Beber el cáliz
Cristo ora al Padre en Getsemaní y un ángel se le aparece
Llega la hora y Jesús bebe el cáliz. Se prepara a ello de noche, en oración, abriendo su Corazón al Padre en Getsemaní. Allí entre olivos y con la visita de un ángel deja todo en el Padre. Su Sagrado Corazón está abierto de par en par espiritualmente, pasadas unas horas su pecho será abierto por una lanza y todo quedará consumado. Hay que meterse en la escena y darnos cuenta de lo que sufre Cristo en su agonía en el huerto de los olivos. ¡Suda sangre! Suda sangre porque sabe lo que se acerca… Y eso que viene es lo que le pide el Padre. Es el cáliz de la Pasión, la Pasión de amor por la humanidad... Es tanto el amor de Dios… Llega hasta límites que se escapan a la conciencia humana…
Vayamos con Cristo y entremos en Getsemaní. Pongamos nuestro corazón junto al suyo y sintamos cómo palpita, contemplemos cómo su piel suda goterones de sangre y hagamos silencio. Aparecerá el ángel que viene a confortar al Hijo; éste le dice al Padre que si se puede que aparte el cáliz, pero que no se haga su voluntad de Hijo sino la del Padre. Todo tiene lugar en la noche, cuando Dios habla, cuando Dios muestra su condición humana de una manera única, cuando Dios nos enseña a rendir nuestra voluntad. Es duro, muy duro, lo que se avecina, la Pasión… la Muerte… el Cáliz…
Beber el cáliz amargo de la Pasión después de beber el cáliz de la institución de la Eucaristía con sus discípulos es lo que lo que le hace sudar sangre. No por ello lo rechaza. Además se lo ha dicho muy claro a los que más quiere, que ellos también lo beberán a su tiempo y al modo que tengo dispuesto el Padre. Así sucede, los apóstoles entregan su vida derramando su sangre como su Maestro, como el que suda sangre y luego sube a lo alto de la cruz después de pasar por la flagelación…
Si seguimos leyendo el evangelio comprobamos que el cáliz de la persecución está avisado por Él mismo. Y ahí están las cruentas persecuciones que ha habido a lo largo de la historia contra los defienden la fe en Cristo Jesús muerto y resucitado. Da igual que miremos al siglo I o II que al XXI. La persecución contra los cristianos está muy presente en la vida de la Iglesia. Se ha derramado mucha sangre después de aquella divina sangre de nuestro Señor Jesucristo. Todo por amor y unión con Cristo. La fuerza que da estar totalmente unido a Cristo hace que nada importe con tal de permanecer en él. Así tantos y tantos mártires a lo largo de la historia…
Muchos relatos tenemos de los mártires de todos los tiempos, pero si vamos al momento culmen de sangre derramada por mártires lo encontramos en la década de 1930 en España. En esos años mueren muchos católicos por el mero hecho de ser católicos. Da igual la condición y la edad. Basta ir a misa o colaborar en algo con la iglesia del pueblo o barrio para que la sangre corra por las calles. Es algo que abruma y al mismo tiempo hacer levantar la mirada al cielo con gozo y esperanza al saberse uno cuidado y alentado por tantos mártires… Cuando llega el momento de beber el cáliz todos miran al cielo, son mártires, derraman su sangre. ¡Entregan su vida por amor a Cristo! Es algo estremecedor… Todos son sentenciados a muerte… Tanta sangre derramada en España…
¡Todos bebieron el cáliz!
¡Ninguno rechazó unirse a Cristo en la Pasión!
¡La victoria se manifestó desde la sangre derramada!
¡Y cuánto y qué buen fruto ha venido después de regar España con sangre de tantos mártires! Impresiona leer esas páginas de nuestra historia española que hoy día es tan falseada en no pocos centros de enseñanza secundaria y universitaria. Bien valdría leer y difundir un libro que de manera viva y muy original muestra lo que realmente sucede en la España de aquellos años: ¡Hasta el cielo! Mártires de la Segunda República y la Guerra Civil. En poco menos de 200 páginas Javier Paredes nos ofrece un resumen magistral de algunos de esos mártires que beben el cáliz: obispos, monjas, religiosos, sacerdotes, seminaristas y laicos. De cada estado presenta casos concretos que nos meten de lleno en el amor de Dios que es capaz de dar la vida por ser fiel a Jesucristo. ¡Conozcamos la vida y martirio de Don Narciso, el obispo de Ciudad Real, de las carmelitas descalzas de Guadalajara, de los agustinos de El Escorial, de Don José Polo Benito, de Pascual Aláez y de Francisco Castelló entre otros! Ellos beben hasta la última gota del cáliz. Sus vidas nos interpelan: mueren libremente, entregan su vida, dejan todo en Dios, el único tesoro de su existencia.
De aquello han pasado 90 años; ahora contamos con un ejército de mártires que desde el cielo cuida y protege a los que luchamos todavía en la tierra. Y ahí podemos entrar también. En los que beben el cáliz, pero sin derramar la sangre. Sufren por diversos motivos, pero siguen adelante porque ponen, como los mártires, su corazón en Cristo, se confían en Dios y pase lo que pase, no dejan de ser fieles a un Amor que nunca falla. Y lo que es más, ¡cuántos en el sufrimiento, en el dolor, en el sinsabor de la vida, se ven transformados en nuevas criaturas! El dolor ayuda a poner por escrito lo que nadie espera. Pensemos en San Juan de la Cruz, su paso por la cárcel toledana nos regala los mejores versos místicos de la historia; lo mismo San Juan de Ávila con su Audi filia o si vamos al campo de la literatura sucede algo muy parecido con Cervantes en su cautiverio. Pongamos sobre todo la mirada en la poesía, en los versos que brotan en un momento de la vida donde el sufrimiento personal se prolonga y muchas veces se agrava sin saber cuándo llegará la paz. Corroboran que dicho sufrimiento tiene un valor inmenso. Se pone de manifiesto que la persona vive en Cristo de una manera impresionante y saca lo mejor que lleva dentro. Sin beber ese cáliz no se habría regado la semilla que al brotar da como fruto un alma de poeta. Otras veces la poesía nacida en tiempos de la juventud es la preparación al momento de beber el cáliz; ahí tenemos el ejemplo del Beato Eufrasio del Niño Jesús. La Pasión de Cristo nos conforta, nos alimenta, nos transforma; sólo queda algo por hacer, meternos en la pasión de nuestra vida y beber el cáliz.