Comunicación y verdad
El suicidio de IKEA
Que sigan celebrando sus 30 años de demolición. El crujir de dientes ya ha comenzado, y ninguna instrucción de montaje podrá salvarlos cuando el peso de la realidad reclame su trono.
Según los especialistas y los mismos activistas LGTB, las tendencias suicidas y el arrepentimiento se disparan entre los jóvenes y adolescentes que culminan la "transición" (Portada: Unsplash/Cristobal Catbagan).
La complacencia lírica de la publicidad moderna es el sudario de una civilización que se extingue entre aplausos autocomplacientes. El anuncio de IKEA, con su fanfarria de «30 años desmontando mitos», no es más que la crónica de un desmantelamiento general. Al grito festivo de haberlo «desmontado todo», celebran la demolición de los pilares de la realidad, ignorando que lo único que queda en pie es el vacío absoluto.
Aquí les dejo el enlace para verlo:
https://youtu.be/e38KGmsxdZ8?si=ZerKht1Yp9PTys2L
Pero no entremos en su juego de tópicos, mitos y falsedades. Vayamos con los datos de las consecuencias de seguir la fe desmontable de los suecos.
Las cifras en la necrópolis europea
La demolición no es una metáfora poética como pretenden los creativos de IKEA; es una contabilidad de morgue. Para quienes siempre nos exigen la frialdad de la estadística antes de creer en el colapso, la Europa contemporánea ofrece el catálogo definitivo de su propia extinción.
El dolor existencial de la juventud ya no se esconde en diarios íntimos; se tabula. En el Viejo Continente, el suicidio se consolida año tras año como una de las principales causas absolutas de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años, compitiendo trágicamente con los accidentes de tráfico. Solo en España, el goteo es incesante: el Observatorio del Suicidio y las cifras oficiales constatan de forma estructural alrededor de 10 u 11 muertes diarias por esta causa, con incrementos alarmantes y picos históricos en la última década dentro de las franjas de menores de 20 años. Occidente ha construido un hábitat tan perfecto, tan esterilizado y tan carente de sentido, que sus propios cachorros prefieren saltar al vacío antes que habitarlo. Naturalmente, la desvinculación, el aislamiento del individuo es un instrumento buscado y promovido por el lucro capitalista, despiadado, barnizado de "propósito" falaz, macabro.
Este desprecio por la existencia se corona con un colapso demográfico sin precedentes históricos. El umbral mínimo para garantizar el simple reemplazo generacional es de 2,1 hijos por mujer. Ningún país de la Unión Europea alcanza hoy esa cifra. El panorama de naciones como Italia (1,21) o España (1,13) no es un mero bache estadístico, sino un suicidio biológico programado. Las cifras globales del continente son demoledoras: toda Europa junta registra ya menos nacimientos anuales que un solo país africano como Nigeria. Hemos cambiado la cuna por el asilo, y el cochecito de bebé por el andador. IKEA acabará sus días amueblando asilos, hospitales y residencias para zombies que siguieron su credo, solos como los cipreses de un cementerio.
Habiendo rechazado el método natural y sagrado de la transmisión de la vida, el hombre moderno ha recurrido al laboratorio para fabricar lo que antes recibía como un don. Pero la soberbia prometeica tiene un precio médico. Los estudios clínicos en el ámbito de la reproducción asistida revelan de manera persistente que los niños concebidos "in vitro" arrastran una mayor incidencia de nacimientos prematuros, bajo peso al nacer y un incremento estadísticamente significativo en el riesgo de malformaciones congénitas, trastornos cardiovasculares y alteraciones genéticas o epigenéticas (como los síndromes de Beckwith-Wiedemann o Angelman). La técnica intenta imitar a Dios, pero solo logra industrializar la fragilidad humana.
La pinza de la muerte se cierra, finalmente, por los dos extremos de la existencia mediante la legalización e institucionalización del descarte: el aborto y la eutanasia. El aborto, lejos de ser una dolorosa excepción, se ha convertido en un método anticonceptivo burocratizado y financiado por el Estado, un derecho incuestionable que devora cientos de miles de vidas anuales en los quirófanos europeos. Y para aquellos que logran sobrevivir a la criba inicial y envejecen en la más absoluta de las soledades urbanas, la modernidad ofrece el último «servicio al cliente»: la eutanasia. Presentada bajo el eufemismo de la «muerte digna», las cifras en los países pioneros (como Holanda, Bélgica o la propia España) demuestran una pendiente resbaladiza donde las solicitudes crecen exponencialmente año tras año, extendiéndose ya no solo a enfermos terminales, sino a personas con depresiones, afecciones psiquiátricas o simple «cansancio de vivir».
La parábola perfecta de nuestra civilización está escrita en sus leyes: el derecho a no dejar nacer, el derecho a fabricar niños defectuosos en probetas y el derecho a que el Estado te inyecte la muerte cuando descubras que los muebles que armaste el domingo no consiguieron llenar el vacío de tu alma.
El triunfo de la esclavitud feliz
Y en la cúspide de esta monstruosidad hallamos la más perfecta de las distopías: la esclavitud feliz que profetizó Dostoievsky en el capítulo de "El gran inquisidor" de los Karamazov. El hombre moderno ha sido reducido a una condición inferior a la del siervo medieval; este último sabía que lo era, mientras que el esclavo de hoy no lo sabe, no lo quiere saber y, además, paga con entusiasmo por el privilegio de trabajar para sus amos. Hay una perversión sublime en el acto de acudir a estos templos del consumo, adquirir tablas de madera barata y pasar el domingo ensamblando la propia celda, creyendo que se está «creando un hogar». Es el triunfo definitivo del capitalismo espiritual: hacer que el consumidor trabaje gratis para la marca, que pague por el derecho de auto-explotarse, y que encima experimente un orgasmo de orgullo civilizatorio al ver el tornillo encajar.
Nos han robado el cielo y nos han dado a cambio un catálogo. Han destruido la catedral para vendernos la madera prensada. La publicidad nos sonríe desde las pantallas, bendiciendo cada nueva ruptura, cada paso hacia la disolución total, bajo el lema de una falsa tolerancia que no es más que indiferencia absoluta por la salvación del hombre. Que sigan celebrando sus treinta años de demolición. Nunca se vio tan claro el fin de una civilización, anunciado por su horrísona caricatura simbólica: IKEA y su publicidad.