Elogio a la Biblia: dejemos que Dios nos hable
Incluso quienes van a misa o escuchan el Evangelio con frecuencia solo alcanzan a conocer una parte pequeña de las Escrituras.
La lectura de la Biblia es una fuente primordial de paz para el cristiano, por ser Palabra de Dios.
Invertimos energía en la distracción superficial de las redes sociales, las series de TV, y los videojuegos que nos absorben horas de nuestra vida. ¿Qué pasaría si ayunáramos un poco de lo banal y así nos acercáramos a la Biblia?
Para muchos católicos la Biblia es un libro más de los que no leemos y que junta polvo.
Entre otras cosas, porque ya casi no se leen libros. Pero la Biblia no muerde: “No solo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh” Dt 8,3. La Palabra de Dios da vida, no es letra muerta, sino que en ella Dios sale amorosamente al encuentro de sus hijos, para conversar con ellos.
Hay gente que piensa que como va a misa los domingos, escucha el evangelio diariamente, y reza la Liturgia de las Horas -lo que está muy bien- conoce la Biblia: pero no se llega a cubrir ni el 30% de la Biblia.
¿Qué ocurriría si la Biblia fuera apasionante pero no lo has descubierto aún? Pero además, ¿eres cristiano y quieres amar a Cristo? ¿Cómo lo vas a hacer si no lo conoces?
Para los muchos católicos que se sienten lejos de Dios y les parece que Dios no les habla, les repito que Dios sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos, cuando saboreamos los textos inspirados de la Biblia: “Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié.” Is 55,10-11.
Aunque la escribieron seres humanos, son textos inspirados por Dios. El canon bíblico de la Iglesia Católica, definido en el Concilio de Roma del año 382, reconoce 73 libros sagrados como parte de la Sagrada Escritura. Comprende 46 escritos para el Antiguo Testamento, y 27 para el Nuevo Testamento.
En algunas confesiones cristianas no se consideran estos escritos: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, 1 Macabeos y 2 Macabeos, y partes de Ester y Daniel. Pero para los católicos todos ellos tienen la misma jerarquía y valor de texto inspirado, y realmente tienen pasajes de una fuerza y belleza sin igual, como el Cántico de los tres jóvenes Dn 3,51-99.
A través de todas las palabras de la Biblia, Dios dice una sola Palabra, su Verbo viviente único, que resuena en la boca de todos los escritores sagrados. Hay una unidad en toda la Biblia, por la unidad del designio de Dios, del que Jesucristo es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua. Todas las verdades de fe de los textos sagrados tienen una cohesión entre sí y en el proyecto total de la Revelación.
Lo que sí no es texto inspirado son los títulos que las distintas ediciones le agregan al texto sagrado, para encontrar más fácilmente algunos pasajes, como “El buen samaritano”. El
problema es que estos títulos pueden inducir a error, porque a veces se incluyen juicios de valor del editor que son cuestionables.
Otra cosa no inspirada es la numeración en capítulos y versículos, que se introdujeron en los siglos XIII y XVI. Aunque el objetivo fue la localización de pasajes de la Biblia, también se puede inducir a error, porque se puede interpretar, por ejemplo que un cambio de capítulo indica un cambio de tema. El caso más paradigmático es el final del capítulo 11 y el comienzo del 12 del libro del Apocalipsis, que en realidad tienen una continuidad manifiesta.
Un detalle adicional son las traducciones, que a veces hacen que se pierda el sentido del texto, como por ejemplo cuando se traduce en boca de Jesucristo “Soy yo” en vez de “Yo soy” Ex 3,14, con lo que está diciendo que Él es Dios; y también cuando se traducen unidades de medida lo que hace que la cifra traducida no diga nada, como ejemplo tenemos el Arca de la Alianza que tenía que ir 2000 codos delante del pueblo en el cruce del Jordán Jos 3,4, y varias traducciones traducen 900 metros.
Aunque hay otras confesiones cristianas que hablan de Sola scriptura, afirmando que la Biblia es la única fuente de autoridad suprema, esto no es lo que afirma la propia Biblia ni la Iglesia Católica. Para empezar, la Biblia nos dice que no puede interpretarse por cuenta propia como a mí me dé la gana, ya que debo compartir el mensaje de Jesucristo, que es un tesoro que debo amar y defender, no el mío: “Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios.” 2 P 1,20-21.
Y el motivo es que hay cosas difíciles de entender, que se pueden interpretar torcidamente: “La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia perdición.” 2P 3,15-16.
Aunque los libros sagrados enseñan la verdad sólidamente, fielmente, y sin error para nuestra salvación eterna, debemos recordar que la Iglesia es el fundamento de la verdad:
“Te escribo estas cosas con la esperanza de ir pronto donde ti; pero si tardo, para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.” 1Tim 3,14-15. La Iglesia recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la Palabra de Dios. Por eso la Iglesia Católica afirma que hay que leer la Biblia en la Tradición viva de toda la Iglesia: Biblia y Tradición van juntas (y un buen resumen de la Tradición es el Catecismo de la Iglesia Católica).
No debemos prescindir del Antiguo o Primer Testamento, ya que sus libros dan testimonio de toda la divina pedagogía del amor salvífico de Dios, y contienen enseñanzas sublimes de Dios, tesoros de oración, y esconden el misterio de nuestra salvación.
En cuanto al Nuevo Testamento, sus escritos nos ofrecen la verdad definitiva de la Revelación divina, siendo su objeto central Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, sus obras, enseñanzas, pasión, y glorificación, así como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo.
Los 4 Evangelios son el corazón de todas las Escrituras, por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador. En el Imperio Romano de la época, Evangelio significaba la buena noticia de la llegada de un reino, y Reino de Dios o Reino de los Cielos se menciona más de 100 veces en los 4 Evangelios, esa es la buena noticia: que nuestro Rey y Señor instauró su Reino de Amor Salvífico entre los hombres!
Las obras de Dios en la Antigua Alianza son una prefiguración de lo que Dios realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo encarnado, por lo que el Antiguo Testamento debe leerse a la luz de Cristo muerto y resucitado, donde las sagradas escrituras adquieren nueva fuerza. Esto lo utilizó el mismo Jesucristo cuando acompañó a los discípulos de Emaús, abatidos porque a Jesús el Nazareno, un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo, fue condenado a muerte y crucificado por sus sumos sacerdotes y magistrados. Pero Jesucristo retomando las profecías les dijo:
“«¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras... Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»” Lc 24,25-27 32.
Veamos a continuación -a modo de ejemplo- tres vinculaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, en pasajes muy conocidos, los que adquieren una gran fuerza.
“Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»... Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.” Mt 2,1-12
Este conocido y llamativo pasaje de la estrella y el Rey de los judíos, en realidad está profetizado en otro libro sagrado: “Entonó su trova y dijo:
«Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del varón clarividente. Oráculo del que escucha los dichos de Dios, del que conoce la ciencia del Altísimo; del que ve lo que le hace ver el Todopoderoso, del que obtiene la respuesta, y se le abren los ojos. Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel.” Nm 24,15-17.
Y también los regalos que traían los magos: “Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahveh.” Is 60,6.
El profeta Daniel profetiza este Reino de Dios: “En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo.
Pulverizará y aniquilará a todos estos reinos, y él subsistirá eternamente: tal como has visto desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, la piedra que redujo a polvo el
hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro.” 2,44-45. Leyendo el Antiguo Testamento se entiende el título que se da a sí mismo Jesucristo de Hijo del hombre (Mc 14,62): “Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.” Dn 7,13-14 y Jesucristo también menciona al rey David al hablar del Mesías, su Señor (Mt 22,44):
“Oráculo de Yahveh a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies.” Sal 110,1.
Los relatos de Jesucristo caminando sobre las aguas Mt 14,22-33, Mc 6,45-52 y Jn 6,16-21, adquieren otra fuerza cuando vemos que es sólo Dios el que camina sobre las crestas del mar: “Él solo extiende los cielos y camina sobre las crestas del mar” Job 9,8.
La letra con su sentido literal enseña los hechos al leerse con atención y respeto para entender el texto sagrado.
Es bueno también meditar el texto, qué nos dice Dios en el Misterio contemplado y cuál es su significación en Cristo y en su significación eterna.
Orar qué es lo que ha despertado en mi corazón. Y ver a qué obrar justo nos conducen las enseñanzas del texto. Aunque conozcamos un pasaje de memoria, una relectura del mismo puede decirnos nuevas cosas y asombrarnos nuevamente.
Cuando saboreamos la Biblia con la ayuda del Espíritu Santo, aumenta nuestro amor filial de hijos con Dios Padre porque vemos su amor inconmensurable en toda la historia de la salvación, que espera ser correspondido. Su Palabra es como una gota de agua que ablanda nuestro corazón de piedra, porque fuimos creados para amar: "Dame, hijo mío, tu corazón" Pr 23,26.
Hay infinidad de formas de salir de la inercia del mundo para introducirse en la Biblia:
- sumarme a algún grupo de Biblia de mi Parroquia;
- con el mismo grupo que se reza el Rosario, también plantearse reuniones para leer la Biblia;
- ponerse el desafío de profundizar en un solo libro sagrado (por ejemplo Hebreos) o en un aspecto de la vida de Jesucristo (el Sermón de la Montaña, su Pasión);
- buscar explicaciones a algo que nos cuestiona (me acuerdo cuando en una época me preguntaba por qué Lázaro -el amigo de Jesucristo- no estuvo en su Crucifixión), etc.
¡Que su Palabra reine en nuestros corazones y los encienda de amor por Él y por nuestros hermanos!