dirigido a estudiantes de bachillerato y a universitarios.
- En 1969, el infame activista y agitador comunitario Saul Alinsky lanzó su campaña contra la contaminación [Campaign Against Pollution]. Sus tácticas, centradas en perturbar la “estructura de poder” con métodos disruptivos, sentaron las bases del activismo ambiental violento.
- Un año más tarde, el 22 abril de 1970, junto con una proclamación federal del senador estadounidense Gaylord Nelson, se celebraba el primer Día de la Tierra, en el cual participaron 20 millones de americanos.
A esto se sumó la creación, ese mismo año, de la Agencia de Protección Ambiental [EPA, Environmental Protection Agency] por la administración del presidente Nixon. Surgió así el movimiento ambientalista que, impulsado por diversas instituciones y organizaciones de relevancia, posicionó el cuidado del medio ambiente como una preocupación central para amplios sectores de la sociedad.
A partir de entonces, vivimos amenazados por el “eminente peligro” que representa la crisis ambiental. Esto, a pesar de que las apocalípticas profecías de los “científicos ambientalistas” se han probado erróneas una y otra vez. De ahí que sus hipótesis, modificadas continuamente, se respalden bajo el denominado cambio climático, pues este maleable término da cabida a todo tipo de fenómenos naturales que, manipulados, contribuyen a alimentar el mito del caos ecológico.
Precisamente debido a la falta de objetividad de varios ambientalistas que, al tiempo que promueven un extremado alarmismo, rechazan todo escrutinio científico, varios científicos reconocidos han impugnado públicamente el movimiento ecologista.
- Una de las voces disidentes más destacadas es la de Murray Bookchin, escritor político y pionero del movimiento ambiental, quien en su obra: El mito de la población [The population myth] afirma: “Visto desde la distancia de dos décadas más tarde, las predicciones hechas por los neomaltusianos parecen casi insanamente ridículas”. No solo no hay una sobrepoblación, sino que tampoco nos hemos quedado sin petróleo, alimentos ni recursos materiales.
- A su vez, Patrick Moore, cofundador de Greenpeace, abandonó dicha organización debido a que “el movimiento ambiental ha abandonado la ciencia y la lógica en favor de la emoción y el sensacionalismo”.
- Y, más recientemente, Michael Shellenberger, ex héroe del movimiento ecologista, ha desmentido muchos de los dogmas ecologistas en su libro titulado: Apocalipsis nunca: por qué el alarmismo medioambiental nos perjudica a todos [Apocalypse Never: Why Environmental Alarmism Hurts Us All]. El libro expone que el cambio climático es un problema manejable, no una amenaza existencial y, que el alarmismo ambiental, además de ser un engaño, obstaculiza el progreso y daña el medio ambiente que dice proteger.
A pesar de que las catastróficas predicciones de los activistas ecológicos no se han cumplido y de que no pocos científicos han alzado la voz en contra dicha ideología, ésta sigue gozando de una inaudita credibilidad gracias al apoyo de importantes instituciones, organismos y líderes internacionales. A tal grado que son muchos los que creen (y algunos de ellos con fanatismo irracional) que el planeta se acabará si no reconocemos “los derechos de la tierra”.
De ahí que, actualmente, el movimiento ecológico haya sido elevado a dogma infalible bajo la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible. Ésta pretende transformar de manera drástica nuestro estilo de vida, anular nuestros derechos fundamentales y destruir los mismos cimientos de nuestra sociedad. Todo, en nombre de salvar el planeta al dar “voz a una tierra que gime y sufre” bajo la opresión del hombre depredador que amenaza con destruirla.
Como lo advirtió el ex ambientalista Murray Bookchin: “Estamos adquiriendo ciertos malos hábitos intelectuales y nos estamos volviendo creyentes de esta nueva religiosidad pagana y primitiva”.
En efecto, la ideología ambientalista se ha transformado en una religión sincrética y universal que endiosa a la naturaleza, humaniza a los animales y acaba, en consecuencia, no sólo animalizando al hombre sino viéndolo como un intruso que daña, con su sola presencia, a la sufriente “madre tierra”, a la cual endiosa al grado de pretender que sea el hombre el que se someta a la naturaleza, no la naturaleza al hombre.
Si bien nadie en su sano juicio niega el uso racional que el ser humano debe hacer de la naturaleza que Dios dispuso a nuestro cuidado, es importante resaltar que la agenda ecologista es profundamente anticristiana y por lo mismo inhumana. De ahí que, desde sus orígenes a la fecha, se mueve no por el deseo de cuidar y proteger a la naturaleza sino por un odio feroz al ser humano.
En consecuencia, la agenda ecologista promueve la anticoncepción (incluyendo las esterilizaciones masivas, en ocasiones involuntarias), el aborto, la tan perversa como estéril ideología de género y la eutanasia.
No elevemos a dogma una ideología que varias veces se ha demostrado errónea. El mayor problema que enfrenta actualmente nuestra sociedad no es el cambio climático, sino nuestra abierta rebelión a los mandamientos de Dios e incluso a la ley natural. Por ello, lo que el mundo realmente necesita es la conversión del corazón, no la conversión ecológica.
Recordemos que nuestro verdadero hogar es el cielo y enfoquemos nuestros esfuerzos en llegar a él. Busquemos primero el reino de Dios y lo demás (incluso el cuidado por la naturaleza) se dará por añadidura.