Religión en Libertad

Vuelve el monje

Francisco Segarra

Jubilado profesional

La inconcebible maldad del mal

Alcen la voz contra el torturador, aunque sea su propio padre

El poder de destrucción del armamento moderno, como el empleado por Estados Unidos sobre Japón, condiciona fuertemente la justicia de las guerras actuales. En la imagen, Hiroshima, reducida a escombros tras el impacto de la bomba atómica el 6 de agosto de 1945. Esta imagen es el pálido reflejo de la destrucción de un alma inocente y pura.

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Solo alguien tan virginalmente inocente como Santa Teresita, quien se ofreció como víctima al Amor Misericordioso por los pecadores y no calibró bien lo que hacía -porque no era Dios-, pudo decir con candorosa ingenuidad: “No sabía que se podía sufrir tanto.” 

Jesús, el hombre de Galilea, el gran inocente, tampoco calibró bien lo que se le venía encima. La oscuridad, la tiniebla, es el camino de la víctima. Un camino que siempre sorprenderá a los más santos por su diabólica crueldad. 

Por lo demás, qué bien quedamos con nosotros mismos si hacemos cosas y miramos hacia otro lado. Nos anestesiamos, ¿cómo podríamos soportar un mal próximo, terrible e inexorable? No todos pueden inmolarse como los mártires de la pureza o de la verdad.

El Espíritu sopla entonces, como ahora. Solo así pueden surgir los franciscanos, o los jesuitas, o los carismáticos; o puede impedirse que Austria caiga en manos comunistas en 1946, porque a los pequeños austríacos se les ocurrió balbucear el Santo Rosario. ¡Ay, si nos aceptáramos como niños! ¡Cuántos rictus de suficiencia pedante nos ahorraríamos! ¡Qué poco correríamos tras nuestra fama y nuestra vida y nuestras obras! ¡Qué valentía heroica, invencible, nos regalaría el Señor de los Ejércitos! 

Santa María Goretti ruega por nosotros.

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