Impactados: el camino hacia la verdad
Una reflexión sobre la libertad personal en la aceptación de la verdad eterna, en la filosofía de Leonardo Polo.
El impacto de la realidad sobre nosotros rompe espejismos al descubrirnos la verdad a la que nos debemos como personas.
Como bien sabemos, la verdad es una, pero no única. Cada ser inteligente alcanzará la verdad recorriendo un camino propio y distinto de los demás. La verdad no la agotamos ningún cognoscente, ni tampoco ningún humano la posee en propiedad.
Sin embargo, el camino para llegar a la verdad lleva implícita una dirección que señala un punto en común para todos. Debido al pecado de nuestros primeros padres, es el inteligir humano el que se equivoca con frecuencia y este dato conviene tenerlo en cuenta, dado que, el hombre del siglo XXI sigue siendo igual de humano que el del siglo I y, por lo tanto, sigue equivocándose.
El camino hacia la Verdad queda claramente expuesto por aquellos primeros doce seguidores de Jesús de Nazaret. Jesús escoge doce personas de su época, no precisamente entre los más poderosos, ni entre los más sabios, ni entre los más ricos, sino los que Él mismo llama. Los doce tienen una sola cosa en común: que comparten la historia y el sentir de los hombres de su tiempo.
Al principio de su itinerario podemos ver cómo la llamada del Maestro les impacta: “Y ellos dejándolo todo le siguieron” (Lucas 5, 11). Los apóstoles están llenos de entusiasmo, pero ¿siguen a Jesús por fe?
Son muchas las ocasiones en las cuales los apóstoles quedan impactados por los milagros del Maestro e incluso por sus mismos milagros: “Y volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Lucas 10, 17-37).
Cuando ya llevan varios años conviviendo día y noche con Jesús y suben a Jerusalén para celebrar la Pascua, Jesús les encuentra discutiendo entre ellos quien será el más grande en el reino de los cielos (Marcos 9, 33-34), mostrando así que su seguimiento está orientado más a conseguir un buen puesto “en el reino de los cielos”, que a unirse a los planes redentores del Maestro.
Son muy humanos, tan humanos, como que a Pedro Jesús le tiene que decir: “¡Apártate de mí, Satanás! Tú eres una piedra de escándalo para mí, porque no piensas como piensa Dios, sino como piensan los hombres” (Mateo 16, 23).
Al atardecer de aquella Pascua en Jerusalén, todos, excepto Judas, reciben el cuerpo y la sangre de su amigo Jesús y quedan verdaderamente impactados: como flotando. A continuación, Pedro, Santiago y Juan le acompañan al cercano huerto de los olivos, donde explícitamente el Maestro les pide que hagan oración y… los tres se duermen. Aquella noche todos los apóstoles huyen y Pedro le niega tres veces. ¡No tienen fe!
El joven Juan, el único que estuvo a los pies de la Cruz con María, afirma en su evangelio que, el día después de la Pascua fueron al sepulcro Pedro y él, pero que él esperó a que llegase Pedro para entrar y que cuando Pedro ya había entrado, “él entró, vio y creyó” (Juan 20, 1-9). Hasta ese momento Juan estuvo ciego, sin fe. ¿Cuantos días había pasado junto a Jesús siendo él el discípulo amado? ¿Cuantos milagros y cuanta gloría había presenciado sin entender las cosas del cielo?
Una vez sepultado el Maestro, todos los apóstoles, “atemorizados por miedo a los judíos” (Juan 20, 19), se reunieron en el Cenáculo. Es allí donde tienen el primer encuentro con el Espíritu Santo. Entonces sí, entonces ya no tienen miedo y entienden el mensaje de salvación de una forma directa. Ya no tratan de las cosas divinas como humanas, sino que entienden las cosas humanas con mirada divina.
¿Cuál es la diferencia entre los impactos recibidos antes y después de Pentecostés? Ahora ya no piensan en escoger los mejores sitios en “el reino de los cielos”, sino que morirán gozosos por su Amigo. Ellos, junto a esos primeros miles de cristianos, viven impactados por el Espíritu Santo y ya no desfallecerán. No están organizados, sino perseguidos; rezan escondidos en las catacumbas romanas y viven con sus conciudadanos romanos dando testimonio de Jesús en su vida ordinaria, aunque ello les acarree la muerte. Han trascendido al plano personal, donde el querer no se fundamenta en la voluntad, sino en la libertad de donar.
Si este ha sido el camino marcado por el Salvador a sus mejores amigos, parece lógico que este sea el itinerario que hemos de recorrer los cristianos de todas las épocas. Recordemos que los primeros impactos, muy fuertes, les han tocado a los apóstoles en la voluntad y por ello deciden seguir al Maestro. Pero cuando descubren que su verdad tiene que pasar por la cruz, entonces la rechazan. No entienden la Cruz. La voluntad se quiebra y huyen de la Cruz. Su sí, desde la voluntad, no tiene valor de eternidad.
Los cristianos del siglo XXI nos encontramos con un panorama social distinto del de los primeros cristianos. Desde el siglo XIV hemos asumido que la voluntad es la protagonista de nuestra vida y, por lo tanto, ahora se reclama la libertad de la voluntad como fundamento del ser y del vivir. De esta forma crece la duda sobre la posibilidad de dar un sí “para siempre”. La voluntad, sin un objeto, se vuelve contra la inteligencia y, al convertirse en puro sentimiento, el sí ya no tiene carácter de eternidad.
En estas circunstancias, surge la pregunta por la posibilidad de comenzar el camino hacia la Verdad desde el sentimiento, es decir, desde la voluntad: “Porque yo lo quiero”.
Al partir de la frágil voluntad humana, se corre el riesgo de no encontrar al Logos en el camino hacia la verdad, y si no encontramos al Logos, no podemos encontrar al verdadero Salvador. Dios es Amor, cierto, pero no sólo es Amor, sino que también es Logos. Podemos ver a Cristo como un “fantasma” sobre las aguas. También podemos verlo como un amigo, con el que tomamos unos peces a la brasa, a las orillas del lago de Galilea. Otra posibilidad, más actual, es verlo como un líder de masas: muy atractivo para millones de seguidores. Pero ese no es Él.
Conocer-Le requiere el camino de la Verdad. Es necesario el impacto de la Verdad, que consiste en cambiar la mirada terrena por otra que trascienda al Ser personal. Es humillar el Yo, que es sentimental como la voluntad, para abrirse al conocer trascendental y vivir en libertad. Vivir como personas que aman donalmente, que es la forma divina de amar, exige luchar por la Verdad con “todo nuestro ser entero -espíritu, alma y cuerpo- para que nos mantengamos sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo”, como nos indica San Pablo en (1 Ts 5, 23).
Los cristianos del siglo XXI corremos el peligro de aplicar las modas filosóficas humanas a las Personas divinas. Hacerlas semejantes a nosotros, que siendo el “yo quiero” o “porque me da la gana” la única razón que no tiene razón, es lo que queremos: que Dios haga nuestra voluntad.
También es cierto que los pastores actuales no encuentran una base filosófica, un pensar que fundamente la libertad personal no en la voluntad, sino en la intimidad del ser co-existente, que es la persona. Esta libertad, por ser constituyente del ser co-existente, es la máxima: la persona, más que tener libertad, es libertad.
Este cambio, tan necesario para erradicar del “yo” la libertad personal, es propuesto por el filósofo Leonardo Polo desde su Antropología Trascendental y podría contribuir a fundamentar tanto la Teología como el Derecho Canónico en la libertad personal. Así, ambos, podrán dar una respuesta de libertad en la Verdad a toda la humanidad.
Somos rehenes de nuestro tiempo y por ello hemos de contribuir a dar una respuesta que impacte en la sociedad del siglo XXI, salvo que queramos renunciar a dar el alimento adecuado a las almas y nos refugiemos en la queja sistemática.
A los pastores de almas, a los filósofos y a los docentes, les sugiero que estudien a Leonardo Polo y les pido que no tengan miedo a la Verdad. Nos harán un gran bien.