Sábado, 04 de julio de 2020

Religión en Libertad

Con su impactante plano secuencia, es candidata a diez Oscar

«1917»: el obispo Barron extrae una importante lección espiritual de la película de Sam Mendes

Dean-Charles Chapman (izquierda de la imagen) y George MacKay protagonizan «1917».
Dean-Charles Chapman (izquierda de la imagen) y George MacKay protagonizan «1917».

ReL

En España se ha estrenado como la película más taquillera del fin de semana pasado, y en la lista de candidatos al Oscar de este año figura con diez nominaciones, entre ellos los de mejor película y mejor director. Gracias en buena medida a su prodigioso plano secuencia único, Sam Mendes ha logrado casi la unanimidad de la crítica y del público con 1917, un abrumador ventanal a los horrores de la Primera Guerra Mundial. Por su parte, en su blog Word on Fire, el obispo auxiliar de Los Ángeles, Robert Barron, extrae de ella indirectamente una interesante enseñanza espiritual y cultural:

1917: recordar quiénes somos

Vi la película 1917 en vísperas de la festividad del Bautismo del Señor, y creo que hay una relación entre el film y dicha celebración litúrgica. Me explico.

En primer lugar, como destaca todo el que la ha visto, el montaje y la fotografía de 1917 son tan asombrosos, que parece transcurrir completamente en tiempo real, como resultado un plano secuencia. Pensad en la famosa escena de Uno de los nuestros [Godfellas] de Scorsese en la que Ray Liotta y su pareja entran en el night club… pero ahora prolongada durante dos horas. Lo que esto produce en el espectador es una sensación casi sin precedentes de estar allí, experimentando los acontecimientos junto con los protagonistas de la película.

Y verse involucrado en la Primera Guerra Mundial es, por decirlo suavemente, horroroso. Obviamente, todas las guerras son terribles, pero hubo algo particularmente espantoso en la Primera Guerra Mundial: el agobio de las trincheras, la difusión de las enfermedades, la desesperación de luchar sobre pocos cientos de metros de tierra maldita, las ratas (que juegan un papel destacado y repugnante en 1917) y, por encima de todo, las matanzas que fueron resultado de combinar estrategias militares anticuadas con armamento moderno. Según el testimonio de tantos pensadores y escritores que participaron en ella (Paul Tillich, J.R.R. Tolkien, Ludwig Wittgenstein, Ernest Hemingway, etc.), la Primera Guerra Mundial supuso, como no lo había hecho ninguna otra guerra hasta esa fecha, un colapso, un cambio radical, una tragedia cultural.

Y una razón principal para el desastre de la Gran Guerra, que en mi opinión se pasa por alto demasiado a menudo, es de naturaleza espiritual. Casi todos los combatientes en la Primera Guerra Mundial eran cristianos. Durante cinco años terribles, una orgía de violencia se desató entre personas bautizadas: cristianos ingleses, franceses, canadienses, estadounidenses, rusos y belgas combatiendo contra cristianos alemanes, austriacos, húngaros y búlgaros. Y esta carnicería tuvo lugar a una escala que todavía nos anonada. Los 58.000 norteamericanos muertos durante toda la Guerra de Vietnam serían prácticamente cosa de un fin de semana de guerra durante los peores días de la Primera Guerra Mundial. Si añadimos las muertes militares y civiles acumuladas durante la contienda, llegamos, siendo prudentes, a una cifra en torno a los 40 millones.

¿Y exactamente por qué luchaban? Retaría a cualquiera que no sea un historiador especializado en ese periodo a darme una respuesta. Fuera por lo que fuere, ¿puede alguien decir honestamente que valía la muerte de cuarenta millones de personas? Entiéndaseme bien, no estoy defendiendo el pacifismo. Pero sí que estoy invocando los principios de la Iglesia sobre la guerra justa, uno de los cuales es la proporcionalidad: esto es, que para considerar justificada una guerra debe haber una proporción entre los bienes alcanzados con la guerra y el coste que implica conseguirlos. ¿Hubo esa proporcionalidad entre medios y fines en la Primera Guerra Mundial? Creo que, por desgracia, la pregunta se responde por sí misma.

Lo que quiero decir es que esta catástrofe moral tuvo lugar en el corazón de la Europa cristiana, casi exclusivamente entre personas bautizadas, presumiblemente todas ellas educadas en los principios morales de Jesucristo. ¿Cuántos cristianos de aquella época alzaron su voz como protesta, rechazaron cooperar con la locura de la guerra o situaron su identidad religiosa por encima de su identidad étnica o nacional?

En 2014, la marca de chocolates Sainsbury's lanzó un promocional basado en la Tregua de Navidad de 1914, una insólita confraternización que tuvo lugar el 25 de diciembre de ese año entre tropas inglesas y alemanas que entonaron conjuntamente villancicos y jugaron un partido de fútbol. Los dirigentes de los bandos en conflicto hicieron todo lo posible a partir de ese momento para evitar que hechos similares se reprodujesen y los llamamientos del Papa Benedicto XV a la paz entre países cristianos fueron desoídos.

También estas cuestiones se responden por sí mismas, lo que me trae a la festividad del Bautismo del Señor. Según la teología de la Iglesia, el bautismo supone insertar a una persona en el Hijo de Dios, lo que implica compartir la relación entre el Hijo y el Padre en la unidad del Espíritu Santo. Es infinitamente más que unirse a un club o una asociación; es una participación en la vida íntima de Dios. Otra forma de plantearlo es la siguiente: el bautismo inserta a una persona en el Cuerpo Místico de Jesús, que es un organismo, más que una organización. Por tanto, todos los bautizados, a pesar de diferencias incluso enormes a nivel cultural, político o étnico, están relacionados entre sí, implicados unos con otros, como las células y los órganos en el cuerpo. Olvidar esta verdad o quitarle peso, es perder de vista lo que significa ser cristiano.

He estudiado durante muchos años el fenómeno de la desafiliación y de la pérdida de la fe en las culturas occidentales. Y, siguiendo las huellas de muchos grandes profesores, he identificado numerosos acontecimientos –desde la Baja Edad Media al modernismo, pasando por la Ilustración– que han contribuido a esta decadencia. Pero llevo mucho tiempo sosteniendo –y la película 1917 me lo recordó vívidamente– que una de las causas del colapso de la religión en Europa, y cada vez más en todo Occidente, fue el desastre moral de la Primera Guerra Mundial, que fue esencialmente una crisis de identidad cristiana. Algo se rompió en la cultura cristiana, y nunca nos hemos recuperado de ello. Si su bautismo significaba tan poco para tantos millones de combatientes en aquella terrible guerra, ¿qué sentido tenía entonces, a fin de cuentas, el cristianismo? Si no marca ninguna diferencia concreta, ¿por qué entonces no abandonarlo y seguir adelante?

Me pregunto si podríamos considerar la Festividad del Bautismo del Señor como una oportunidad para meditar en profundidad sobre las implicaciones morales de ser un hijo de Dios, y por consiguiente hermano de todos los demás miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Y me pregunto si podríamos ver atentamente esta película perturbadora y maravillosa para ver qué pasa cuando los cristianos olvidan lo que son.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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