Publicidad
Con frecuencia los anuncios publicitarios normalizan y banalizan cuestiones que tienen graves repercusiones.
En ocasiones, la publicidad que se introduce en nuestros hogares se hace acreedora de impedir que entre.
Desde que empezó a oírse la radio de manera generalizada y, sobre todo, a partir del inicio de la televisión, los fabricantes y suministradores de todo tipo de bienes y servicios han utilizado estos medios para dar a conocer sus ofertas y mejorar sus ventas y resultados.
Frente a otros medios, la televisión tiene la ventaja de que junto al mensaje verbal se cuenta con el poderoso recurso de la imagen, que como bien dice el refrán vale más que mil palabras. A mediados del siglo XX los anuncios de electrodomésticos o productos infantiles los protagonizaban mujeres, pues estaba claro que ellas eran las usuarias a las que había que convencer, situación que actualmente es completamente distinta como corresponde a la evolución de la sociedad.
El caso de los coches ha seguido derroteros distintos. Aunque los hombres eran quienes los compraban, la publicidad siempre ha utilizado la imagen de atractivas jóvenes junto a los coches. La explicación es evidente y ya indica una cierta manipulación de los impulsos y el inconsciente. Cuando llegaron los vehículos de 6 y 7 plazas, los anuncios se dirigieron a las familias numerosas, ya no aparecían chicas de piernas larguísimas, sino padres jóvenes con hijos guapos. Un tiempo después surgieron anuncios en los que se incidía en que eran “para todo tipo de familias”, es decir, padres separados que incorporaban a sus respectivos hijos a su nueva relación y por tanto necesitaban coches más grandes.
Hay distintas maneras de enfocar y utilizar la publicidad. La evolución de las costumbres reclama respuestas a nuevas necesidades y los anunciantes compiten lícitamente por convencer de que su producto es el que mejor las resuelve, el que más ventajas ofrece o el que se consigue a un precio más ventajoso. Otras veces, para ampliar mercado o superar al competidor, se fuerzan los argumentarios con el objetivo de conseguir la atención de potenciales nuevos segmentos y dependiendo del nivel ético de la empresa (y del publicista) se pueden rebasar los límites de lo que se denomina “autorregulación responsable”.
- Coincidiendo con el proceso independentista catalán, una conocida compañía sueca de muebles emitía un anuncio cuyo eslogan era “la república independiente de tu casa”. Los anuncios de esta empresa suelen estar muy pegados al momento concreto, por lo que las intenciones que había tras esa frase quedan claras. Teniendo en cuenta la gravedad del tema, en mi opinión la campaña no fue oportuna ni adecuada, de hecho, me produjo rechazo. La línea que separa la publicidad de la propaganda puede ser sutil.
- Actualmente se están emitiendo anuncios de una marca de pizzas que utiliza la imagen de una niña de unos 12 años que amenaza a su padre con irse de casa y éste, muy civilizado y comedido, la atrae de vuelta recordándole que los viernes toca cenar pizza. No parece realista ni previsible que la niña en cuestión fuera a abandonar a su familia, por lo que me pregunto si no había otra manera más adecuada de proponer la pizza en los menús semanales sin necesidad de banalizar una rebeldía que no es común en esa edad, pero que cuando se produce es verdaderamente dramática.
- Un caso similar es el anuncio de unos batidos de chocolate que habitualmente han sido consumidos por niños pequeños y que por tanto se asocian con la inocencia. Con el objetivo de transmitir que son una bebida muy adecuada para adolescentes, se presenta a una chica de unos 14 años mintiendo a su madre y yéndose a dormir con un chico “al que está conociendo”. Mientras la chica bebe el batido, la conversación entre las dos normaliza el hecho de que una menor de esta edad esté teniendo una relación de este tipo y de paso engañando sin el menor reparo a sus padres.
Pero no solo se normalizan y banalizan cuestiones que tienen graves repercusiones, sino que además en ambos casos las protagonistas son ellas. Los anuncios podrían haber funcionado igualmente si se hubieran rodado con chicos, pero no, se trata de niñas. ¿De verdad es todo tan inocente?
Finalmente, pero no en último lugar, los anuncios que inducen a consumos perjudiciales o adicciones peligrosas, facilitando al máximo el acceso a los productos, presentándolos en escenarios muy apetecibles y ofreciendo financiación. Eso sí, se cubre el expediente con frases como “solo para adultos”, “consume con responsabilidad” y cosas por el estilo.
Por grandes que sean los beneficios que se puedan obtener, nadie tiene derecho a engañar, confundir o mentir. Tampoco se puede incitar de manera premeditada a actitudes inadecuadas o actuaciones perjudiciales. Es de un cinismo extremo y éticamente inaceptable hacerlo y paralelamente pretender cubrirse de las posibles responsabilidades legales o tranquilizar las conciencias con ese tipo de avisos. La excusa de que se informa adecuadamente de los riesgos y de que cada uno tiene libertad para elegir es totalmente falsa, buen ejemplo de ello es el caso de la ludopatía, pero también otros muchos. ¿Dónde queda la responsabilidad, sea autoimpuesta o exigida?