Religión en Libertad

Discurso íntegro del Papa León XIV en la Vigilia de Oración con los jóvenes en Madrid

Ofrecemos el contenido íntegro de ese diálogo.

"Nuestro discurso interior se convierte en oración, alabanza y súplica cuando es confiado al único que puede escucharlo", dijo el Papa.agencias

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Al caer la tarde, el Papa León XIV llegó hasta la abarrotada Plaza de Lima. Allí lo esperaba una multitud joven que llevaba horas reunida, convertida ya en un mosaico de banderas, guitarras, silencios y expectación.

En ese escenario, el Pontífice mantuvo un encuentro cercano con los jóvenes, escuchando sus testimonios y respondiendo a sus preguntas con un tono directo y cálido. Después, presidió una Vigilia de Oración y Adoración Eucarística que transformó la plaza en un espacio de recogimiento multitudinario. 

A continuación, ofrecemos el contenido íntegro de ese diálogo:

1. Santidad, muchas gracias por estar aquí con nosotros y por tener este momento de diálogo con los adolescentes y jóvenes de España. Me llamo Marina y vengo de la parroquia Jesús y María de Madrid. Antes de este momento, hemos preguntado en nuestros grupos y comunidades qué inquietudes y preguntas querían hacer para este momento.

Las primera preguntas son un poco más personales, para conocerle mejor. Y la primera trata sobre los referentes que usted tuvo en su juventud. Sabemos que San Agustín es muy importante para usted, pero ¿qué otros santos y qué otros referentes le han ayudado en su crecimiento como cristiano?

2. Querido Papa León, mi nombre es María José. Soy inmigrante de Perú y vine ya hace tres años. En España he encontrado un segundo hogar. Querría preguntarle ahora sobre sus años como misionero en Perú. ¿Qué recuerdo o qué experiencia guarda como un tesoro de estos años?

En primer lugar: ¡Un saludo a todos vosotros! Gracias por estar aquí y gracias por compartir la fe con toda Madrid y con toda España.

Pues a la primera pregunta sobre algunos santos que han sido para mí referentes durante mi crecimiento, mi juventud, pero también como obispo y como Papa: han mencionado a San Agustín y sabemos todos que es una figura muy importante para toda la Iglesia, pero también he pensado en uno de los Padres de la Iglesia Oriental que se llamaba San Juan Crisóstomo.

Su nombre significa “boca de oro”, un título que este Padre de la Iglesia mereció porque tenía una elocuencia muy hermosa. Antes de su bautismo, que tuvo lugar en el año 368, él estudiaba filosofía. Después se dedicó al estudio de la Sagrada Escritura, junto con otros jóvenes de Antioquía, su ciudad natal. Tras una experiencia como eremita, se entregó al servicio de la Iglesia como sacerdote y luego como obispo.

Aquí aprovecho para decir a todos vosotros: ¡No tengáis miedo jamás de pensar en una vocación a la vida sacerdotal, a la vida religiosa o a otros servicios en la Iglesia!

Juan Crisóstomo, que llevaba en su corazón este amor por la Palabra de Dios, después de ser sacerdote y obispo dio un testimonio muy grande sobre todo con la coherencia de su vida. Si predicaba, es porque vivía ese mensaje.

A mi personalmente me han impresionado mucho sus catequesis, sus sermones y homilías, sus escritos que unen el amor por la verdad y también la rectitud de su vida, pero también tenía mucha valentía. No tenía miedo de hablar delante del Emperador, de decir cosas a favor de la justicia y no para complacer al otro. Era un hombre de su palabra.

Otro santo en el que he pensado es Santo Tomás de Villanueva, un agustino, que fue llamado a convertirse en pastor de la Iglesia. Era español. Estudió en la Universidad de Alcalá y, por su sabiduría, se ganó la estima del emperador Carlos V.

Luego fue nombrado obispo de Valencia, emprendió una intensa obra de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a sus hermanos a la perseverancia en la oración, en la castidad y en la obediencia. Su ardiente caridad, es conocido hasta hoy como “obispo de los pobres”, puesta esta caridad me ha alentado en los momentos de prueba y de servicio.

Otro compañero de camino es Santo Toribio de Mogrovejo, también español. En el siglo XVI fue misionero en Perú, donde se dedicó con gran celo a la evangelización de los indios, estudiando las lenguas locales. Santo Toribio unió una intensa vida de oración al compromiso por la justicia, especialmente frente a los abusos y la corrupción de su época. Por eso, para mí es un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo.

Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? Es una pregunta que también os confío a todos vosotros con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros como para los demás.

En cuanto a los años vividos en el Perú, como misionero y obispo, recuerdo sobre todo el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza.

Precisamente el encuentro con las heridas y las alegrías del pueblo me hicieron crecer en el camino del seguimiento de Jesús.

Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio, transformado por la vida y la fe de estos pueblos, muchas veces materialmente muy pobres pero ricos en la fe y experimentando esta fe en la palabra del Señor pues he visto cómo puede convertir el conflicto en paz, puede ser fuente de reconciliación, de paz y de justicia.

3. Santo Padre, muchas gracias por compartir estas experiencias tan personales con nosotros. Yo soy Miriam, vengo de la parroquia de Santa Teresa de Jesús de Madrid y soy voluntaria de la Delegación de Jóvenes de Madrid. Hablo en nombre de todos los jóvenes cuando le digo que le esperábamos con muchísima ilusión. Ahora queríamos preguntarle algunas cosas más profundas.

El lema de esta visita es “Alzad la mirada” y sabemos que el Señor nos invita a levantar la vista y remar mar adentro, pero muchas veces la duda o el miedo nos impiden preguntarnos qué quiere Dios realmente de nosotros. Por eso, queríamos preguntarle, ¿qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces?

4. Bienvenido, soy Manu y mi parroquia es Nuestra Señora del Buen Suceso. Santo Padre, usted sabe que hoy en día hay muchos jóvenes con sed de Dios, otros a los que nos gustaría creer y otros que no quieren oír hablar de Dios.

Muchas veces no sabemos cómo llegarles. ¿Cómo podemos nosotros, que también estamos buscando, acompañar a otros jóvenes en su proceso de descubrimiento de la belleza de la fe?

Bien, primero podemos hablar un poco de cómo escuchar la voz de Dios. Cómo discernir si es verdaderamente Dios el que está hablando u otra cosa, otra atracción, otra dificultad.

Para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio. Creo que es muy importante que cada uno de nosotros busque desarrollar la capacidad de estar en silencio. Muchas veces vamos con audífonos, con la música, con la distracción pero no sabemos estar en silencio. Es precisamente en esta experiencia de silencio que Dios puede hablarnos o que podemos discernir la voz de Dios.

Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece.

Quisiera subrayar la importancia de buscar la verdad. Muchas voces, muchas cosas en las redes nos engañan y nos cuentan mentiras. Hay que buscar siempre la verdad. Dios es verdad, si lleva lejos de Dios, no es verdad. No lo olvides.

En segundo lugar, tened la certeza de que Dios conoce bien vuestra voz: Él os escucha y os responderá. No tengáis miedo de expresar lo que sentís en el corazón. Hay un salmo que dice: “El que hizo el oído, ¿no va a oír?”. Nuestro discurso interior se convierte en oración, alabanza y súplica cuando es confiado al único que puede escucharlo.

La oración es una voz libre justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que estamos preparados o para hacernos sentir importantes. Cuando nosotros mismos nos convertimos en oración, el Señor nos responde con su Verbo, que se hizo hombre por nosotros, afirmando que nos ama con todo su ser.

En tercer lugar, para reconocer la voz de Dios es necesario escuchar su Palabra viva, porque es Cristo, cuya voz sigue resonando en la Iglesia que es su Cuerpo. Él cumple todas las Escrituras, ese testamento antiguo y nuevo dado a los hombres como promesa de salvación.

También la Adoración Eucarística, que esta noche compartimos, es precisamente el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y “estar” nosotros mismos ante el Señor, dialogando con Él, de modo que se haga elocuente en su amor, hecho alimento para la humanidad.

Además, queridos jóvenes, para acompañar a otros a descubrir la belleza de nuestra fe, recordad que ninguno de nosotros nació siendo maestro y que, ante el Señor, todos somos discípulos. Compartid pues, vuestro camino espiritual, dando testimonio de él con coherencia de vida: la voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente, sobre todo en la hora del cansancio.

En esto es importante ver que nadie está solo creyendo en Jesús: ¡Mirad cuántos estáis aquí! Y así también en comunidad, en los grupos de jóvenes, en la familia, podemos todos aprender lo que es la belleza de nuestra fe.

Él camina a nuestro paso e ilumina nuestro camino. Siguiendo el ejemplo del Maestro: así os invito a actuar, como pastores, educadores y amigos. Si rezáis con amor, los jóvenes apreciarán la importancia de la oración. Si ardéis en la fe, transmitiréis su fuego vivo.

Buscad todos en vuestros corazones ese fuego del amor de Dios, pues ahí está la presencia de Jesús.

La presencia cercana de Jesús se percibe incluso en los momentos de nuestras caídas porque no nos abandona, también cuando nos convertimos en mano tendida y abrazo fraterno, cuando buscamos oportunidades para servir a los demás, hacer obras de caridad, buscar cómo tocar la vida del otro en sus heridas, en sus tristezas y dificultades. Ahí la fe en Jesucristo se hace viva y ahí Jesús nos ayudará a sostenernos mutuamente en el camino.

5. Buenas noches, Santo Padre. Mi nombre es María, soy universitaria y vivo mi fe en la Juventud Obrera Cristiana. Los jóvenes nos sentimos fascinados pero al mismo tiempo interrogados por los avances tan rápidos de la sociedad. Por ejemplo, los avances de la IA.

Los jóvenes estamos preocupados por nuestro futuro, porque se nos plantean muchos retos: como el acceso al mercado laboral, el acceso a una vivienda digna, o la polarización social en nuestros ambientes. ¿Cómo podemos vivir los jóvenes cristianos comprometidos con esta sociedad?

6. Soy Fernando. Recién casado y catequista en una parroquia al sur de Madrid. Los jóvenes tenemos un gran deseo de entrega, queremos caminar y construir juntos la Iglesia, nuestra Madre. Queremos ser verdaderamente el “ahora” de Dios.

La última pregunta que le hacemos trata de las líneas generales y pastorales que quiere darnos. ¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia?

Bueno, felicidades por tu matrimonio, Fernando. Aquí también he visto otras parejas que se van a casar. Felicidades y bendiciones. Porque si antes dije que no tengáis miedo de pensar en una vocación, el matrimonio también es una vocación. ¡No tengáis miedo del matrimonio y de formar familia!

A lo largo de los siglos de historia de la Iglesia, los cristianos hemos vivido en todo tipo de sociedades, atravesando los cambios de las culturas que hemos compartido y contribuido a formar. Hay un texto antiguo, se llama la Carta a Diogneto, que nos ofrece al respecto una hermosa intuición: “Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo”.

Este es nuestro modo de vivir: los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa. ¡Somos libres en Cristo! Cristo nos ha liberado con su amor. Gracias a este amor, somos siempre libres frente a toda coacción y engaño. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la muerte.

Al contrario, el sentido de la historia culmina en la eterna comunión de vida que Dios prepara para todos. Desde esta perspectiva, sobre todo vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva dirección a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la universidad y en el trabajo.

Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio.

Os invito, por tanto, a todos, a ser juntos sal de la tierra y luz del mundo. Para vivir así, es necesario ante todo interpretar la sociedad presente, viviendo con sabiduría, para poder después transformarla como testigos del Evangelio.

El joven cristiano, en efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder. Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda experiencia humana.

En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva.

Entonces quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas.

Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano.

Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad. Ésta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra.

¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor! Muchas gracias.

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