Religión en Libertad

La gran falla educativa

Chesterton señaló con precisión, hace un siglo, muchos de los males que se aprecian hoy en las aulas... aunque convertidos en sistema.

Las aulas modernas transmiten el mismo mal que muchas de las aulas antiguas: la pérdida de toda referencia.2y.kang / Unsplash

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En las últimas décadas, el acceso a la educación se ha extendido, en Occidente, hasta volverse prácticamente universal. Con lo cual la gran mayoría de los niños y jóvenes dedica varios años de su vida a obtener una educación formal bajo la guía de distintos maestros. 

Paradójicamente, nunca en el mundo había imperado, como actualmente, la mala educación. Pues, desafortunadamente, muchos han sido educados de manera equivocada. Ya que la mayoría de la educación que hoy se imparte, en lugar de promover el conocimiento, la búsqueda y el amor por la verdad, indoctrina a los estudiantes con ideologías mediocres y erróneas, cuando no francamente perversas

Y, parafraseando a Chesterton (Lo que está mal en el mundo) esta es la tragedia de todo el asunto: que los estudiantes lo aprenden todo al revés, aprenden incluso que lo que está bien es lo que está mal y, viceversa.

Por siglos, la educación tuvo como objetivo formar hombres y mujeres de bien, es decir, íntegros. Mas, actualmente, se educa a los niños y jóvenes para que sean los ciudadanos y profesionistas que nuestro mundo materialista, hedonista y acomodaticio necesita. Por lo que los esfuerzos tanto de padres e institutos se abocan a proporcionar toda clase de “ventajas competitivas” (clases extracurriculares, profesores de apoyo, tutorías especializadas, terapias, etc.) al tiempo que se descuida la formación espiritual y aun intelectual de los jóvenes. De ahí que, muchos de quienes ostentan un título universitario sean, en realidad, “analfabetos funcionales” que suman, a su limitada comprensión lectora y escasa cultura general, su carencia de las más elementales normas de cortesía.

Pues el sistema educativo actual adiestra, no educa; condiciona, no forma; intimida y coacciona, no transmite y guía. Pues tiene como objetivo convertir a los estudiantes en funcionarios “funcionales” al sistema imperante. Bien lo advirtió Chesterton, la educación es tradición, y la tradición (como su nombre indica) puede, dependiendo de lo que enseñe, ser una traición.

Así, como señalase Chesterton, muchas escuelas presumen de tener las últimas ideas en educación, cuando en realidad no tienen ni la primera idea, pues la primera idea es que incluso la inocencia, por divina que sea, puede aprender algo de la experiencia. Sin embargo, la “nueva educación” sustituye los conocimientos y los métodos transmitidos por varias generaciones por “novedosos” caprichos, experimentos e ideologías contrarias a la verdad que, además, no pocas veces, se imponen a escondidas, cuando no en contra, de los mismos padres. Pues, como señalase sagazmente Chesterton: 

  • “La educación moderna significa imponer las costumbres de la minoría y desarraigar las costumbres de la mayoría”. 

De ahí que, actualmente, el sistema educativo prohíbe e impone a los estudiantes muchas más cosas que antaño.

Ya que, aun cuando el sistema afirma que imparte una educación neutral, la realidad es que toda educación, sea ésta buena o mala, parte de un principio rector, de una determinada idea o teoría. Por ello, donde se rechaza la Verdad de la revelación divina como una rama genuina de conocimiento, se impone la más abyecta ideología

Como afirma Chesterton, es curioso que la gente hable de separar el dogma de la educación. El dogma es en realidad lo único que no puede separarse de la educación. El educador decide lo que debe ser desarrollado en el niño y lo que no. Puesto que: 

  • “Esa es la eterna educación, estar seguro de que algo es lo bastante seguro como para atrevernos a decírselo a un niño. Un profesor que no es dogmático es simplemente un maestro que no enseña. Y su única excusa es, por supuesto, que sus modernas filosofías están tan a medio cocer y son tan hipotéticas que no pueden convencerse a sí mismos lo bastante como para convencer a un bebé recién nacido”.

Desafortunadamente, las escuelas privadas se han hecho copias caras y sofisticadas de las públicas, y aun varias escuelas católicas, para hacerse “más atractivas”, han cambiado su lenguaje y, lamentablemente, también su filosofía. Por ello han adoptado no solo los métodos sino también varias de las ideas actuales, a fin de no ser calificadas de intolerantes o poco inclusivas. 

De ahí que ya no hablen de virtudes, sino de valores; ya no lean a los clásicos, sino los best sellers; ya no formen, sino que entrenen y capaciten; no desarrollen el amor a la verdad, sino al éxito profesional. 

Y, aun así, cada vez más graduados tienen problemas para encontrar un empleo decentemente remunerado.

A través de todo este caos, como nos recuerda Chesterton, la auténtica tarea de la cultura hoy día no es una tarea de expansión, sino muy decididamente de selección y también de rechazo

  • “El educador debe encontrar un credo y transmitirlo. De toda esta cantidad de teorías, se debe seleccionar una sola; entre todas esas voces tronantes hay que tratar de oír una sola voz; en toda esta horrible y dolorosa batalla de luces cegadoras, sin una sombra que les dé forma, hay que tratar de encontrar un camino y localizar una estrella”. 

Y la estrella capaz de alumbrar a los estudiantes, en medio de tanta oscuridad ideológica, es la educación verdaderamente católica. Esa consagrada a la verdad, iluminada por la fe y guiada por la razón. No en balde la Iglesia posee la tradición intelectual más vasta e inmemorial y, también, la más noble y elevada. De ahí que haya albergado en sus universidades y escuelas no solo a las mentes más brillantes sino a las almas más santas del mundo.

Por ello, la educación católica no debe sacrificar su esencia en busca del aplauso del mundo, pues con ello pierde no solo su fuerza moral sino también la excelencia intelectual que la ha caracterizado. Ya que la escuela católica cultiva tanto la mente como el espíritu, forma no solo en la eficiencia sino en la virtud, refrena el temperamento y moldea el carácter, desarrolla la inteligencia y guía la razón, promueve la justicia y el aprecio por la belleza. 

Así, la educación católica abre al mundo, pero sin perder de vista el cielo. Pues el objetivo de educar es transmitir conocimiento y, no hay un conocimiento más importante que aquel que nos conduce a la vida eterna. Como afirmase Santa Teresa: “El que se salva sabe y el que no, no sabe nada”.

Y además, parafraseando Chesterton, existe una verdad integral de las cosas y, al conocerla y proclamarla, hallamos la felicidad.

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