Un corazón, un pájaro y un preso

Dejar las redes. Ser libre
Querido San José:
Cuántos recuerdos de mis años de seminarista me vienen en este día en que celebramos el día del seminario. Han pasado algo más de 20 años cuando, siendo seminarista, iba a alguna parroquia a dar testimonio de mi vocación en este día del seminario… Eran años preciosos donde me abría a una vida nueva, cada vez más cerca de tu Hijo, soñando con ser algún día sacerdote… Pero sacerdote diocesano. Luego se metió Santa Teresa por medio y al final me di cuenta que mi camino era el Carmelo Descalzo. Ahora, en Valladolid, junto a tu Centro Josefino, celebro la misa del domingo del día del seminario con la ayuda de un seminarista, Carlos, que ha venido a dar su testimonio. Con 19 años ha dicho sí a tu Hijo; tras un año de estudio en la universidad ha comenzado la vida de seminario. Está feliz. Muy feliz. Me recuerda lo que vivía a esos años donde todo era gozo al responder a la llamada sacerdotal que me hacía tu Hijo. La vida de seminario da para todo: rezar, estudiar, ayudar a los sacerdotes en las parroquias, estar con la familia y amigos,… y sobre todo algo esencial: compartir la vida con aquellos que han descubierto la misma vocación que tú, es decir con los seminaristas de tu diócesis.
Ahí quiero entrar, querido San José, en la importancia de la convivencia sana de los seminaristas que viven como chicos de sus años, pero en una casa especial: el seminario. No por ello dejan de hacer deporte, dar paseos, compartir lecturas, jugar al ajedrez, dominó u otros similares, tomar algo de merienda en el descanso del estudio de la tarde y ver películas algún sábado por la noche. Es lo propio de chavales de 18 a 30 años. Pues bien, hay una película, de las primeras que veo en compañía de mis compañeros de seminario, que me viene al recuerdo al tener de fondo el lema del día del seminario de este año: “Deja tus redes y sígueme”. La película es "El planeta de los simios". Es una película futurista, pero que si vamos al fondo y en sentido figurado de lo que viven hoy muchos jóvenes, y no tan jóvenes, hemos llegado a vivir lo que parecía ciencia ficción.
En el Planeta de los simios los hombres son esclavos de los simios. La película comienza con una cacería de humanos por parte de los simios. Los persiguen y los capturan de diversas maneras, entre ellas con redes donde quedan atrapados. Luego los llevan enjaulados en un carro hasta un lugar donde quedan encerrados entre rejas. Allí son vendidos como lo que son, esclavos de los simios. Aquí me paro. Es el inicio de la película y lo que estamos empezando a vivir con las nuevas redes. ¿Quién no está hoy atrapado y llevado a otro lugar por medio de las redes sociales? ¿Cuántas horas pasan los jóvenes entre redes? ¿Y si vamos a la tecnología? ¡Lo mismo, querido San José! Y ahí además de manera física, más que redes son cadenas que nosotros mismos nos ponemos. Y sin ir más lejos, esta misma semana así me sentía, encadenado a la pared porque un joven quería hacer una videollamada para hablar de su vida espiritual y no tenía casi batería en el teléfono. Así que le digo que espere que vaya a la pared para conectar el móvil y así podemos hablar y vernos. Y así me ves, querido San José, cual esclavo atado a la pared con una cadena muy ligera, un cable, pero cadena al fin y al cabo.
Entonces me viene el recuerdo de un texto de San Juan de la Cruz que encaja del todo aquí, querido San José, la imagen del pájaro atado a una rama de árbol: “Eso me da que un ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida estará a él como al grueso, en tanto que no lo quebrare para volar. Verdad es que el delgado es más fácil de quebrar; pero por fácil que es, si no lo quiebra, no volará. Y así el alma que tiene asimiento en alguna cosa, que, aunque más virtud tenga, no llegará a la libertad de la divina unión” (Subida del Monte Carmelo I,11,4)
¡Es lo mismo, querido San José! Da igual que uno esté atado a un rama con un hilo, con una cuerda, con una maroma o, si lo actualizamos a nuestros días, con un cable del cargador del móvil. Y a esto añadimos los hilos tan finos que no se ven y que son al mismo tiempo redes que nos atrapan: las redes del s. XXI. ¡A romper cuerdas! ¡A romper redes! ¡A romper cadenas!
¡Hay que liberar a tantos jóvenes esclavos que no ven sus cadenas! ¡Hay que decirles que han sido cazados por redes invisibles, pero muy resistentes! ¡Hay que mostrarles que otros los están comprando y llevando a otros lugares sin que se den cuenta! ¡Es la hora, querido San José! ¡Tenemos trabajo! ¡Son muchos! ¡Muchísimos! ¡Miles y miles de jóvenes esclavos de las redes del s. XXI! ¡A rezar por ello! ¿Y cómo podemos empezar, querido San José?
Es muy fácil, lo primero es contar contigo: hablando a los jóvenes del corazón de un padre que los quiere y les hace ver la realidad de su existencia. Muchos dirán que ellos ya saben lo que hacen y que son libres y que los dejemos en paz. Pero ahí está el corazón de padre que quiere ver a todos sus hijos libres y no cazados, metidos en jaulas y puestos a la venta como esclavos en pleno s. XXI. Esclavos de un mundo virtual que aleja del trato humano que abre el corazón y que es la única manera de educar a un hijo en la libertad responsable; y no en el libertinaje. Muchos lo confunden y entonces, querido San José, el libertinaje les lleva a ser esclavos de las redes y no hijos libres de un padre que los quiere tanto como tú…
Una vez que te conocen, rezan, te piden ayuda y te abren su corazón. Es el momento de presentarles una doctrina sólida y que les sirve para toda la vida. No pueden quedarse en meditaciones sentimentalistas que ante una tormenta quedan totalmente a la intemperie. Tenemos que alimentar bien a los jóvenes, ¡darles un chuletón de Ávila y no una piruleta de colorines! ¡Tienen que conocer dónde se fundamenta la vida espiritual para ir creciendo en la fe! Para eso nada mejor que decirles que San Juan de la Cruz ya sabía de los peligros de dejarse atar por aquello que nos gusta y que al final nos esclaviza y no nos deja volar a lo más alto de la unión con Dios. ¡A leer a San Juan de la Cruz y a todos esos maestros de vida espiritual que tanto ayudan a ser libres hasta lo más profundo de nuestro ser!
Y si alguno todavía tiene dudas porque dice que eso del corazón de un padre como el tuyo, querido San José, está bien, pero quiere algo más real y palpable, o que San Juan de la Cruz es un santo muy lejano en el tiempo, le podemos hablar de un joven católico como ellos que muere con 21 años. Es un joven de la Acción Católica que en la guerra civil española es reclutado por el ejército republicano y en el frente de Teruel es apresado en pleno invierno. Sufre mucho y calla su condición de joven católico. Podía haberse librado declarando su fe. Es un preso de verdad. Un preso de guerra, no un esclavo de los simios ni de las redes del s. XXI, sino un preso, que en silencio ofrece su vida por Dios y por España. Es libre siendo preso. Se llama Ismael de Tomelloso y su proceso de canonización avanza. Ahora es venerable. Con un milagro lo veríamos pronto en los altares. ¡Pidamos al venerable Ismael de Tomelloso que nos ayude en esta tarea, querido San José! Un preso que con toda libertad entrega su vida…
¡Y la entrega a tu Hijo de esa manera tan heroica! Él mismo, antes de morir, abre su corazón con palabras que muestran realmente lo que es, un preso libre de verdad: “Soy de Dios y para Dios: si muero seré totalmente de Dios en el cielo, y si no muero… ¡quiero ser sacerdote!”
¡Quiero ser sacerdote! Aquí quería llegar, querido San José, a este final, donde después de un proceso de liberación espiritual de tantas cadenas y redes invisibles, los jóvenes puedan ver lo que no pueden hasta que, libres de todo, se abren a una vida donde con plena libertad digan con alegría, ¡quiero ser sacerdote! No es fácil, pero si unimos todo lo que te he puesto en estas líneas será más fácil que los seminarios vuelvan a tener vida y todo sea para gloria de tu Hijo. Todo gracias a un corazón, un pájaro y un preso.