Deja de esconder tu talento: Dios no lo puso en tus manos para eso
El único personaje que se equivoca en la parábola es el que decide enterrar su talento por miedo
El don de la escritura
Hay algo curioso en la forma en que hablamos de nuestros talentos. Cuando alguien canta bien, escribe con facilidad o tiene una inteligencia luminosa, solemos reaccionar con admiración… y con una especie de prudencia social. Admiramos el talento, pero parece que reconocerlo demasiado abiertamente resulta incómodo. Como si aceptar que uno tiene un don fuera, de alguna manera, una falta de humildad.
Nos han educado —con buena intención, seguramente— en una especie de ley no escrita de la modestia: no destacar demasiado, restar importancia a lo que hacemos bien, minimizar aquello que se nos da con naturalidad. Todo para no parecer arrogantes. El problema es que, a veces, esa prudencia acaba convirtiéndose en algo extraño: terminamos disimulando los regalos que hemos recibido.
Y desde una mirada cristiana eso resulta, cuanto menos, paradójico.
Porque el Evangelio deja claro que los talentos no son un mérito personal, sino un don. En la parábola de los talentos, Jesús no presenta las capacidades como algo que uno fabrica desde cero. Los talentos se reciben. Llegan a nuestras manos antes incluso de que tengamos tiempo de preguntarnos si los merecemos.
Lo verdaderamente importante no es cuántos talentos tiene cada uno, sino qué hace con ellos. El único personaje que se equivoca en la parábola es el que decide enterrar su talento por miedo, prudencia o exceso de cálculo. Es decir, el que opta por no arriesgar con lo que se le ha confiado.
Y aquí aparece nuestra paradoja moderna. Vivimos en una cultura que celebra el talento, pero al mismo tiempo sospecha de quien reconoce que lo tiene. De modo que muchos desarrollamos una habilidad curiosa: quitarle importancia a aquello que Dios nos ha dado.
“Bueno, no es para tanto”.
“Cualquiera podría hacerlo”.
Todo muy elegante, sí, pero también un poco engañoso. Porque si un talento es un regalo de Dios, negarlo no es exactamente humildad. Es una manera de no hacerse responsable de él.
La verdadera humildad cristiana no consiste en fingir que no tenemos dones, sino en reconocer su origen. Entender que aquello que se nos da bien no lo hemos inventado nosotros, pero tampoco nos pertenece del todo. Nos ha sido confiado.
Y los dones confiados tienen una característica muy clara: están hechos para circular. Para crecer, para servir, para iluminar la vida de otros. Cuando se esconden por miedo a parecer demasiado conscientes de ellos, se marchitan.
Quizá por eso la pregunta importante no sea si tenemos talentos —todos los tenemos— sino algo mucho más sencillo y exigente: qué estamos haciendo con lo que Dios ya ha puesto en nuestras manos.