La Semana Santa, vista desde dentro
Cuando una civilización se separa de Cristo, no pierde solo la fe: pierde, sobre todo, la razón y su fin último.
La Semana Santa nos recuerda que Cristo es el Señor de la Historia y hay que posicionarse activamente ante Él.
Hay una expresión que se repite mucho en el lenguaje político y periodístico: “Estar en el lado bueno de la Historia”. Casi siempre se usa con una suficiencia un poco cómica, como si la Historia fuera un tribunal automático que, tarde o temprano, terminara dando la razón a los vencedores del momento, a los que se alinean con esa ideología que parece definitiva, a los más ruidosos o a los que manejan mejor el aparato cultural. Pero esa expresión, tomada en serio, contiene una verdad inmensa. ¡Sí, existe un lado bueno de la Historia! Lo que ocurre es que no lo determinan las modas, ni las ideologías, ni las mayorías, ni los parlamentos, ni los medios de comunicación, ni tan siquiera la ciencia. Lo determina Jesucristo.
Cristo no es un personaje importante dentro de la Historia, como lo fueron César, Napoleón o Churchill. Tampoco es solo el fundador de una religión particularmente influyente. Cristo es el centro mismo de la Historia, su clave de bóveda, el punto en el que todo adquiere sentido, la medida de todas las cosas. Antes de Él, la Historia lo espera; después de su Encarnación la Historia vive de Él. Todo se ordena a Cristo, incluso cuando se le ignora. Todo se juzga desde Cristo, incluso cuando la pretensión sea emanciparse de Él. Y todo acaba compareciendo ante Cristo, porque no solo es una figura del pasado: es el Logos por quien todo fue hecho, el Señor del tiempo, el Alfa y la Omega.
El centro y fundamento de la Historia
Esto significa algo decisivo: la Historia no es una sucesión caótica de fuerzas ciegas, ni un simple choque de intereses económicos, ni una cadena de determinismos materiales. La Historia tiene un centro personal y un fundamento metafísico. No está suspendida en el vacío. No flota sobre la nada. Está sostenida por Aquel en quien convergen todas las cosas. Jesucristo no aparece simplemente dentro de los acontecimientos: sostiene desde dentro el ser mismo de los acontecimientos. Sin Él, nada tendría consistencia última. Sin Él, todo acabaría disolviéndose en puro devenir, en fuerza bruta, en polvo estelar. Con Él, en cambio, sabemos que la realidad tiene una finalidad, una estructura moral y un juicio.
Por eso, la ley natural no es un invento clerical, ni un código ético arbitrario, ni una manía conservadora. La ley natural es la huella del Logos en la creación. Es la inteligibilidad del sentido de la existencia. Es el modo en que la verdad del hombre, de la familia, de la sociedad, de la justicia, del deber, del amor, de la dignidad humana… queda inscrita en la realidad misma. Y Cristo, precisamente porque es el Logos encarnado, no viene a abolir esa ley, sino a garantizarla, purificarla, llevarla a plenitud y defenderla frente a todas las falsificaciones de la voluntad de poseer, de gozar, de poder.
Cuando una civilización se separa de Cristo, no pierde solo la fe: pierde, sobre todo, la razón y su fin último. Empieza diciendo que quiere emanciparse de dogmas religiosos, y termina sin poder justificar por qué matar al inocente está mal, por qué el débil merece protección, por qué la verdad obliga o por qué la sexualidad humana tiene una estructura y un sentido. Al romper con Cristo, no se libera de una tutela externa: se desconecta de la fuente misma que la hacía inteligible. Entonces la ley natural deja de ser reconocida y empieza a ser sustituida por decretos cambiantes, sentimentalismo jurídico y puro choque entre fuerzas. Lo bueno ya no es lo verdadero, sino lo autorizado. Lo justo ya no es lo debido, sino lo que logra imponerse. Así, asistimos con asombro como un fracaso familiar se sigue de un fracaso institucional, luego un fracaso médico y finalmente termina eliminando el sujeto paciente de dicho fracaso, como si de un residuo se tratara.
El poder del mal
Sin embargo, el hombre no puede vivir mucho tiempo así. Porque el mal, aunque haga muchísimo daño, no tiene sustancia propia. El mal se parece a la oscuridad; no es una realidad verdadera comparable al bien, sino una privación, una herida, un desgarrón en el ser. Tiene poder, desde luego. Y mucho. Hace llorar, destruye familias, corrompe instituciones, deforma conciencias, envilece pueblos enteros y convierte sociedades civilizadas en máquinas de mentira o de muerte. Pero no porque sea un principio creador alternativo al bien sino, precisamente, por lo contrario, porque lo parasita sutilmente hasta volverlo monstruoso, lo deforma y lo vacía. El mal no crea: pervierte. No funda: erosiona. No ilumina: oscurece.
Eso explica por qué las épocas más siniestras de la Historia suelen presentarse a sí mismas con lenguaje luminoso. Casi nadie se presenta diciendo: “Venimos a degradar al hombre, a destruir la verdad y a llamar bien al mal”. No. Se habla de progreso, liberación, derechos, compasión, inclusión, igualdad, ciencia, desarrollo, futuro. El mal necesita disfraces porque carece de rostro propio. Vive de la mentira. Necesita ocupar palabras nobles para vaciarlas desde dentro. Necesita usar restos del bien contra el bien mismo. Es profundamente poderoso en sus efectos, pero metafísicamente indigente. El mal acontece cuando el bien ontológico se retira, pero para ello usa su andamiaje. Así cobra más sentido la frase “No hago el bien que quiero sino el mal que no quiero” de San Pablo, incluso cuando la intención es hacer el bien.
La cruz como rescate
Cristo, en cambio, no necesita disfraz. No hace daño cuando quiere hacer el bien. No necesita manipular el lenguaje. No necesita reescribir la verdad. Él es la Verdad. Y justamente por eso su victoria es de un orden superior, infinitamente más profunda que cualquier triunfo mundano. Cristo no vence como vencen los imperios. No aplasta a sus enemigos con una fuerza simétrica. No entra en la lógica de la pura rivalidad. Vence revelando la impotencia última del mal. Vence mostrando que el odio no puede agotar el amor, que la mentira no puede absorber la verdad, y que la muerte no puede retener la Vida.
La cruz es el punto exacto en el que la Historia parece dominada por completo por el mal y, sin embargo, queda ya secretamente rescatada. Allí están la injusticia, la cobardía, la violencia, la manipulación política, el control del relato, la turba, el cinismo del poder, la traición, la humillación y el sufrimiento del inocente. Todo el repertorio del mal comparece en el Getsemaní y en el Gólgota. Y, sin embargo, allí mismo, sin dejar de ser terrible, se produce la inversión decisiva: el mal daña, pero no funda; hiere, pero no reina; golpea, pero no tiene la última palabra. Porque en Cristo no encuentra vacío con el que aliarse, sino plenitud de ser, obediencia perfecta al Padre y amor llevado hasta el extremo. El mal choca contra una densidad ontológica y moral que no puede aniquilar, choca contra el Infinito. Y por eso queda vencido.
La oscuridad, la nada, el odio y la muerte, ese monstruo terrible de la historia humana que va desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se ha tragado la fuente de la luz, el “Yo soy el que Es”, el Amor y la Vida como el pez se traga su anzuelo y ha sido reventado desde dentro, estrangulado, asfixiado, eliminado, aniquilado… En la aparente derrota de la cruz, revestido de un señorío divino oculto pero invencible, irrumpe la plenitud del Ser mismo. Allí donde parecía abrirse el mayor de los abismos, Dios derramó tal abundancia de bien -todo su Ser- que la ausencia queda colmada para siempre. Y la oscuridad, que durante un instante creyó haber conquistado el mundo, se encontró de pronto rodeada por un destello cegador que no podía resistir. Porque cuando el bien entra en la historia con toda su verdad, las sombras del mal sucumben.
Qué supone que Cristo sea el centro de la Historia
Desde entonces, la Historia no puede entenderse de manera neutral. Después de conocer a Cristo ya no es posible fingir que todo da igual, que bien y mal son construcciones equivalentes o que cada época inventa su propia moral. No. La Encarnación ha introducido un criterio definitivo. El bien no es una preferencia estética. La verdad no es una convención útil. La justicia no es una correlación de intereses. El hombre está moralmente obligado a situarse del lado del bien porque el bien no es una opción entre otras: es la forma verdadera de participar en el ser, de obedecer a la realidad y de no colaborar con su degradación. El bien es la única opción válida. Dicho de otro modo: no basta con “no hacer mucho daño”. No basta con refugiarse en la ironía, en el escepticismo o en el cómodo papel del espectador inteligente. Hay momentos en los que no posicionarse es ya una forma de rendición. Hay momentos en los que la neutralidad es una mentira elegante.
Si Cristo es el centro de la Historia, entonces la Historia tiene dirección, juicio y sentido; y cada hombre queda convocado a elegir. Elegir no siempre entre partidos o banderas, pero sí entre verdad y mentira, entre dignidad y envilecimiento, entre fidelidad al orden del ser o complicidad con su demolición.
Esto vale para la vida pública y para la privada. Vale para la política, para la cultura, para el derecho, para la educación, para la familia y para la propia conciencia. Y también, por necesidad, para lo secular y lo eclesial. Uno puede estar muy bien situado en el lado ganador del momento y, sin embargo, haberse colocado objetivamente en el lado malo de la Historia. Porque el lado bueno no lo define el éxito inmediato, sino la conformidad con el bien real. Hay épocas en que casi todo el mundo parecía estar del lado correcto apoyando atrocidades legalizadas, injusticias masivas o corrupciones antropológicas presentadas como avances inevitables. La Historia humana está llena de mayorías infames y minorías lúcidas. Por eso no basta con preguntar qué piensa el mundo. Hay que preguntarse cuál es la verdad del hombre, qué respeta su naturaleza, qué honra a Dios y qué resiste el juicio de Cristo. Porque muchos nos creemos muy alineados con Cristo, hasta el punto de creer que nuestra opinión es su Divina Voluntad.
Un mundo que ha perdido el norte
En este sentido, hablar del “lado bueno de la Historia” solo tiene sentido si se entiende que la Historia no se juzga a sí misma. La juzga Cristo. Y Cristo juzga no según propaganda, sino según verdad. Juzga según la correspondencia entre nuestros actos y el orden del bien. Juzga según lo que hayamos hecho con el débil, con el inocente, con la verdad, con la palabra dada, con el cuerpo humano, con la justicia y con el alma propia.
Por eso el cristiano no puede aceptar la intimidación moral de un mundo que ha perdido el norte, pero sigue repartiendo certificados de respetabilidad. A veces da la impresión de que disentir de ciertas consignas contemporáneas equivale automáticamente a estar “contra la Historia”. En realidad, suele ocurrir lo contrario: con frecuencia son precisamente esas consignas las que están contra la realidad, contra la naturaleza humana y, por tanto, contra la Historia en su sentido más profundo. El problema es que hacen mucho ruido, controlan muchos resortes y amenazan con excomuniones civiles. Pero el ruido no decide la verdad. La capacidad de castigar no convierte en justo al castigador.
La Historia no pertenece a los comisarios del presente sino a los mártires y los santos. Porque Jesucristo permanece. Él sostiene el mundo incluso cuando el mundo lo niega. Él sigue siendo la piedra angular que muchos rechazan, pero sin la cual todo termina agrietándose. Él sigue garantizando la inteligibilidad moral de la realidad incluso cuando juristas, pedagogos o ideólogos intentan reconstruir al hombre desde cero. Y Él sigue llamando a cada persona a una toma de partido radical: no una adhesión histérica a una tribu, sino una decisión moral y espiritual de fondo. Estar con la verdad. Estar con el bien. Estar con la ley de Dios inscrita en las cosas. Estar con quienes sufren el daño del mal. Estar con la luz, aunque no deslumbre a las masas.
La esperanza cristiana
Porque al final el deber moral no consiste en ganar todas las batallas históricas visibles, sino en no desertar del bien. A veces tocará resistir. A veces tocará hablar. A veces tocará callar para no mentir. A veces tocará perder prestigio, comodidad o posición. Pero nunca será lícito pactar interiormente con el mal por miedo a quedar fuera del consenso. El cristiano sabe que el bien puede parecer derrotado y, sin embargo, estar ya venciendo en lo profundo. Lo sabe porque mira la cruz. Y sabe también que el mal, incluso cuando parece invencible, trabaja para su propia ruina. Lo sabe porque mira el sepulcro vacío.
Esa es, en el fondo, la gran esperanza cristiana sobre la Historia: no que los buenos vayan a recibir siempre aplausos, ni que las sociedades vayan a comportarse racionalmente, ni que la verdad vaya a imponerse por mera inercia. La esperanza cristiana consiste en saber que la realidad está sostenida por Cristo y que, por tanto, el mal nunca tiene la última palabra. Puede causar estragos inmensos, sí. Puede humillar, intoxicar, corromper y devastar. Pero no puede ocupar el centro. No puede convertirse en fundamento. No puede rehacer el ser a su imagen. Solo puede agujerearlo. Y precisamente por eso está condenado.
En la noche del Sábado Santo, la narrativa y los gestos de la liturgia quieren resumir todo esto, que Cristo es el Señor de la Historia y que es necesario para todos posicionarse en su lado bueno como una obligación moral imperativa. No es una consigna se salón, ni un folclore más o menos suntuoso. Significa ponerse del lado del Logos, de Cristo Luz del mundo y Verdad hecha carne; del lado de la ley natural, que expresa el orden del ser; del lado del bien, que no siempre vence deprisa pero sí vence de verdad; y del lado de una esperanza metafísica que no depende de encuestas ni de titulares.
Para ello, como somos seres limitados pues no somos ni la Verdad ni el Bien, ni poseemos el ser en propiedad —ni mucho menos somos su fuente—, necesitamos revestirnos de Cristo, dejar actuar a su Espíritu, llenarnos de su gracia a través de frecuentar la oración y los sacramentos, que son la presencia física de Él mismo en la Historia. Todo lo demás, por brillante que parezca, si no está realmente habitado por Cristo, acaba siendo oscuridad con pretensiones.