La Trinidad es mi intercesora
corazón-manos
Dios es Padre, Jesús es hermano, el Espíritu es amor. Una comunión perfecta de personas, que sin perder lo que son, viven unidos. La Trinidad es ese misterio insondable de personas que se relacionan en el amor.
Hace un par de años tuve la ocasión de ir a una convivencia de mi grupo de oración. En una de las actividades los niños repartían los santos para pedir la intercesión a cada uno de ellos durante el año. Los hermanos escogían un santo del cesto. Cuando a mí me tocó escoger, tuve la sorprendente sorpresa que cuando yo tuve que elegir no me salió un santo intercesor, sino que el Señor me regalaba la imagen de la Trinidad, con María. Eran ellos los que iban a interceder por mí.
Así, ha sido durante este tiempo. Con el Padre he aprendido a vivir como esposa amada del Hijo. Con el Hijo ha tenido un ejemplo de entrega virginal en mi existencia. Con el Espíritu he sido llevada a vivir de la libertad de los hijos de Dios.
En este camino, no exento de dificultades, he conocido que Dios te provee lo que necesitas en cada momento. El Padre con su providencia va llenando mi vida de grandes y delicados detalles. Muchas veces son cosas que no se ven a simple vista, pero que hacen que el día a día, sea más alegre y la existencia más entregada. El Hijo me ayuda a hacer de mi vida una donación, que en la fragilidad, no deja de darse. El Espíritu me hace cada vez más libre para solo adorar al Dios que me ha creado y solo él me ha conquistado el corazón. Con el Hijo, puedo vivir mi vida de modo virginal, para hacer presente en este mundo, lo que todos estamos llamados a vivir para el cielo.
María me acompaña como Madre, no desde el rezo de unas devociones. En eso ella me conoce. Sino desde el amor de una Madre que hace que la voluntad de Dios, sea lo mejor para mí.
Por eso, me siento una cuidada y mimada por el Señor, que de este modo me bendice y me quiere. Porque sobre todo lo que es grande en mi vida es el amor que Dios me tiene. A veces sus planes no los puedo llegar a entender. A veces las personas pueden sorprenderme. Otras veces me acogen y me ayudan a vivir en libertad. Pero, tengo claro que solo el amor de esta Trinidad que viene a mí ha conquistado mi corazón. Solo el Hijo de Dios es el Señor a quien alabo, adoro, y sirvo. Muchas veces aunque los demás me pueden sorprender, yo me entrego por el amor del Espíritu. Eso me hace ser libre.
Muchas veces en nuestras comunidades el misterio trinitario, se ve de modo patente, en una alabanza, en una adoración, en un gesto de cariño de un hermano, pero otras veces queda velado porque muchas veces no vemos los detalles que otros tienen con nosotros, no somos capaces de agradecer, ni de acoger el don que supone el hermano.
Pero, el día de la Trinidad necesitamos hacer memoria de dónde venimos y cuál es nuestro destino. Con quien estamos llamados a vivir nuestra existencia. A quien hemos entregado nuestros corazones.
Solo al Dios que es amor, Padre, Hijo y Espíritu he entregado mi vida. Solo ante él me rindo. Muchas veces cambiará mis planes, pero para hacer otros mejores, y con mayor entrega para su hija amada. Solo él hace que levante mis manos, y me ponga en pie, para alabarlo en el grupo y en toda mi existencia. Solo él llena mis días, mis servicios, y mis proyectos. Soy su esposa amada.
Aquel que es el Hijo de Dios, en el Espíritu me ha hecho esposa. Él es perfecto. La imagen del Padre. Pero, ha escogido para con quien compartir su vida a una mujer frágil, pero es él el que me ha elegido. Él se la ha jugado. Yo solo puede agradecerle ese don. En ocasiones podré fallar, pero yo quiero tener un corazón agradecido a Dios, por lo que me da. Porque es él el que ha decidido de modo directo ocuparse de mi vida. No son necesarias más intercesiones, porque es esta Santa Trinidad la que ha decidido cuidarme y amarme.
Es un regalo celebrar esta fiesta, que nos habla del cielo, para amar ya en la tierra lo que seremos por toda la eternidad: hijos amados de Dios.
Belén Sotos Rodríguez