Religión en Libertad

El rugido del león

Francisco Segarra

Jubilado profesional

¡Que llega el vicario de Cristo!

Contra los profanadores de la Cátedra y los mercaderes de la Fe

León XIV con la custodia en su primer Corpus Christi como Papa, en las calles de Roma en junio de 2025VaticanMedia

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¡Malditos sean! ¡Malditos mil veces los eunucos del espíritu, los mercachifles de la Gracia y los idólatras de su propia soberbia! Asistimos al espectáculo más nauseabundo de la historia humana: el linchamiento moral del Vicario de Cristo por una horda de fariseos, filisteos y traidores que aúllan en las tinieblas de su propia imbecilidad. Si el mismísimo San Pedro caminara hoy por la Tierra, con el polvo del camino y las lágrimas de su triple negación aún frescas en las mejillas, estos sedevacantistas de salón y fascistas espirituales -que confunden la Verdad con su propia bilis- ya habrían encendido la hoguera para quemar al primer Papa por «traidor y cobarde ante el mundo». ¡Raza de víboras que pretenden ser más católicos que la Iglesia y más divinos que Dios!

Miren a su alrededor el carnaval de la apostasía. Mientras el Sucesor de Pedro sostiene el peso del mundo sobre sus hombros ensangrentados, los pastores de plástico del protestantismo evangélico montan sus circos financieros. ¡Lacayos de Trump, idólatras del becerro de oro de Wall Street y del mesianismo geopolítico americano! No encuentran mejor momento para sus aquelarres que contraprogramar la presencia del Sumo Pontífice. Son mercenarios de la fe, vendedores de una salvación barata que apesta a dólares y a soberbia imperialista. Hiede, cómo no, a pelagianismo pasado por el gimnasio y por la fragua de Lutero, ese pervertido onanista.

Y en el otro extremo del fango, la jauría de siempre: Los rojos del manual de marxismo leninismo de Kuusinen y sus acólitos socialistas, que van del brazo de la masonería ilustrada y liberal, gaditana para mayor inri, infiltrada hasta en la mismísima Curia, en los bancos de la Curia, y en las logias hispanas -borgianas- de Lautaro, frotándose las manos ante la demolición de la Cristiandad. Son los arquitectos del universo de la nada, aliados con aquellos sectarios que escupen al paso de la Cruz, nietos de Tubalcaín, y cuyo odio ancestral no ha hecho más que refinarse con los siglos y asentarse en el sur de Líbano, Canaan, Palestina de los Filisteos. Todos ellos alimentados a su vez por los monstruos que el mismo poder global engendra: ese yihadismo criminal, financiado en la sombra por las cloacas de las turbias agencias de servicios secretos (con decenas de Stein en nómina), utilizados como ariete satánico para desangrar los altares de Oriente y Occidente. El atropello ritual, como metáfora de la violación masiva de inocentes, conmueve a las capitales europeas .

¿Y qué hace el mundo burgués ante esto? Nada. Es el silencio de los tibios; el silencio de esos intelectuales progres, con boina o sin ella, que no moverían un solo dedo ni verterían una gota de su preciosa tinta para defender a su propia madre. Y menos a su patria. U menos a Cristo. Pueden permitirse el carísimo lujo de ser apátridas y ateos con benzodiacepinas. Y Prozac. Son criaturas gelatinosas que se arrastran por el país y las academias, justificando el escarnio y perfumando la podredumbre con su retórica de letrina.

Pero el colmo de la ignominia, la bofetada definitiva en el rostro de Cristo, viene de dentro. ¡Viene de los propios burócratas de la Iglesia! Miren la campaña oficial de la visita papal: un pasquín publicitario donde ni se menciona a Dios ni se le espera. Han convertido la llegada del Vicario de Cristo en la gira de un gurú de autoayuda budista, una papilla homeopática de «paz y amor» para no ofender a los ciudadanos del mundo y de la carne. Han extirpado el misterio de la Cruz para vender un producto de diseño. ¡Malditos burócratas del marketing que venden el Reino por un aplauso mediático! Y por esa miserable, endemoniada paz social: no vayan a enfadarse los corruptos y perdamos conciertos y subvenciones. 

Frente a toda esta inmundicia, frente a los enemigos de fuera y los traidores de dentro, no nos queda más que el grito de guerra de los santos. El grito que hace temblar los cimientos del infierno.

¡HE AQUÍ LA CRUZ DEL SEÑOR!

¡HUID, ENEMIGOS DE LA FE!

¡HA VENCIDO EL LEÓN DE LA TRIBU DE JUDÁ, LA RAÍZ DE DAVID!

¡ALELUYA!

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