La intercesión por el otro en el Corazón de Jesús y de María
nubes-soplo-cielo
Hay dos corazones que laten juntos, sin que cada uno pierda su verdadero sentido. Son los corazones de Jesús y de María. Son dos corazones con una llamada única de parte de Dios: amar, entregarse e interceder por cada uno ante el trono de Dios-Padre. María es aquella que siempre nos cobija en su manto de Madre. Pero, ¿cuál es el objetivo de tenernos en su especial protección?: Interceder en nuestro favor. Poner ante Dios nuestra vida y toda nuestra persona. Ella conoce nuestras debilidades y nuestras miserias. Nuestras situaciones de alegría y de gozo. Nuestras heridas. Nuestras luchas ante el diablo, la vida, las frustraciones que recibimos de los otros y de nuestras circunstancias, o de nuestras malas gestiones del tiempo que Dios nos concede para amar en medio del mundo que nos rodea, ante el cual hemos de ser testigos. María conoce todo eso. Ella en todo momento, en el presente eterno en el que vive, solo puede interceder. Presentar ante Dios con un corazón materno todo aquello que preocupa a sus hijos. Ella es la intercesora por excelencia. Lo mismo que en Caná, sacó de Jesús el primero de los signos, para que en la boda no se terminara el vino. También, ella nos presenta ante el Hijo en el Padre por medio de su Espíritu, para que en nuestra vida no falte el vino de la fiesta, y de la alegría para que sean permanente en nuestras vidas y podamos tener la alegría como fruto del Espíritu que nos presenta Pablo en sus cartas. Una alegría que puede comenzar ya en la tierra, unidos a María presentado junto con ella a todos aquellos que Dios pone en nuestra vida: a los que no conocemos, a la Iglesia, a todos los hombres, a los que sufren, a los que tienen decisiones de gobierno, a los sacerdotes, a los Obispos, a todos los miembros del pueblo de Dios, a la vida consagrada, a los que se han apartado de Dios, a los que niegan a Dios, a los que no reconocen a Jesús como Hijo de Dios, a las sectas, a los niños que son abortados, rechazados, heridos, a las familias desunidas, a las que tienen comunión en su interior, a los pobres, a los enfermos, a los migrantes, a los amigos, a los que compartimos la fe, a los lejanos a los cercanos, a los que nos piden oración, por España, a los países en guerra, los que son perseguidos por su fe, por la paz, por la fraternidad entre los pueblos, por la unidad en la Iglesia y con las demás confesiones cristianas.... Espero no dejarme a nadie.
María los arropa y los cuida con su amor tierno de Madre. Pero, junto con ella, nosotros estamos llamados a tener una intercesión general por todos los hombres y mujeres de la tierra. En nuestro corazón que muchas veces solo entrega situaciones personales, y luchas que tenemos en nuestro interior, sin dejar de hacerlo como un camino de santidad, María nos invita a llevar en nuestro corazón, en el día a día: cuando caminamos, trabajamos, o hacemos cualquier actividad, a todos estos hermanos nuestros: a los que conocemos y a los que no, para podernos ofrecer junto con ellos a Dios, haciendo de nuestra vida una oblación y ofrenda continua.
Pero, hay otro corazón, que tiene un sentido de intercesión más especial: el corazón de Jesús, humano y divino. Un corazón que ha sufrido tanto por nosotros, que nos puede entender en cualquiera de las ocasiones que vivimos. Es un corazón que ama al son de Dios, pero desde una humanidad que se desborda porque ha pasado todo como hombre, hasta la muerte en cruz. Un corazón obediente, manso y humilde lleno de compasión y misericordia, que solo puede amar. Un corazón en el que caben todos los hombres, y es llamado a interceder ante Dios-Padre por toda la humanidad. Es la función más importante que Jesús en la eternidad, en el cielo hace por nosotros. Nos presenta a Dios. Ofrece por nosotros el don perenne de su existencia. Sus heridas gloriosas nos limpian. Estamos tatuados en sus llagas.
Este corazón intercesor del Hijo de Dios, nos hace una llamada: interceder cada uno de nosotros por todos, y por cada uno. Pero, ya no desde una visión en el aquí sino desde un camino de eternidad que ya está presente para el hombre.
Tú y yo hoy día del Sagrado del Corazón de Jesús y mañana día del Inmaculado corazón de María, recibimos una llamada: interceder por nuestros hermanos y por toda la humanidad sufriente, haciendo de nuestra vida una ofrenda grata a Dios, en oblación como víctimas a Dios.
Belén Sotos Rodríguez