La vocación: nuestro papel en la Redención, también en la política
Hablar con sabiduría y prudencia implica confesar la propia iniquidad, agradecer y alabar a Dios y hablar palabras de edificación.
Contemplar la convivencia humana para servirla desde la verdad y el bien: ésa es la perspectiva vocacional de un cristiano.
Vivimos compartiendo creencias y comentarios, no precisamente positivos, sobre nuestros políticos, que se ven reforzados con los últimos acontecimientos en la política internacional.
Los políticos no nos llegan de otra galaxia, son parte de la ciudadanía y la reflejan. Lamentablemente, algunos han entrado en la historia por unas conductas tan reprobables que nos llevan a pensar que deben padecer algún trastorno mental tan severo que tildamos de locura. Pero no es un diagnóstico acertado en la mayoría de los casos; con frecuencia estamos llamando locura a rasgos de personalidad disfuncionales que se consolidan en una grave alteración de la interacción del sujeto con el mundo.
En el espectro de estas alteraciones, algunas de ellas se distinguen por una asombrosa capacidad manipulativa que, como ocurre en cualquier otro trastorno, se expresará según la inteligencia del sujeto.
Algunos de estos trastornos también se distinguen por una frialdad emocional hacia el daño que ocasionan y así, con cierta frecuencia, nos podemos encontrar que la persona que ejerce la alta responsabilidad de la política sea un manipulador, que trabaje activamente para el mal, con escasa o nula resonancia emocional del daño que ocasiona y que además, sea inteligente.
Realmente, es más fácil deponer de una responsabilidad a un loco, lo cual sería fácilmente demostrable, que a este tipo de sujetos.
Ante esta situación, se impone la reflexión sobre ese otro tipo de persona, también perteneciente a nuestra sociedad, que es la persona justa y con valores. En la tradición judía, para indicar que un hombre es como Dios quiere, se le denomina el "justo", siendo éste el mayor elogio que se le podía hacer a una persona al considerarla íntegra, alguien que siempre hace lo que Dios le pide y lo que es mejor para los demás.
Lamentablemente, por la conciencia general compartida de que la persona justa con vocación política sería un blanco fácil y no aguantaría la presión a qué sería sometida, estas personas tan necesarias para nuestra sociedad terminan no sintiéndose interpeladas para poner sus valores al servicio de esta vocación.
Por ello, es una urgencia que vosotros, queridos jóvenes, que estáis llamados a ser signo de contradicción, a ser el "grito de conciencia" que inquieta al publicano y lo hace capaz de la verdad y del amor, sabiendo que Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir lo fuerte, aceptéis el reto si esa fuese vuestra vocación.
Acabamos de conmemorar el enfrentamiento entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal, y ya conocemos el alto precio que pagó Jesucristo por decir la verdad. Cuando defenderla os complique la vida también a vosotros, recordad que nuestro peor enemigo sigue siendo la soberbia. Acordaos de la humildad de Cristo cuando recibe una bofetada, pedid a Dios que os conceda la gracia de aprender a acusaros a vosotros mismos, de ser capaces de avergonzaros y de pedir misericordia para poder ser misericordiosos con los demás, como nos decía el Papa Francisco.
También San Bernardo nos manifestaba que en estas tres cosas se conocerá que tu boca está llena en abundancia de sabiduría o de prudencia: si confiesas de palabra tu propia iniquidad, si de tu boca sale la acción de gracias y la alabanza, y si de ella salen también palabras de edificación. Recordad el valor de la humildad en palabras de San Agustín:
- "Es tanta la utilidad del abajamiento humano, que incluso lo recomendó con su ejemplo la sublimidad divina, porque el hombre soberbio perecería para siempre, si el Dios humilde no lo hubiese hallado".
Se trata de buscar el Reino de Dios y su justicia, y de esta manera nadie podrá robaros vuestra paz.
La sociedad necesita con urgencia de estos hombres y mujeres.