Religión en Libertad

Ayunar. don de Dios

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Entramos en Cuaresma. Tiempo privilegiado para reflexionar y caminar tras de Cristo. Podríamos dejar la reflexión aquí. La palabras de San Agustín son claras, pero vale la pena dar unos pasos más en el Misterio Cuaresmal. Leamos lo que Benedicto XVI nos decía hace diez años:

El ayuno es algo que hoy en día no entendemos. ¿Para qué dejar de comer? ¿No es dejar de hacer otras cosas que nos gustan? Ayunar es bastante más que dejar de comer, pero dejar de comer es imprescindible para ayunar. ¿Qué nos hace auto-engañarnos diciendo que ayunamos de cualquier otra cosa? Sin duda la postmodernidad nos hace creer que podemos relativizar todo lo que nos rodea para ajustarlo a nuestros intereses. Empezamos por asimilar sacrificio a ayuno y terminamos diciendo que vamos a "ayunar" de jugar a ese juego de celular/móvil, que tanto nos gusta. El ayuno es sacrificio, pero no todo sacrificio es ayuno. Además privarse de algo para inflarse de un sustituto, no conlleva sacrificio alguno.

Sacrificarse, significa obrar/actuar de forma que nos predisponemos a que la Gracia de Dios nos empuje a la santidad. Sacrificarse proviene de las palabras latinas: Sacrum + facere: hacerse sacro, sagrado. Lo que conlleva todo un Misterio sobre el que caminar con humilde docilidad. Dejar de hablar mal de otras personas es un sacrificio estupendo, pero no es ayunar. Dejar las redes sociales (donde criticamos todo el día) durante un tiempo es otro estupendo sacrificio, pero no es ayunar. La trampa está también en la palabra ó ó . Estas expresiones son formas de descartar “lo bueno” de tipo que no nos gusta y ir hacia lo fácil o a un "lo mejor" al que nunca llegamos. ¿Por qué obrar sacrificios parciales cuando la santidad es plenitud?

Ayunar es no comer alimento físico o al menos, comer en la medida que "sintamos" internamente lo que conlleva no atender las necesidades del cuerpo. Decir esto es algo inaceptable para el cristiano postmoderno del siglo XXI:

Sin duda, el ayuno es de otra época y perderse un capítulo de una serie, algo doloroso para muchos. No desprecio el esfuerzo realizado, pero esto no es ayunar. Actualmente no comprendemos el sentido de la santidad como ser signos de Cristo en toda la plenitud que la Gracia nos permita. ¿Para qué dejar de comer? Para darnos cuenta que somos polvo y sin Dios no somos nada. Cuando no comes las fuerzas se van, la concentración desaparece, nos cuesta todo o nos ponemos de mal humor. ¿Cuánto nos afecta un ayuno bien realizado? Mucho y nos permite darnos cuenta que somos polvo y si no fuera por la redención de Cristo, terminaríamos en simple polvo. Esto no nos agrada porque perdemos el aura de poderosos habitantes del siglo XXI. Preferimos seguir creyendo que somos quienes tienen la cuerda de nuestra vida y destino.

El ayuno es dejar de alimentarse hasta sentir la debilidad humana que llevamos con nosotros. Pero hay más. Es un signo externo. Es una forma de marcarnos como criaturas que necesitan de Dios. Una marca que leemos y comprendemos cuando sentimos debilidad y limitación. Pero abstenerse del mal también conlleva saberse debil y no utilizar nuestras capacidades para aprovecharnos de los demás y de los dones de Dios. Pero quizás algo que no hayamos pensado nunca es que ayunar necesita nutrirse de la Palabra de Dios. De otra forma la debilidad no nos llevará a coger la mano, que Cristo tiende a través de los Evangelios.

¿Ayunar no es suficiente? Ayunar conlleva actuar sobre nosotros mismos. Orar conlleva proyectar nuestra debilidad hacia Dios. La limosna, conlleva compartir los dones que Dios nos ha dado con quien más necesita: el prójimo. Si además de dar limosna nos volcamos en ayudar a quien necesita de nosotros, mejor. No es mejor A que B. Cuando más obras de sacrificio sumemos, más lejos habremos llegado. ¿Y la oración?

En el Padre Nuestro oramos diciendo “Venga a nosotros Tu Reino”, pero ¿Abrimos las puertas del corazón, de nuestro ser al completo, al Reino de Dios? ¿Es Dios el Rey de nuestra existencia? Quizás la oración parezca algo innecesario en la era de las comunicaciones digitales instantáneas. Quizás la oración no nos resulte nada atractiva ni genere aplausos ni 'likes', ni nos lleve a ser renombrados 'influencers'. La oración es una eficaz herramienta de humildad. ¿Qué decir cuando oramos? Recordemos la oración del Ciego, de Publicano y de tantos sanados por Cristo en los Evangelios: “Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mi, pecador”. ¿Hacen falta más palabras? Quizás, lo que nos haga falta es más humildad y sencillez. A lo mejor nos animamos a ayunar sin que sea Cuaresma, tal como nos invita a hacer San Agustín.

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