Sábado, 04 de diciembre de 2021

Religión en Libertad

De la huelga a las tres patas de la persona


La educación escolar, igual que la familiar o la "amigal" (la que se recibe de los amigos) debe tener presente estas tres patas, so pena de desequilibrar al individuo, y consiguientemente a la sociedad

por José F. Vaquero

Opinión

Dos datos centran la actualidad educativa reciente, y los dos hacen pensar: las jornadas de huelga de estudiantes y los maravillosos resultados de los mismos, en comparación con los estudiantes europeos. Me intriga el primer tema porque se trata de estudiantes de la ESO, chavales de 14 o 15 años, que protestan al estilo sindical, con sus comités de lucha y todo. Ya conocen muy bien sus derechos (no sé si al mismo nivel que sus deberes), los grandes problemas de la situación económica nacional y de la política educativa. El segundo fenómeno es igual de preocupante: estos pequeños sindicalistas (al menos en edad) están en los primeros puestos de resultados educativos en Europa, pero no de la cabeza, sino de la cola.

Con este panorama educativo tan poco halagüeño, me pregunto: ¿Hacia dónde vamos en la educación? Y antes, y más básico, ¿qué es educar y qué educación queremos dar a los que serán nuestro futuro?

La primera respuesta “sensata” (más allá de educar como ideologizar según unos patrones casi siempre extremistas) la podríamos definir como el arte de transmitir contenidos, informar, enseñar hechos que han sucedido en la historia, normas matemáticas y gramaticales, fenómenos geográficos y sociales y obras artísticas de pintores, escultores, arquitectos, literatos... Estos contenidos satisfacen de verdad a la mente humana, también del adolescente, cuando están en armonía con la verdad, cuando refieren contenidos o hechos verdaderos. Hablar, por ejemplo, de la conquista de América como “encuentro cultural” o de la guerra de sucesión española (entre Austrias y Borbones) como guerra de independencia (entre Cataluña y España) no aguanta el rigor histórico. El ser humano tiende naturalmente a la verdad, anhela este principio, y un buen profesor es el que, además de transmitir contenidos verdaderos, suscita en el alumno el deseo y la búsqueda de la verdad. Puede ser una búsqueda matemática (física o química) o un bucear a través de los libros, pero es investigación con el anhelo de la verdad.

Más allá de la educación – información se encuentra la educación – formación. Y formación de la persona. Nos guste o no, la persona, hombre y mujer, tiene tres patas. La educación escolar, igual que la familiar o la “amigal” (la que se recibe de los amigos) debe tener presente estas tres patas, so pena de desequilibrar al individuo, y consiguientemente a la sociedad. La pata inteligencia, la pata voluntad y la pata corazón.

La pata inteligencia la tenemos cubierta con la transmisión de contenidos, perfeccionados por el anhelo de verdad que transmiten los buenos docentes. Pero también ellos deben trabajar, dentro de su campo, las otras dos patas. La pata alma y voluntad incluye muchas virtudes y valores humanos, esfuerzo, constancia, trabajo, tenacidad, orden... Virtudes que cualifican al estudiante (y al hijo) para llegar a ser buen trabajador. En la oficina, en el despacho, se utilizan mucho más estas virtudes que los conocimientos. Tal vez parte de nuestros problemas profesionales y de empleo (o desempleo) radica más en estas virtudes que en la cualificación académica (que además, según muchos indicadores, cada vez es más baja).

La tercera pata, la menos entendida, la más manipulada y la más usada como “excusa de conveniencia” es el corazón. Apoyándonos en ese argumento somos capaces de justificar todo, desde lo más elevado hasta lo más primario. Corazón, sentimiento, lo argüimos para justificar desde una pelea entre chicos (que expresen lo que sienten, el enfado contra el otro) hasta el amor pasional por su novia de adolescente (y si hay problemas, que la novia se cure de la enfermedad con el medicamento – píldora del día después). Corazón, a la vez, es la grandeza del alumno que se preocupa desinteresadamente por sus compañeros o el consuelo que un profesor ofrece a un alumno acosado, o simplemente olvidado por el resto de la clase.

El corazón, sin embargo, es el centro de la persona, aquello que unifica y colorea los conocimientos que nos llegan del exterior, los deseos y metas que nos suscitan las virtudes y nuestra misma condición humana. Culpar al corazón de una acción que no respeta los derechos de los demás o el sentido profundo del amor y la justicia es utilizar esta tercera pata cuando y como nos conviene. Aquí está el reto principal de la educación: educar el corazón del hombre y de la mujer para comportarse como personas, seres que conocen sus derechos, deberes y obligaciones, y que conocen su dependencia y necesidad de las personas que están a su alrededor, empezando por la Persona.
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