Religión en Libertad

Pequeños grandes placeres

En la madurez se abrió un capítulo inesperado que me llevó a obras mucho más elevadas: San Agustín, Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

La lectura: uno de los pequeños grandes placeres de la vida si la calidad de lo que se lee, místico o menos místico, es buena.Priscilla du Preez / Unsplash.

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Desde pequeña he sido una lectora empedernida. Enid Blyton fue mi primera autora favorita y con ella descubrí las aventuras, los secretos y los internados. Tuve todos sus libros, que pedía de regalo en mi santo, cumpleaños, por las notas. Con once años me operaron de apendicitis y me llevé una lista de títulos al sanatorio por si alguien me preguntaba si quería algún regalo. He guardado sus libros como un tesoro y a lo largo de los años los leyeron mis hijos y ahora mis nietas que, para mi gran satisfacción al igual que sus padres, también son entusiastas de la lectura.

Una de mis asignaturas favoritas fue literatura y aunque no me dio por centrar mis intereses en los clásicos sí aprendí a distinguir la calidad de la prosa y de la poesía. Mi otra gran pasión ha sido la historia, quizá por eso el tipo de lectura que más me ha gustado ha sido la novela histórica, aunque alternada con un repertorio de cosas varias.

He disfrutado especialmente con autores como Ken Follett y James Michener, por no hablar de Umberto Eco. Recuerdo El nombre de la rosa, acababa de empezar mis vacaciones, cogí el libro después de comer y no pude parar hasta las seis de la mañana, que me venció el sueño. Así seguí todo el día siguiente hasta que mi madre me pidió que, además de leer, conviviera algo con la familia. Leí con enorme placer títulos como El dios de la lluvia llora sobre México, Guerra y Paz, Las cosas del campo y cuando más tarde los volví a leer disfruté incluso más que la primera vez.

Muy a pesar mío, tuve que hacer un intermedio durante algunos años, los de la infancia de mis hijos. Me resultaba imposible cortar la lectura de un libro que me apasionara y esto, unido a los biberones y demás necesidades infantiles, no dejaba horas de sueño. Por otra parte, mi trabajo profesional (en el que leía mucho) consumía horas y fuerzas, así que no hubo más remedio que aprender a vivir sin el placer de la lectura “por gusto”.

Ya en la madurez se abrió un capítulo completamente inesperado e inexplorado hasta entonces que me llevó a obras mucho más elevadas: San Agustín, Santa Teresa y por encima de todo el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. No encontraba nada que me colmara fuera de este tipo de autores. Lo demás me parecía vano y superficial, sin interés real, simplemente me aburría y lo dejaba a medio camino.

Con el tiempo he podido volver a recuperar el gusto por otra clase de libros y disfrutar de la lectura en sí misma, como cuando me inicié. Me gusta que lo que leo tenga alma y propósito, pero vuelvo a engancharme en libros que no llegan a alturas místicas. Ahora que me he jubilado tengo tiempo para leer cuando quiera y lo que quiera. Puedo estar toda la tarde en un sofá con un libro en las manos o leyendo hasta la madrugada.

Estaba deseando reencontrarme con este placer tan maravilloso y ha pasado. Además, ha venido acompañado del gusto por la escritura, algo que solo había hecho en el ámbito profesional y que ahora fluye por sí mismo, con vida y caminos propios que me sorprenden y fascinan.

¡Qué maravilla poder disfrutar de estos pequeños grandes placeres!

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