Religión en Libertad

Un café en Roma, con el padre Álvaro

Mirar el cielo sin miedo. El padre Álvaro Serrano explica cómo fe y ciencia se encuentran en el Observatorio del Vaticano

Padre Álvaro Serrano durante su visita al Observatorio Vaticano. Castel Gandolfo@alvaroserranobayan

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El padre Álvaro Serrano es sacerdote y comunicador. Antes de su ordenación, se formó como ingeniero aeronáutico y trabajó en Iberia como project manager adjunto a la presidencia. Dos mundos que no compiten, sino que explican una trayectoria marcada por la búsqueda de la verdad. Conversar con él sobre el Observatorio del Vaticano es una invitación a desmontar tópicos: una Iglesia que mira al cielo no para apropiárselo, sino para contemplarlo y darlo a conocer. Café en mano, hablamos de ciencia, fe y de un asombro que no entiende de trincheras intelectuales.

- Padre Álvaro, ¿Qué es exactamente el Observatorio del Vaticano y cuál es su propósito hoy?

- El Observatorio del Vaticano, también conocido como Specola Vaticana —observatorio en italiano—, es uno de los observatorios astronómicos más antiguos del mundo. Fue fundado en 1578 por el papa Gregorio XIII, el mismo que impulsó la reforma del calendario que hoy utilizamos, el calendario gregoriano.

Tal y como lo conocemos actualmente, el Observatorio toma forma en 1891 con el papa León XIII, con un objetivo muy claro: mostrar al mundo que la Iglesia no solo no se opone a la ciencia, sino que la apoya y la promueve. Era una declaración de principios, y sigue siéndolo.

Hoy cuenta con dos sedes. Una en Castel Gandolfo, donde se encuentra la biblioteca y una de las colecciones de meteoritos más importantes del mundo. Y otra en el Monte Graham, en Arizona, donde está el Telescopio Vaticano de Tecnología Avanzada, desde el que se realizan las investigaciones astronómicas propiamente dichas.

Desde su origen está dirigido por jesuitas, todos ellos con doctorados en astronomía. Su misión es sencilla y exigente a la vez: hacer buena ciencia, ciencia de nivel internacional, con rigor, demostrando que —como decía san Juan Pablo II— la fe y la razón son las dos alas que elevan al ser humano hacia la verdad.

- Tú eres ingeniero aeronáutico. ¿Cómo surgió esa primera vocación?

- Desde pequeño me fascinaba volar y me sorprendía la inmensidad del universo. Jugaba con aviones, con maquetas, más tarde con aviones teledirigidos y drones. Como las matemáticas se me daban bien, pensé que estudiar algo relacionado con los aviones tenía todo el sentido del mundo, y por eso me decanté por la ingeniería aeronáutica.

Pero, siendo sincero, esa vocación científica siempre fue de la mano de otra llamada. Desde niño también jugaba a celebrar misa con mis Playmobil: usaba obleas de feria y un vaso de Coca-Cola como cáliz. Esa doble inquietud —por el cielo de la ciencia y por el Cielo de Dios— estuvo siempre ahí.

Lo que no sabía entonces es que no eran vocaciones contradictorias, sino profundamente complementarias. Vivimos en una cultura muy cientificista, que tiende a separar razón y fe como si fueran compartimentos estancos, incluso enfrentándolas. Y eso aparte de que no es verdad, empobrece tanto a la ciencia como a la fe.

El padre Álvaro, durante la visita al Observatorio Vaticano@alvaroserranobayan

- El Observatorio promueve el diálogo entre fe y ciencia. ¿Por qué sigue siendo tan importante hoy?

- Porque la verdad es una. Dios es autor tanto de la creación como de la revelación. El cristianismo es una religión profundamente racional: ni la fe debe tener miedo de la ciencia, ni la ciencia debería tener miedo de la fe.

La ciencia nos ayuda a leer el libro que escribió Dios. Y Dios lo escribió muy bien: con leyes exactas, con matemáticas, con una precisión asombrosa.

Además, hoy más que nunca necesitamos este diálogo. Vivimos en un mundo sin alma, donde muchas veces “todo vale”, y eso termina volviéndose contra el propio ser humano. Pensemos en lo que tenemos delante: inteligencia artificial, biotecnología, exploración espacial… Para ayudar al hombre, que es cuerpo y alma, necesitamos el rigor de la ciencia y la sabiduría de la fe trabajando juntas, en un diálogo honesto y humilde.

Hay una frase atribuida a Louis Pasteur que lo explica muy bien: «Un poco de ciencia aleja de Dios; mucha ciencia acerca a Dios». Cuando uno sabe poco, cree que lo explica todo. Cuando profundiza de verdad, descubre lo poco que sabe… y se abre al misterio.

- Mirar el cosmos desde la ciencia puede convertirse en una experiencia espiritual. ¿Cómo lo vives tú personalmente?

- Para mí, la ingeniería fue una puerta a la contemplación. El orden de las matemáticas, la lógica, la precisión… todo eso educa la mente y ayuda a encontrar al Señor. Ves lo bien que está hecho todo y te preguntas: ¿Cómo va a ser casualidad?

Empezando por nuestro propio cuerpo. El ojo humano, por ejemplo. Para que podamos leer estas palabras, en nuestra retina trabajan simultáneamente unos siete millones de conos y ciento veinticinco millones de bastones. Cada uno convierte fotones de luz en impulsos eléctricos a una velocidad increíble. Y, además, son las células que más energía consumen del cuerpo humano.

Esto responde al principio de causalidad: si vas por el campo y ves una rama rota, sabes que alguien la rompió antes. El orden no surge de la nada.

- La Specola Vaticana forma jóvenes científicos de todo el mundo. ¿Cómo se accede a esos estudios?

Telescopio del Observatorio Vaticano@alvaroserranobayan

- El Observatorio organiza cada dos años la Vatican Observatory Summer School (VOSS), una escuela de verano de un mes de duración en Castel Gandolfo. Participan entre veinte y treinta jóvenes astrónomos de unos veinte países diferentes, todos ellos doctorandos o posdoctorandos en astronomía o astrofísica.

La selección se basa en la excelencia científica y en un interés por la investigación. El Observatorio colabora con universidades de todo el mundo y es miembro de la Unión Astronómica Internacional, lo que permite múltiples proyectos conjuntos.

- ¿Qué le dirías padre, a alguien que piensa que la fe y la ciencia son incompatibles?

- Que esa incompatibilidad es un mito construido sobre malentendidos históricos. Muchos de los grandes científicos han sido creyentes, y no pocos sacerdotes: Copérnico era canónigo, Mendel monje agustino, Lemaître —padre de la teoría del Big Bang— era sacerdote.

La ciencia busca el “cómo” de las cosas; la fe busca el “por qué” y el “para qué”. Son preguntas distintas, pero complementarias.

Y, desde mi experiencia personal, diría algo más: mi fe nunca me ha pedido apagar la razón. Al contrario, me invita a usarla plenamente. Sería necio —o miedoso— dejar de estudiar y dejar de buscar a Dios también en la ciencia, porque Dios está detrás de todo.

- Para ti, ¿qué enseñanza espiritual se puede extraer simplemente contemplando el universo?

- Tres, principalmente.

Primero, nuestra pequeñez, que nos ayuda a ser humildes. Vivimos muchas veces como si fuéramos el centro del universo, y resulta que hay unos doscientos mil millones de galaxias, y cada una con cientos de miles de millones de estrellas. Muy en el centro, no estamos.

Segundo, la eternidad. Cuando uno se enfrenta al tiempo del universo y luego mira la brevedad de nuestra vida —ochenta o cien años— entiende que la eternidad no es una opción secundaria. Esto tan breve tiene que apuntar a algo más.

Y tercero, la precisión. Que todo funcione con leyes, con orden, con magnitudes exactas, habla de un Creador sumamente inteligente y profundamente bueno.

Mirar el cielo, al final, no nos aleja de Dios. Nos coloca en nuestro sitio

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