Mis maestros
Una pequeña presentación de dos figuras del pensamiento católico español de las últimas décadas, Julián Marías y el dominico Chus Villarroel.

Julián Marías (1914-2005) y Chus Villarroel, O.P. (1935-2022) cubren, con su vida y obra relevantes, tres cuartos de siglo de la vida española.
No todo es igualmente claro para las distintas personas que contemplan lo que sucede o reflexionan sobre ello. Algunos individuos tienen inteligencias más poderosas e incisivas, mayor capacidad de observación y reflexión, mejor habilidad para percibir matices y sutilezas. Quienes además de contar con estas habilidades innatas, dedican tiempo y esfuerzo al estudio, alcanzan niveles elevados de erudición y compresión.
Sin embargo, no todos ellos logran transmitir sus saberes haciendo partícipes a otros de unos conocimientos que no serían capaces de alcanzar por sus propios medios. Hay auténticos pozos de ciencia que resultan un fiasco como profesores o comunicadores. Pero afortunadamente algunos elegidos reúnen ambos requisitos y se convierten en faros de lucidez. Cada uno tiene sus propios maestros, aquí van dos de los míos.
Recién iniciada mi carrera cursé la asignatura de filosofía teniendo como libro de texto la Historia de la filosofía de Julián Marías, una obra que décadas después de su publicación seguía y sigue siendo imprescindible para iniciarse en esta disciplina. No tuve la suerte de ser alumna del profesor Marías, pero sí pude formarme en su estela y con su libro.
Con la autosuficiencia de mis dieciocho años me pareció que lo que ahí encontraba eran ideas y conceptos que yo entendía bien, a los que incluso podía aproximarme desde mi propia inteligencia. El aterrizaje a la realidad llegó en el momento de preparar los exámenes, entonces empecé a calibrar la envergadura de lo que allí se plasmaba y comprendí el error de haber dado por fácil algo que, además de ser complejo, requería comprensión, sintetización y capacidad de relación. Lo que me había permitido recorrer el libro con cierta facilidad era la entidad de las ideas, el orden de las explicaciones y la utilización de un lenguaje claro y accesible para una ignorante como yo.
Es importante no confundir lo simple con lo sencillo. Las simplezas se caracterizan por su insignificancia, su falta de rigor, incluso por su estupidez. Lo verdaderamente sencillo es sin embargo el resultado de un proceso de depuración en el que la eliminación progresiva de lo superfluo facilita el protagonismo de lo esencial. Lo sencillo me parece a mí que reúne naturalidad, sobriedad y elegancia. No todo el mundo tiene la cualidad de la sencillez y tampoco todos son capaces de reconocerla.
Algo similar, pero en otro terreno, me ha sucedido con el padre Chus Villarroel, O.P. En este caso he tenido el privilegio de conocerlo y tratarlo personalmente, beneficiándome en vivo y en directo de su sabiduría y su carisma. Su capacidad para abordar cuestiones teológicas complejas con enfoques y maneras sencillas, la utilización de un vocabulario recio y directo comprensible para los no iniciados, el uso de ejemplos propios del común de los mortales, me han dado acceso a lugares insospechados.
Es indudable la presencia de un don utilizado para beneficio de los demás. De su mano he podido transitar sin perderme por frondas espirituales que llevan a los manantiales de agua limpia, inaccesibles para un lego, y entrar en huertos nemorosos que nunca supuse podría visitar.
Los maestros iluminan el pensamiento y el espíritu, con su lucidez y sabiduría abren caminos que nos facilitan el viaje.