Comunicación y verdad
El deber del comunicador católico
Si no hablamos claro solo hacemos ruido
La cruz de Jesucristo culmina la Sagrada Familia al atardecer: árbol de la Vida elevado sobre Barcelona, para que el mundo mire al cielo
El gran peligro de la cortesía: por qué el predicador, el comunicador, debe imitar la incómoda claridad de Cristo
Existe una curiosa enfermedad espiritual en nuestra era moderna que consiste en confundir la caridad con el deseo obsesivo de no resultar antipático. Si observamos el panorama de la comunicación católica contemporánea, a menudo nos encontramos con un lenguaje tan diluido, tan envuelto en capas de algodón de azúcar diplomático, que al final no queda nada que pueda sanar, precisamente porque no queda nada que pueda doler.
C. S. Lewis solía advertir que el cristianismo no es una religión de consuelo fácil; es una religión de realidades. Y la realidad, por naturaleza, tiene bordes afilados. Cuando examinamos el método del mismo Jesucristo, descubrimos una paradoja que debería hacer temblar a cualquier predicador o comunicador: Jesús rehuía toda dilución de la verdad y sacrificaba alegremente la sintonía superficial en aras de un bien infinitamente mayor para sus oyentes.
En el texto clásico "Los orígenes de la pretensión cristiana" se analiza con precisión quirúrgica el pasaje del capítulo octavo del Evangelio de Juan. Es un escenario que cualquier estratega de marketing o de relaciones públicas moderno consideraría un éxito inicial rotundo: un grupo de oyentes judíos, al escuchar a Jesús, comenzaron a "creer en Él". Eran lo que hoy llamaríamos "simpatizantes"; personas que encontraban sus palabras sugerentes, sensatas y dignas de aprobación.
Cualquier comunicador de masas actual se habría detenido ahí. Habría suavizado el discurso, habría evitado los temas divisivos y habría consolidado su base de seguidores con un par de frases amables y un llamamiento a la tolerancia mutua.
Pero Cristo hace algo radicalmente distinto: provoca una herida deliberada. En lugar de halagar su buena disposición, les espeta: "Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres".
Al sugerir que necesitan ser liberados, hiere de inmediato su orgullo personal, religioso y nacional.
Los simpatizantes, que se creían ya a salvo por ser "hijos de Abrahán", reaccionan con indignación. Solo cuando la palabra de bondad hiere, explota iracunda la soberbia humana. Rozar el orgullo humano es una línea roja para cualquier comunicador: no se cruza jamás.
Pero Jesús no busca mantener una audiencia cautiva a base de concesiones diplomáticas. Prefiere una dramática ruptura antes que una adhesión basada en un malentendido afectivo.
A medida que el diálogo avanza en las páginas de Juan, la tensión aumenta porque Jesús se niega a utilizar la diplomacia para rebajar el calibre de sus afirmaciones. Cuando sus interlocutores se escudan en su linaje, Jesús les dice con una claridad tan rotunda que hoy sería censurada por falta de empatía y de mera educación: "Vosotros sois de vuestro padre el diablo... porque es mentiroso y padre de la mentira". Si tal afirmación no fuese verdadera, sería un gravísimo insulto; llamemos a las cosas por su nombre.
¿Por qué, pues, usar una violencia verbal tan aparente? No por crueldad, sino por absoluto realismo. Como señala Hans Urs von Balthasar en un comentario recogido en la página 130 de este magnífico libro citado más arriba, las palabras de Cristo resultan intolerables desde el punto de vista de una mentalidad meramente religiosa natural. (Y de un plan de marketing moderno, añado). "Son afirmaciones que hacen estallar el juego egocéntrico del alma humana".
Jesús somete a sus oyentes a una disyuntiva implacable: o es un loco deshonesto, o es el Dios vivo con una preexistencia real. No hay término medio. No deja espacio para considerarlo simplemente un "maestro de moral simpático", de esos del micrófono en la mano y miles de fans coreando proclamas sentimentales.
Las palabras de Jesús "son provocaciones a la razón tal como ésta se vive... Son advertencias y notificaciones que no se pueden tolerar." Y los primeros que no las pueden tolerar son los comunicadores y predicadores católicos de ayer y de hoy.
El deber del comunicador católico
Si sustituyéramos la palabra "Abrahán" por "progreso" o "razón moderna", y el término "fariseos" por "los intelectuales de nuestro tiempo", la dialéctica de Juan 8 seguiría siendo perfectamente aplicable a la tensión entre la fe y la cultura mundana actual.
El peligro del predicador contemporáneo es el deseo de evitar el escándalo de la exclusividad de la verdad. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y Cristo es la Verdad. Punto. No hay matiz, ni tolerancia ni componenda posible. Cualquier diálogo amable y necesario debe hacerse desde la autoridad misericordiosa de enseñar al que no sabe: Locke, Hume, Kant, Nietzsche, Houllebecq, Eliade, Marx, Heidegger, Renan, Freud, etc, etc, NO SABEN.
Pero tememos que nos apedreen -metafóricamente, con la cancelación o el desprecio- como intentaron apedrear a Jesús al final de aquella discusión.
Sin embargo, el máximo bien del oyente no se consigue confirmándolo en sus errores cómodos, sino despertándolo a la verdad que salva, aunque el despertar sea muy doloroso.
Un comunicador católico que diluye el Evangelio para ser aceptable comete una doble traición:
1. Traiciona al Maestro, cuyo ataque a la jactancia humana se realizaba desde una obediencia absoluta a la verdad del Padre.
2. Traiciona al oyente, a quien se le priva de la oportunidad de enfrentarse a la única Realidad que puede liberarlo del pecado y de la muerte.
No estamos llamados a ser simpáticos; estamos llamados a ser claros. La claridad, la caridad cristianas no consisten en sonreír mientras el prójimo camina hacia el precipicio, sino en señalar el camino estrecho con la misma precisión cortante y el mismo amor inquebrantable con el que Cristo proclamó: "Antes de que Abrahán existiera, Yo soy".
Coda: Gracias al buen Dios, el Papa León XIV habla claro y proclama la Verdad. Gracias al buen Dios el envoltorio del evento no estropeó el contenido. Y gracias al buen Dios, en la catedral apocalíptica, en el Nuevo Templo de los tiempos finales, en la iglesia cósmica, sinfónica, de los siglos que restan, en la Sagrada Familia de Barcelona, se nos permitió vislumbrar un rincón de la Gloria Celestial. Lavs Deo.