Salir al paso de Jesús Nazareno en los pobres y los que sufren
En el Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía y del mandato de la caridad fraterna, evocamos un poema de Gabriela Mistral.
Imagen de Jesús Nazareno de la parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza en Marinaleda (Sevilla).
Gabriela Mistral (Premio Nobel de Literatura en 1945), en el diálogo de su poesía con el imaginero, le detalla su deseo:
- "Necesito una imagen / de Jesús El Galileo, / que refleje su fracaso / intentando un mundo nuevo, / que conmueva las conciencias / y cambie los pensamientos, / yo no la quiero encerrada / en iglesias y conventos [...]. / Quiero una imagen viva / de un Jesús Hombre sufriendo, / que ilumine a quien la mire / el corazón y el cerebro".
Y el imaginero le responde:
- "Perdóneme si le digo [...] / que aquí no hallará seguro / la imagen del Nazareno".
Y la invita a buscarla donde la puede encontrar:
- "Vaya a buscarla en las calles, / entre las gentes sin techo, / en hospicios y hospitales / donde haya gente muriendo; / en los centros de acogida / en que abandonan a viejos, / en el pueblo marginado, / entre los niños hambrientos, / en mujeres maltratadas, / en personas sin empleo. / Pero la imagen de Cristo / no la busque en los museos, / no la busque en las estatuas, / en los altares y templos; / ni siga en las procesiones / los pasos del Nazareno, / no la busque de madera, / de bronce de piedra o yeso, / ¡mejor busque entre los pobres / su imagen de carne y hueso!".
El poema expresa la necesidad de reconocer a Cristo en los pobres y en los que sufren, no un rechazo a las imágenes, a las procesiones o a una espiritualidad interior.
Un poema inspirado por una profunda sensibilidad humana, y quizá también por una reacción, movida por ésta, ante la incoherencia, ante la falta de compromiso real con los que sufren, ante el fariseísmo que se conmueve al contemplar las bellísimas imágenes creadas por el arte magistral de los más grandes imagineros, o ante la emoción interior en que sumerje la conmoción sensible y espiritual fruto de las experiencias religiosas emotivas o las prácticas externas o internas de piedad... pero olvida, como denuncia tantas veces el Señor en el Antiguo Testamento y Jesucristo en el Nuevo, la compasión y la misericordia.
Se trata de no buscarlo sólo en las imágenes, las iglesias, en la oración... y olvidarlo en los que sufren. Lo católico no es lo uno sin lo otro, sino lo uno y lo otro.
Toda la historia de la Iglesia desde sus orígenes está jalonada por la caridad cristiana como expresión de nuestro amor a Cristo sufriente en los que sufren.
Y sin embargo, como católicos, tenemos a menudo el déficit de reconocerlo y asistirlo en los que sufren. Nos resulta más fácil sentirnos impactados o conmovidos por la necesidad ajena, nos admiramos de quien se implica, o lo ayudamos económicamente desde nuestra distancia, pero nos cuesta salir al encuentro de las necesidades concretas de quienes nos rodean, sobre todo cuando esto implica renunciar a nuestra comodidad, a nuestra zona confort, cuando exige nuestro tiempo y nuestro compromiso, o exigen que este se alargue en el tiempo, más allá de nuestra ayuda puntual y concreta.
Jesús nos dijo: "Este es mi cuerpo", "Esta es mi sangre"; y lo reconocemos, acogemos, y adoramos en su admirable y real presencia eucaristica. Pero también nos dijo en la parábola del juicio final, en el que como Pastor santo separará a sus ovejas de las cabras: "Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestísteis..." y "lo que hagáis a uno de estos pequeños me lo hacéis a mí", advirtiéndonos de que el juicio de nuestra vida estará determinado por nuestra respuesta concreta de amor y de solicitud ante los pobres y los que sufren.
Además, con la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro nos sitúa ante la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos necesitados, y el abismo infranqueable que en la otra vida nos separará de la vida eterna (en el seno del amor de Dios, en el reino de los justos, de los bienaventurados) si no tratamos de superar ese abismo que nos separa a unos de otros aquí en la tierra.
No se trata de reclamar únicamente una compasión meramente humana, que ya sería un triunfo sobre nuestro egoísmo, sino de reivindicar el auténtico amor cristiano que Cristo nos pide, que es expresión y comprobación de nuestra fe, y en la que nos jugamos la salvación eterna.
Que este día del amor fraterno, y estos días de Semana Santa en los que somos llamados a contemplar, acompañar, seguir y celebrar a nuestro Jesús Nazareno, nos ayuden a todos a reconocerle, acogerle, amarle, socorrerle, y hacernos uno con Él, también en nuestros hermanos más necesitados, con los pasos concretos de nuestra vida.
Es parte de la conversión permanente a la que el Señor nos llama, y tarea nuestra, nunca concluida hasta el último adiós -aquí en la tierra- de nuestra vida.
De otro modo corremos el riesgo de quedarnos en sus bellas y conmovedoras imágenes, en sus asombrosos tronos y pasos de penitencia, incluso en nuestra serena y pacificadora oración, pero perderlo en sus conmovedoras imágenes en tantos hermanos nuestros solos, enfermos, sin techo, descartados y abandonados en las cunetas de nuestra vida.
Nuestro Cristo está realmente vivo, de forma sacramental, en sus sacramentos, particular y maravillosamente en el de la Eucaristía, pero existencialmente en su carne ignorada, herida, abandonada y descartada en nuestros hermanos más vulnerables y necesitados.
La imagen de dos nazarenos
Aquí están dos nazarenos de carne y hueso.
Dos nazarenos amigos y fieles a la fe.
- Uno representa a nuestros amigos de la calle que vienen a Lázaro, con su pesada cruz, a resucitar de sus soledades y de sus muertes interiores.
- El otro representa a nuestros jóvenes, también con sus necesidades profundas, sus soledades, inseguridades, incertidumbres y temores, que son también sus cruces, aunque incomparablemente más llevaderas que las de nuestros amigos de la calle.
Ambos comparten sus carencias y debilidades, pero sobre todo su necesidad de ser amados y de amar, y su voluntad de vivir juntos en la amistad, superando sus prejuicios mutuos y sus replegamientos egoístas.
Ambos se apoyan y se ayudan en la amistad mutuamente.
Ambos son Jesús Nazareno, el uno para el otro.
¡Cuántos cristianos, y hermanos nuestros en el mundo que no conocen a Cristo, se dejan commover, como lo hizo Gabriela Mistral, por el Mysterium pietatis, el Misterio de la piedad, escondido y manifestado en nuestros hermanos que sufren!
Ellos son para nosotros una luz que vence a las tinieblas de nuestros miedos, y al replegamiento de nuestras indiferencias egoístas, un reflejo, lo sepan o no, de la caridad de Cristo.
- "Lo que hagáis a uno de estos más pequeños me lo hacéis a mí" (Mt 25, 40).
¡Feliz Semana Santa!