El universo no es fruto del azar, sino una obra dise帽ada por Dios con orden, belleza y armon铆a divina.
Convertirnos de perros a hijos en el Hijo
馃敼San Agust铆n. Serm贸n 60A, 4馃敼
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No seamos, pues, ni perros ni cerdos, para merecer que el Se帽or nos llame hijos, del mismo modo que tambi茅n la cananea mereci贸 ser llamada no ya perro, sino mujer, al decir el Se帽or: Oh mujer, grande es tu fe; que te suceda seg煤n deseas 馃敼San Agust铆n. Serm贸n 60A, 4馃敼
La frase est谩 inspirada en el encuentro del Evangelio entre Jes煤s y la mujer cananea (Mateo 15, 21-28) y en la advertencia de no dar lo santo a los perros ni las perlas a los cerdos (Mateo 7, 6). Es una bell铆sima catequesis m铆stica sobre la transformaci贸n interior por la fe y la dignidad que otorga la humildad. En la tradici贸n m铆stica de la Iglesia, las referencias a los animales (perros y cerdos) no son insultos arbitrarios, sino s铆mbolos de las disposiciones interiores que incapacitan al alma para recibir lo divino.
Los perros simbolizan la agresividad y el ladrido del orgullo. En el contexto b铆blico y patr铆stico, el perro representa al que muerde con la cr铆tica, al que ladra contra la Verdad por orgullo, o al que vuelve obsesivamente sobre su propio v贸mito (el pecado repetido por complacencia).
Los cerdos simbolizan el apego a lo mundano y lo material. El cerdo se asemeja al alma que vive volcada hacia la tierra, revolc谩ndose en el fango de las pasiones desordenadas, de la sensualidad o del materialismo. Alguien as铆 es incapaz de valorar las "perlas" de la vida m铆stica o de la contemplaci贸n, porque su mirada est谩 fija en lo bajo.
San Agust铆n nos advierte: "No seamos, pues, ni perros ni cerdos". Nos invita a una purificaci贸n activa. Para entrar en la m铆stica cat贸lica, el alma debe renunciar tanto al mordisco de la soberbia como al fango de la carne.
El misterio de la Cananea nos habla de la humildad que transfigura la identidad. El n煤cleo m铆stico de la frase radica en la asombrosa metamorfosis de la mujer cananea. Cuando Jes煤s le dice inicialmente que no est谩 bien quitarle el pan a los hijos para ech谩rselo a los "perrillos", ella no se ofende ni reacciona con el orgullo del "perro". Al contrario, asume su bajeza con una humildad radical: "S铆, Se帽or; pero tambi茅n los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos".
La belleza de la "humillaci贸n aceptada" evidencia la profunda conversi贸n de esta persona. La humildad es la puerta de entrada a la Gracia. Santa Teresa de Jes煤s dec铆a que "la humildad es andar en verdad". La cananea reconoce su verdad: ante la santidad de Dios, no tiene m茅ritos propios. Al aceptar su "condici贸n de perro", acepta el amor eterno de Cristo.
San Agust铆n destaca un detalle precioso, la fe y la humildad de esta mujer obligan, por as铆 decirlo, a Dios a cambiarle la categor铆a. Pasa de ser tratada como "perro" a ser llamada "Mujer": 芦Oh mujer, grande es tu fe禄. En el lenguaje b铆blico, elevar a alguien a la categor铆a de "mujer" o "var贸n" es reconocer la plenitud de la dignidad original de la creaci贸n. Su fe la rescata de la animalidad del pecado y la devuelve a la imagen y semejanza de Dios.
La meta 煤ltima de toda la espiritualidad cat贸lica es la filiaci贸n divina. Esto significa pasar de ser criaturas lejanas a ser verdaderos hijos en el Hijo. San Agust铆n muestra c贸mo la fe de la cananea fue tan grande que no solo obtuvo la curaci贸n de su hija, sino tambi茅n el reconocimiento de su propia dignidad. El Se帽or le concede un poder asombroso: 芦que te suceda seg煤n deseas禄. Cuando el alma se une a Dios por la fe y la humildad, su voluntad se funde de tal manera con la de Dios que sus deseos se convierten en decretos divinos.
No merecemos ser llamados hijos por el derecho de nacimiento ni por nuestros propios logros, sino por la "metamorfosis" que obra la fe. El Esp铆ritu Santo es quien clama en nuestro interior "隆Abba, Padre!", pero para que ese Esp铆ritu habite en nosotros, primero debemos vaciarnos del orgullo y de la mundanidad.
San Agust铆n nos ense帽a que el camino m铆stico no es para seres perfectos que nunca han estado en el fango, sino para quienes somos capaces de reconocernos pecadores y hambrientos de Dios. Esto nos acerca a la mesa del Se帽or, dispuestos a mendigar aunque sea una migaja de su Gracia. Es esa misma conciencia de nuestra indigencia la que, tocada por la fe, rompe nuestras cadenas y nos transforma de "perros" que ladran, en "hijos" que se sientan a la mesa del Padre.
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