Religión en Libertad

La historia de la salvación con nombre de mujer

Los momentos más decisivos de la salvación descansan en mujeres, y lo han hecho desde siempre, de manera silenciosa, poderosa y absolutamente determinante

María Magdalena fue la primera en ver a Jesús Resucitado que recogen los Evangelios. 'Noli me tangere' (detalle, c. 1525) de Antonio Allegri da Correggio).

María Magdalena fue la primera en ver a Jesús Resucitado que recogen los Evangelios. 'Noli me tangere' (detalle, c. 1525) de Antonio Allegri da Correggio).Museo del Prado

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Si alguien te dice que la Iglesia ignora a las mujeres, conviene sonreír con calma, cerrar por un instante los debates de redes, los congresos, las tertulias culturales y los editoriales, y abrir un Nuevo Testamento, porque allí se encuentra la ironía más deliciosa: mientras el mundo moderno discute quién debe mandar, quién debe tener voz y cómo se mide la igualdad, los momentos más decisivos de la salvación descansan en mujeres, y lo han hecho desde siempre, de manera silenciosa, poderosa y absolutamente determinante, mostrando que la verdadera historia no se escribe con titulares, hashtags ni discursos mediáticos, sino con corazones valientes, fe firme y entrega callada, mientras los críticos más ruidosos ni siquiera se dan cuenta de que la revolución que realmente cambió la humanidad ya ocurrió hace siglos y tiene nombre de mujer.

Comencemos por María de Nazaret, madre de Dios, cuyo “sí” cambia el rumbo de la historia. Una joven humilde, sin títulos ni poder terrenal, que se atreve a sostener en su vientre la obra más trascendental de la humanidad. Si eso no es autoridad, que alguien explique qué lo es. María nos enseña que la grandeza no reside en diplomas ni cargos visibles, sino en la entrega total y en la fe que confía incluso cuando no hay certezas. Mientras algunos imaginan a las mujeres al margen de la historia, ella protagoniza la revolución espiritual más grande de todos los tiempos.

Luego está María Magdalena, quien ofrece la segunda gran ironía divina: el primer evangelista de la historia fue una mujer. Primera en ver a Jesús resucitado, primera en correr a anunciarlo a los discípulos, mientras ellos permanecían escondidos, abrumados por la incredulidad y la confusión. La Resurrección, el acontecimiento más importante de la historia, se confía primero a una mujer. Irónico, ¿no? Mientras algunos critican a la Iglesia por supuesta discriminación, Dios demuestra con esta elección que la salvación no sigue criterios humanos, sino que se construye sobre la fe, la valentía y la cercanía al corazón de Cristo.

No podemos olvidar a Marta, hermana activa, pragmática, siempre presente, que le recuerda a Jesús que la vida no se sostiene solo en la contemplación ni en los discursos teológicos. Marta nos enseña que la fe auténtica se construye con manos y con acción, que el servicio y la oración no se excluyen mutuamente, y que el liderazgo femenino puede ser discreto y cotidiano, pero tan decisivo como cualquier gesto espectacular. Su presencia junto a Jesús nos invita a reconocer que la espiritualidad verdadera no ignora la realidad, sino que la transforma con diligencia y amor.

Luego está María, madre de Santiago y de José, que Marcos sitúa en un momento clave de la historia: al pie de la Cruz, “mirando desde lejos” (Mc 15,40), cuando muchos ya se habían marchado, y más tarde observando en silencio dónde colocaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro (Mc 15,47). No ocupa el centro del escenario, no da discursos ni protagonismo, pero su presencia constante revela una fidelidad silenciosa que sostiene más que cualquier acción visible, demostrando que la verdadera fortaleza muchas veces permanece fuera de la mirada de todos.

Sin su apoyo constante, su valentía silenciosa y su fidelidad callada, muchos de los pasos decisivos de la salvación habrían sido imposibles. La ironía es clara: mientras unos dudaban o se escondían, ellas sostenían la fe, recordándonos que los verdaderos héroes rara vez aparecen en la foto oficial.

Finalmente, volvemos a María, madre de Dios, en Pentecostés, alentando a los discípulos mientras el Espíritu Santo desciende sobre ellos. Allí está, sosteniendo la fe de quienes cambiarán el mundo, demostrando que el poder real en la historia de la salvación es espiritual y no político, y que las mujeres lo ejercen con discreción, autoridad y amor, sin necesidad de ocupar un trono ni de recibir aplausos humanos. Mientras algunos creen que el liderazgo femenino se mide por títulos o cargos visibles, la historia de la salvación demuestra que Dios confía lo esencial a quienes tienen fe y corazón, y que la verdadera influencia se mide por fidelidad, entrega y valentía silenciosa.

Si alguien todavía cree que la Iglesia ignora a las mujeres, basta con mirar la historia de la salvación: Dios confía lo más decisivo a quienes sostienen la fe en silencio, con valentía y corazón, recordándonos que la verdadera autoridad no se proclama, se vive, y que los héroes más grandes casi nunca ocupan el centro de la escena ni buscan aplausos, porque su poder está en lo invisible, en lo que transforma el mundo sin hacerse notar.

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