Y León XIV se vistió de Juan Pablo II: «Deténganse. Conviértanse», le dice a las mafias en La Laguna
El Papa instó a las mafias y a los explotadores a volver a Dios, recordando al histórico discurso de San Juan Pablo II en Sicilia en 1993.
"Abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres", animó a los inmigrantes.
"En nombre de Cristo crucificado y resucitado, que es camino, verdad, y vida, me dirijo a los responsables: ¡Convertíos, un día vendrá el juicio de Dios!", exclamó San Juan Pablo II en Sicilia (Italia) en 1993.
La Laguna se convirtió este viernes en el escenario del mensaje más contundente del Papa León XIV durante su visita a España. En la última parada de su recorrido por Canarias, el Pontífice lanzó un llamamiento directo contra las mafias que trafican con migrantes, un discurso que resonó con fuerza en la plaza tinerfeña y que marcó el cierre de un viaje que deja desafíos tanto para la sociedad como para la Iglesia española.
"Deténganse. Conviértanse", proclamó, elevando la voz ante quienes "se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio".
Devuelvan lo arrebatado
El Papa tomó la palabra después de escuchar al obispo de Tenerife, Eloy Santiago, y varios testimonios de personas vinculadas a la realidad migratoria. Desde el inicio, su intervención dejó claro que no habría espacio para la ambigüedad. "El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro", advirtió.
Y añadió una advertencia solemne: "Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina. Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio. Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan".
"El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro", advirtió.
Aunque el mensaje apuntaba directamente a las redes criminales, León XIV quiso ir más allá. Su discurso, cargado de fuerza moral, incluyó una reflexión dirigida a la comunidad cristiana y, por extensión, a toda la sociedad española. En un país donde el rechazo al extranjero ha ido creciendo, el Papa recordó que la acogida no es solo un deber humanitario, sino un imperativo evangélico.
El obispo local había descrito La Laguna como una "ciudad sin murallas", una imagen que el Papa retomó para profundizar en su mensaje. "Quizá este detalle nos ayude a comprender que las barreras más difíciles de derribar no siempre son de piedra. A veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia", afirmó. Y añadió: "Por eso necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras".
León XIV dedicó buena parte de su intervención a explicar qué significa integrar de verdad. "La integración exige aprender a leer de otra manera. Hay miradas que ven y, sin embargo, no reconocen; convierten un rostro en cifra, una historia en expediente y una diferencia en distancia", lamentó.
Frente a ello, marcó la hoja de ruta para los cristianos: "Nuestra presencia quiere testimoniar que la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundaria o simple obra de filantropía. Está llamada a comprometerse y a tomar forma de proceso. La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro".
El Papa también quiso dirigirse directamente a los migrantes presentes en la plaza. "Integrar no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria. Tampoco significa crear mundos paralelos", señaló. Y los animó a "abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones".
León XIV agradeció la labor de Cáritas diocesana, de la Delegación de Migraciones, de las parroquias y de todas las entidades que acompañan procesos de protección, promoción e integración. Invitó además a la Iglesia a dejarse transformar por quienes llegan: "a tantos migrantes que, provenientes de Latinoamérica, de Filipinas y de otras latitudes, forman ya parte viva de la comunidad y, con su fe, su trabajo y sus dones, ayudan a renovarla". Y resumió esa visión con una frase que arrancó aplausos: "Así, el extranjero de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy".
San Juan Pablo II en Sicilia en 1993.
El Papa reservó un último mensaje para los fieles, consciente del papel clave que pueden desempeñar en la integración. "A los católicos quiero pedirles algo más: que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona".
En la parte final de su discurso, León XIV conectó su mensaje con lo vivido el día anterior en Gran Canaria y con los naufragios que siguen marcando las rutas migratorias. "Una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante esos cementerios del mar", afirmó.
La "gracia" de Dios
Llegaron en patera y hoy cocinan para la prensa que sigue a León XIV en Canarias
Matilde Latorre de Silva
Y concluyó con una advertencia que resonó en toda la plaza: "Cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana. No obstante, existe también un naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad. Integrar es impedir ese segundo naufragio. Es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad".